El origen de la llamada casa de los carros o de los carreteros se remonta a febrero de 1737, cuando la corporación municipal decidió la construcción en las cercanías del portal de San Nicolás, puerta sur de la ciudad, un conjunto de edificios y estancias que dieran servicio a comerciantes y carreteros, que traían sus productos a la capital entrando por dicha puerta. Dentro de estas estancias, la principal era la vivienda del portalero, encargado del mantenimiento del portal, de su cierre cada noche o su apertura cada mañana. Unos años antes se había construido en sus cercanías el edificio que albergaría la Casa de Misericordia. Para la construcción de la casa de los carreteros se aprovechó el terreno baldío que quedaba entre ésta y la huerta de las Carmelitas Descalzas. Para ubicarnos, en la actualidad sería la parcela que hace esquina entre el paseo de Sarasate y la avenida de San Ignacio.
El conjunto de edificaciones suponía para aquel tiempo una gran innovación, pues en un mismo espacio daba servicio a todo lo inherente al transporte que entraba a la ciudad. Incluía un mesón en donde los carreteros y transportistas o conductores de diligencias pudieran alojarse, caballerizas cubiertas y descubiertas, con un amplio patio para dejar los carros, pajar para dar de comer a las caballerías, cuarto de albéitar o veterinaria, cobertizo para herrar, fraguas para herreros y un taller para arreglo y reparación de los carruajes. Las obras se prolongaron durante dos años y fueron realizadas por el maestro cantero Martín José de Iparaguirre, con un coste total de algo más de 54.000 reales de vellón, entregándose la obra el 29 de abril de 1739. Inmediatamente se sacó a subasta el arriendo del mesón, probablemente en aquellos años el mejor y más elegante de los que hubiera en la ciudad. La entrada al patio central se hacía por una puerta en lo que hoy día sería la calle Fernández Arenas y otra situada frente a la basílica de San Ignacio.
Unos años después, en 1790, se comenzaron a levantar dos lonjas para recoger el vino, aguardientes y aceite que llegaba a la ciudad. Era costumbre generalizada en aquellos tiempos y hasta bien entrado el siglo XX, que ayuntamientos y concejos controlaran la distribución y venta de productos considerados básicos, como el vino o el aceite, dando para ello concesiones anuales a un determinado comerciante, o en el caso de ayuntamientos mayores siendo ellos mismos los que controlaran cantidades, impuestos y precios al consumo, datos que se publicaban diariamente en la prensa. Las lonjas quedaban pegadas a la tapia de las monjas Carmelitas Descalzas y éstas, alegando que se iba a alterar la intimidad que requería su vida de recogimiento y oración, paralizaron la obra y el ayuntamiento hubo de buscar otro lugar. Provisionalmente, este depósito se llevó al edificio del mercado municipal de Santo Domingo.
Tras el derribo de parte de las instalaciones de la casa de carros, en 1850 se construyó un nuevo edificio para almacenar los productos citados que los productores traían a la ciudad para su venta. El edificio fue inicialmente denominado el Descargue, después sería llamado Alhóndiga Municipal. El diseño correspondió al arquitecto vizcaíno de Gatika, Pedro de Ansoleaga. Pedro, fue el padre del más conocido y posterior arquitecto municipal Florencio Ansoleaga y era entonces director de Caminos Reales, autor, por ejemplo, del diseño de la carretera a Dantxarinea por Baztan. La única exigencia que tuvo es que la piedra exterior del edificio debía ser similar a la del recién construido y cercano palacio de Diputación. Una vez más, todas las piezas y rejas del balconaje y puertas fueron realizados por Salvador Pinaquy y José Sarvy, que cobraron 164 reales el quintal de material, colocado y pintado. Desde el Descargue, los productos recogidos se distribuían a los puestos de venta, por empleados municipales, los llamados fajeros, repartidores que operaban no solo allí, sino también en el mercado municipal, en el pósito en donde se recogía el trigo o en la estación del ferrocarril. Cuentan, que esos trabajadores solían estar a la espera de su labor en un banco situado cerca del descargue, adosado a casa Baleztena, en el arranque de la actual calle Comedias: el banco de los fajeros.
Ese mismo año se construyeron, adosados a la nueva Alhóndiga tres edificios de viviendas, alineados hacia el portal de San Nicolás, señalados con los números 4, 6 y 8 de la entonces calle, hoy avenida de San Ignacio. Dos particularidades al respecto: en aquellos años, esta calle San Ignacio a la altura de la basílica dedicada al santo giraba noventa grados, prolongándose hasta la actual plaza del Vínculo. La otra particularidad es que, de los tres edificios de viviendas, el del centro, hoy número 4 de la avenida de San Ignacio, es el único que permanece en pie y puede afirmarse, que aparte de la propia basílica, es el edificio más antiguo de todo el conjunto del actual ensanche de la ciudad, con más de 175 años de existencia.
Cuando en la última década del siglo XIX se edificó el primer ensanche de la ciudad, en la manzana F del mismo se construyó un nuevo edificio para la alhóndiga, ocupando el solar que hace esquina entre la actual plaza del Vínculo y la calle Estella. Se construyó en 1895 y de él hablaremos en una próxima entrega de esta serie. El edificio de la vieja alhóndiga del paseo de Sarasate y San Ignacio, fue comprado ese mismo año de 1895 por el Banco de España, por 105 621 pesetas. Esta entidad se había creado, absorbiendo otras anteriores, por Decreto-Ley de 19 de marzo de 1874, y desde entonces adquirió el carácter de banco nacional. Entre otros, había absorbido al Banco de Pamplona, entidad crediticia que se había fundado en 1865, promovida por varios industriales y comerciantes de la ciudad, con Gregorio Alzugaray al frente, que tenía su sede en la calle Zapatería nº40. El Banco de España estableció su primera oficina en el primer piso del edificio número cuatro de la calle San Ignacio, hasta que decidió comprar la aledaña alhóndiga, como sede. Como curiosidad, una de las primeras actuaciones al ocupar el edificio fue derribar una entrada porticada que la Alhóndiga tenía en su fachada al paseo de Valencia. Se dice que con aquellas piedras se hizo la base para el kiosco de la música del parque de Taconera. En las catas arqueológicas que en la actualidad se están realizando previas a las obras de la nueva urbanización del paseo, uno de los hallazgos ha sido, precisamente la base de piedra de este pórtico. El interior del edificio, lógicamente, también fue reformado para que sirviera a la nueva y muy diferente actividad.
Los primeros años de la segunda década del siglo XX fueron cruciales, con importantes cambios en la urbanización de la zona y sus edificios. Se estaba comenzando la construcción del segundo ensanche, el edificio cercano de la casa de Misericordia había sufrido un pavoroso incendio en 1924 que lo dejó inutilizado y pronto fue demolido, y el Banco de España pensó en la construcción de una nueva sede. Para ello debía derribar la antigua y entre 1922 y 1927 se estableció provisionalmente en la plazuela del Consejo, en el edificio que hasta entonces había sido del banco de La Vasconia. Comenzó su construcción en 1925, bajo la dirección de los arquitectos José Fermín de Astiz, arquitecto oficial del banco y del pamplonés José Yarnoz Larrosa. Fue la empresa navarra de construcciones Erroz y San Martín la que lo llevó a efecto. Inaugurado el 13 de agosto de 1927, el edificio es de estilo neoclásico y orden jónico, con aspecto palaciego, rematado por una mansarda de pizarra, típica de la arquitectura burguesa francesa. Su puerta principal se trasladó al número 1 del ya denominado paseo de Sarasate. En 2011, cuando el Banco de España, pasó a trabajar tan solo on line, el edificio fue vendido a la entidad pública Patrimonio Nacional y declarado como Bien Protegido. Tras las consiguientes reformas internas, desde 2017 alberga oficinas del ministerio de Trabajo, Inspección, Fondo de Garantía salarial, etc., conservándose sus fachadas originales.
Inmediato al edificio de la alhóndiga o descargue, se encontraba el mesón de los carreteros, separado por una entrada que daba acceso al patio interior, en donde se encontraban las distintas estancias referidas anteriormente, caballerizas, talleres, etc. Ya en las primeras décadas del siglo XIX, en que fue convenientemente arreglado y dotado, se le comenzó a denominar Parador General y poco después, a partir de 1850, cuando el arrendatario era José Otermin, se le denominaba Fonda Otermin. En 1882, siendo su nuevo dueño Niceto Lafuente, se hizo una reforma de locales y fachada, pasando a denominarse Fonda Europa. Disponía de 34 habitaciones, con un total de 60 camas, además de la vivienda de los dueños y una habitación para las sirvientas. Como gran novedad, ofertaba la posibilidad de poder acudir a tomarse un refrigerio en una habitación aparte de las de la fonda y a cualquier hora del día o de la noche. Era alojamiento habitual de los toreros que acudían a la feria de San Fermín. También era cliente habitual Pablo Sarasate, que en alguna ocasión salía al balcón a tocar alguna pieza, como después haría en el hotel La Perla. Fue notable la noche del 3 de julio de 1882, cuando desde un balcón de la fonda fueron el violinista y Julián Gayarre quienes, conjuntamente, hicieron las delicias del público congregado en la calle.
Tras la muerte de Niceto Lafuente en 1888, la fonda fue llevada durante un pequeño periodo por su viuda Eusebia Clavería, hasta que en mayo de 1889 la compró una sociedad llamada Vidal y Cía. Se reinauguró con gran pompa en un banquete ofrecido por el maître francés M. Cremalières. Se anunciaba la comodidad y amplitud de sus habitaciones, con vistas al paseo de Valencia, otras con vistas al Juego Nuevo de Pelota, que se encontraba al lado, en la casa de Misericordia. Además, ofrecía a los clientes un ómnibus hasta la estación del Norte. La fuerte competencia del Hotel La Perla y la inauguración en junio de 1891 del Gran Hotel Universal en sus cercanías, aunque no durara muchos años abierto, obligaron al cierre de la Fonda Europa en 1892.
Es entonces cuando los padres Escolapios decidieron instalarse en el edificio para fundar en él una de sus escuelas pías: el colegio Calasanz. Llevaban ya unos años en Navarra, ocupando primero, en 1877, el abandonado monasterio de Irache como escuela noviciado y fundando colegios en Tafalla primero y después en Bera y en Estella. En busca de local en la capital, aprovecharon que la fonda Europa había cerrado y el edificio estaba en alquiler para abrir allí un colegio. Asumieron una importante reforma interior, para preparar las aulas y reconvirtieron el antiguo comedor en capilla.
Precisamente, desde ella asomaba en el tejado una pequeña espadaña con una campana que daba a la cubierta del edificio un novedoso aspecto. Además de la enseñanza y el culto religioso, en el colegio se celebraban con frecuencia veladas literarias, abiertas y muy concurridas. Una noticia curiosa que merece destacar es como, el 29 de septiembre de 1895, en el aledaño Juego Nuevo de Pelota se organizó un festival benéfico, con el objeto de recaudar fondos en ayuda del pueblo de Auritzberri-Espinal, que había sufrido un terrible incendio. Los partidos se iban a jugar a blé y remonte y los escolapios, para contribuir a la recaudación por la asistencia a su propio graderío, cedieron en alquiler sus siete balcones interiores, de cara al frontón, al precio de seis pesetas cada uno. En otras ocasiones se llegaron a amenizar los partidos con música interpretada desde los citados balcones.
Entre el edificio de Escolapios y la Alhóndiga, en la entrada al patio anterior existía una hermosa puerta de hierro forjado, que cuenta el historiador Arazuri había pertenecido al viejo convento de San Francisco. Cerrando el espacio con la casa de Misericordia había una pequeña construcción, de planta y piso, que en su momento había sido alojamiento de los pastores de la casa de los carros. En 1854 el ejército español ocupó el bajo para utilizarlo como cuerpo de la guardia, guardia llamada Principal, que antes había estado en un pequeño barracón o vivac en la plaza del Castillo.
Además de hacer guardia en los portales, había una guardia principal para la ciudad, compuesta por oficial, suboficial y cuatro soldados, para guardar el centro de la ciudad. Adosado al frontis del Juego Nuevo de Pelota, tenía en su tejado una estructura metálica con una red para que las pelotas del frontón no cayeran al paseo de Valencia. Años después este pequeño edificio alojó el centro de reclutamiento militar y también, durante unos pocos años, la primera casa de socorro de la ciudad. Tras el traslado en 1931 de los Escolapios a su nuevo colegio de la calle Arrieta, se derribaron tanto su edificio, como la casita de los pastores. En el solar resultante se construiría en 1934 el edificio del Banco Hispano Americano, en el número 3 del paseo de Sarasate, tal como está en la actualidad. La bonita verja de forja que cerraba la entrada al patio también desapareció, sustituida por una mucho más sencilla y convencional. En la próxima entrega relataremos la historia de la aledaña Casa de Misericordia.