Manuel Martínez Vildósola, vecino del barrio pamplonés de San Jorge de 74 años y oriundo de Lodosa, regresaba el pasado domingo junto a su esposa, Sagrario Martín, de su particular Caribe. "Nos vamos a Benidorm dos veces al año, al hotel Avenida y volvemos como nuevos después de esas vacaciones. Vamos todas las veces que podemos. Aquello es otro planeta climatológico", comenta Manuel, que tiene costumbre de cogerse en su lugar de origen un buen bocata de jamón que espera a cenárselo en la parada que el autocar realiza en Monreal del Campo (Teruel).
Así lo hizo en la madrugada del día 17, cuando llegaron a la estación de servicio, donde se sentó en una mesa junto a su esposa y pronto empezó a sufrir síntomas de atragantamiento. Comenzó a toser sin parar, se puso en pie y se llevó las manos al cuello. El bolo no salía de la garganta. Varias mesas más allá, el inspector de la brigada de Policía Judicial de la Policía Nacional, José Luis Espinosa Gálvez, de 51 años, fuera de servicio y que volvía también de viaje, observó la situación y reaccionó con rapidez. "Cuando le vi que se ponía de pie, se agarraba el cuello y las dificultades que tenía para respirar, me puse detrás de él, le subí los brazos y le hice dos veces la maniobra de Heimlich. A la segunda ya echó lo que tenía. Era la primera vez que lo ponía en práctica, pero creo que fue fundamental reaccionar con rapidez y mantener la calma. Tienes que saber muy bien cómo lo vas a hacer. Una vez que escupió, el hombre ya estaba como nuevo y se encontró mejor".
"Me terminé el bocata"
De hecho, a Manuel se le pasó tan pronto el susto que cuando todo se tranquilizó, "me seguí comiendo el jamón de lo bueno que estaba. No podía dejarlo allí y me lo terminé". Ya le asustan pocas cosas a este hombre que trabajó décadas en Administración de la antigua Superser y ahora recién extinta BSH. Hace tres años, en su cumpleaños, un 3 de agosto, también sufrió otro principio de atragantamiento. Y años atrás, en un almuerzo, le ocurrió lo mismo. En aquellas ocasiones fue uno de sus dos hijos, el pequeño, Iñigo, quien le hizo la maniobra y le salvó la vida. Ahora fue el inspector Espinosa, que lleva desde febrero destinado en Pamplona y que regresaba en ese autobús de disfrutar un permiso en su Murcia natal. Se intercambiaron los teléfonos y se volvieron a subir al autobús. Manuel estaba tan agradecido que le mandó varios audios para reconocerle su actuación. El lunes, sin perder el tiempo, se presentó en la comisaría de General Chinchilla para decírselo en persona. Y como no coincidió con el turno que trabajaba el inspector, regresó al día siguiente, cuando ya se produjo el reencuentro y el sincero agradecimiento. "Tengo claro que si me pilla solo, ahí me quedo. Y creo también que como te pongas muy nervioso, como estés frito, no te salva ni el apuntador. Al final, este policía ni se lo pensó dos veces". El inspector recuerda que los cursos de primeros auxilios resultan claves para su profesión. "Al menos se ve que trabajamos sin uniforme".