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Joseba EceolazaEscritor, autor de 'Las voces de la República'

“Siempre hemos creído que los grandes asesinos son unos monstruos, pero se parecen mucho a usted y a mí”

Su nuevo libro aborda la violencia franquista a partir del 36 y la necesidad de no olvidarla como vía de pedagogía moral en pos de la convivencia

“Siempre hemos creído que los grandes asesinos son unos monstruos, pero se parecen mucho a usted y a mí”Iban Aguinaga

Joseba Eceolaza (Pamplona, 1979) publica‘Las voces de la República’, un ensayo sintético y profundo sobre la memoria, la justicia y la pedagogía cívica editado por Eunate y prologado por Paquita Sauquillo.

Este libro excarva en el pasado y nos pone ante un espejo.

–En España hemos tenido un exceso de elogio al olvido y ese es uno de los fallos de la Transición. Se ha creído que la reconciliación y convivencia estaban por encima de la justicia, como si una cosa no fuera parte de la otra. Se ha abusado mucho de la idea de que nuestros abuelos decidieron olvidar. No fue así, decidieron no hablar de ello en público, que no es lo mismo.

No lo es, efectivamente.

–Yo quiero tratar de romper ese elogio al olvido. Hablar del trauma, de la herida, es mucho más sanador que tratar de olvidar y arrinconar. Es la única manera de superar el impacto que tiene la violencia en nuestra sociedad, porque dicen los expertos que un trauma así se tarda entre tres y cuatro generaciones en superarse. Por encima del derecho a olvidar está el deber de memoria.

Dice que sin conocer los detalles, no hay posibilidad de empatía.

–La memoria no solo es un gesto de solidaridad hacia atrás, es un acto moral, recordamos para prevenir, para que no vuelvan las ideas y los valores que hicieron posible la muerte. No solo es conmemoración, ni es un acto de nostalgia. Necesitamos otra narrativa de la memoria. Quitándole el rostro a la víctimas provocamos que la gente joven no sea consciente de la gravedad de la violencia.

Y del embrutecimiento que genera.

–Y no solo. La violencia lo contamina todo; entre quienes la disculpan, la defienden o entre quienes la matizan no suele haber buenos valores.

En Navarra hubo 3.500 asesinados por la represión. La república segada nunca volvió. La izquierda ha sentido nostalgia por aquello.

–La brutalidad de la represión del 18 de julio ha tapado la alegría y la calma del 14 de abril y en los dos primeros años de reformismo republicano creo que hay un patrimonio moral democrático e igualador que apuesta por la libertad, que me parece que hay que recuperar.

“La violencia fue constitutiva del franquismo desde el primer día hasta el último. No creamos que tenemos el antídoto de la no repetición”

Le dirán que aquello se degradó, o le recordarán Asturias o la represión en Casas Viejas... No sé si había muchos demócratas entonces.

–Yo creo que sí bajo los estándares de la época. España en el sufragio universal o en las políticas de igualdad fue un país pionero, muy por delante de muchísimos países europeos y a nivel mundial. Todas las violencias justifican su grado de crueldad en función de una violencia anterior. Ninguna violencia confiesa que es la primera. Siempre busca un agravio anterior, pero eso no justifica un golpe de la magnitud del 18 de julio. Hay que confrontar la enorme calma que hubo el 14 de abril con la enorme violencia del 18 de julio. Hay ahí un patrimonio moral, una tolerancia que es destacable precisamente ahora, en 2026.

El franquismo se edificó sobre su “victoria”. Un paradigma inmoral.

–La violencia fue el hecho constitutivo del franquismo, y duró desde el primer día hasta el último. Necesitamos una autoestima democrática mayor en este país. Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en la calle. Arias Navarro y otros dirigentes querían continuar, pero el movimiento obrero paró esa tentación. En 1976 el movimiento obrero convocó 44.000 huelgas, con miles y miles de personas a la calle. El acta fundacional de la democracia no fue la muerte del dictador, sino el movimiento cívico popular que se dio en la sociedad. Lo tendríamos que tener más en cuenta.

Puede aliviar saber que a algún perpetrador violento se arrepintiera o quebrara por lo que había hecho.

–Siempre hemos creído que los grandes asesinos son unos psicópatas, unos monstruos, pero se parecen mucho a usted y a mí, la única diferencia es el grado de fanatización de las ideas. Cuando Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal, es porque una persona banal es capaz de generar un daño enorme, y puso el jemplo de Eichmann, un tío mediocre pero un funcionario muy eficaz.

Eso ya es muy inquietante.

–No creamos que tenemos el antídoto de la no repetición. Se dice que la memoria sirve para no caer en la misma piedra, pero es una ingenuidad, porque por si sola no es un antídoto. Los serbios sabían lo que Hitler había hecho a Yugoslavia. Israel estaba llamado a ser el cuidador de la memoria del Holocausto y hace lo de Gaza.

¿Entonces?

–Hace falta construir un cuerpo ético suficiente que no deshumanice al otro y tenga en cuenta que la memoria es un acto moral. El gran peligro es quedarnos en el conmemoracionismo y dejar de lado la pedagogía universalizante. No vale aplicar sus enseñanzas intermitentemente. La solidaridad no puede estar condicionada a que las víctimas se nos parezcan o están cerca ideológicamente.

Según pasan los años, esta energía puede disiparse por ser algo pretérita para las nuevas generaciones.

–Lo que planteo es la pedagogía. El testimonio de una víctima genera un impacto positivo en gente joven, incluso en quien está en un estadio temprano de radicalización, sea ultraderechista o vinculada al independentismo vasco.

“Necesitamos una autoestima democrática mayor en este país. Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en la calle”

Ha buscado enriquecer el libro con un montón de citas y pensamiento.

–Lo que nos ha pasado en Navarra, con la violencia reciente o la anterior, no es algo desgraciadamente inédito. ha pasado en muchos lugares y épocas. Poniendo el foco sobre esos otros ejemplos podemos aspirar a resolver mejor nuestras heridas. Por eso acudo tanto a la memoria del Holocausto, a Francia, Chile, Argentina... teniendo en cuenta las diferencias. La memoria afecta a muchos durante mucho tiempo. Cuando se mata a un ser humano, no solo se está violentando a su familia o a su entorno político, también a la sociedad, porque se le está condicionando. La pregunta fundamental es qué hacemos con todo esto que nos ha pasado. Puedes aprovecharlo para construir una sociedad éticamente más fuerte.

Horizonte deseable...

–Y ahí la verdad juega un papel fundamental. Además de un derecho es una cualidad de la convivencia. En España no hemos tenido la verdad jurídica, pero podemos tener la verdad moral. ¿Somos capaces como sociedad de partir de ideas y sentimientos diferentes pero llegar a la misma conclusión? Este libro plantea la necesidad de generar consensos en torno a la memoria y a la violencia. Ese es su gran propósito.

Incluye un anexo con el testimonio de Honorino Arteta.

–Lo publicó por primera vez Lola Cabasés en DIARIO DE NOTICIAS, hace cinco años. Honorino Arteta fue una víctima superviviente de un fusilamiento, en su testimonio vemos la crueldad de los perpetradores, la colaboración de la iglesia católica....  

Ahora asistimos a matanzas de otros, en la actual espiral bélica. eso también nos violenta socialmente.

–Yo estoy asustado con la facilidad con la que se está justificando la guerra justa sin explicar qué implica eso a nivel humano. Entiendo el impulso de la oposición de cualquier país ante una dictadura, pero no siempre lo que sale de esa lucha es mejor que lo anterior. Fíjese el círculo terrible de la intervención en Afganistán, donde han vuelto los talibanes. ¿Hemos salido mejores? Parece que no. La Declaración de Derechos Humanos pretendía fijar unos consenso básicos de relaciones humanas. Ahora eso tan básico se está subvirtiendo, y las relaciones entre países se están embruteciendo. Siempre sabemos cuándo empieza la violencia, pero no cuándo termina. Es fácil empezar a matar y muy difícil parar.