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La Segunda República: 95 años de un proyecto fallido

Casi un siglo después, el periodo republicano sigue siendo objeto de análisis, debido a su intento de transformación democrática, truncado por el contexto y la crisis política

La Segunda República: 95 años de un proyecto fallidoArchivo Castrillo Ortuoste

El 14 de abril de 1931en la plaza Unzaga de Eibar, apenas dos días después de unas elecciones municipales interpretadas como un plebiscito entre monarquía y república, el Estado español asistió a un giro histórico. El almirante Aznar lo resumió con una frase que ha pasado a la historia: "España se acostó monárquica y amaneció republicana". El rey Alfonso XIII emprendió el camino del exilio y se abrió un tiempo nuevo, en sintonía con el sentir de una parte amplia de la ciudadanía, que, 95 años después, sigue siendo objeto de debate.

No se trató de un cambio menor ni una simple alternancia institucional. La proclamación de la Segunda República en Eibar fue la expresión de una crisis acumulada: la de un sistema político agotado, una estructura social profundamente desigual y una monarquía incapaz de dar respuesta a las demandas de modernización. Aquella sociedad, marcada por el analfabetismo, el peso del campo y el dominio de élites tradicionales, poco tiene que ver con la actual.

Precedentes

Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, sitúa ahí el punto de inflexión. "Es un cambio fundamental, pero no viene de una movilización social desde abajo, sino de la quiebra del sistema monárquico. Esa quiebra se produce cuando el propio rey reconoce que ha perdido el apoyo de los españoles tras unas elecciones que, aunque no eran generales, reflejan claramente el estado de opinión de la sociedad".

La pérdida de legitimidad de la monarquía no fue solo institucional, también fue política y social. "A eso se suma el abandono de las élites que lo habían sostenido durante la Restauración, esas oligarquías tan vinculadas al sistema, algunas de las cuales se pasaron al republicanismo, como Miguel Maura o Alcalá Zamora. Es, por tanto, una transformación política, social y cultural de gran alcance", señala Casanova.

Ese cambio se inscribió, además, dentro de una corriente más amplia. La Europa de entreguerras era un espacio en transformación, con monarquías que caían y nuevas fórmulas políticas que trataban de abrirse paso en medio de una creciente inestabilidad. "La República española no surgió de la nada, sino en un momento en el que en Europa se están planteando alternativas similares. Muchas monarquías cayeron tras la Primera Guerra Mundial dando paso a repúblicas. Algunas ya estaban entrando en procesos autoritarios, como la de Weimar en Alemania", sostiene el historiador aragonés.

“En la República se produjo una apertura hacia nuevos hábitos, nuevas costumbres y una mentalidad distinta. También fue clave la mayor presencia de la mujer en la vida pública, algo que hasta entonces estaba muy limitado"

Juan Antonio Ríos . Catedrático de la Universidad de Alicante

Ambición reformista

La Segunda República nació con una ambición clara: transformar el Estado, modernizar sus estructuras, democratizar la vida política y corregir desequilibrios históricos. No fue solo un cambio de régimen, sino un intento de redefinir el Estado en términos políticos, sociales y también económicos.

La llegada de la República generó una sensación de apertura inédita, una especie de impulso hacia la modernidad que afectó a múltiples ámbitos. "Se produjo una apertura hacia nuevos hábitos, nuevas costumbres y una mentalidad distinta. También fue clave la mayor presencia de la mujer en la vida pública, algo que hasta entonces estaba muy limitado", explica Juan Antonio Ríos, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante y especialista en el periodo republicano.

Ese cambio, que aspiraba a rehacer el Estado desde sus cimientos, se encontró desde el primer momento con límites muy concretos. El principal era estructural. El Estado español seguía siendo, en gran medida, un país agrario, con una distribución de la tierra profundamente desigual. Grandes latifundios convivían con masas de jornaleros sin propiedad, especialmente en el sur. La reforma agraria, concebida como eje del cambio, avanzó lentamente y con enormes resistencias. No era solo una cuestión técnica, sino un choque directo con los intereses de las élites económicas.

A esa dificultad se sumó la debilidad del propio Estado. Además de la agricultura, la República impulsó reformas en ámbitos clave —la educación, el ejército, la relación con la Iglesia—, pero careció en muchos casos de la capacidad efectiva para aplicarlas. La maquinaria administrativa era limitada y la oposición, intensa.

Las calles de Barcelona se llenaron de júbilo tras la proclamación de la Segunda República española.

Deterioro del sistema

Lejos de una imagen de apoyo homogénea, la República nació ya bajo un clima de contestación. "Existe una imagen un poco idílica de lo que fue el 14 de abril, como si todo el mundo hubiera salido a apoyar la República, pero no fue así. Ese mismo día ya había gente conspirando contra el nuevo régimen. No es algo que surgiera con el paso del tiempo, sino que estuvo presente desde el primer momento", apunta Ríos.

El rechazo al nuevo régimen no fue únicamente institucional. Sectores conservadores, parte de la jerarquía eclesiástica y amplios segmentos del ejército percibieron las reformas como una amenaza directa. Al mismo tiempo, desde el otro lado, una parte del movimiento obrero consideró insuficiente el ritmo del cambio y optó por la movilización constante.

Esa oposición condicionó de forma decisiva el desarrollo del proyecto republicano. No solo limitó la capacidad de aplicar reformas, sino que contribuyó a generar un clima político cada vez más tenso. La alternancia en el poder, lejos de estabilizar el sistema, acentuó las diferencias. Las elecciones de 1933 y 1936 evidenciaron la fragmentación del Estado.

Balance del quinquenio

Pese a ese contexto adverso, el balance no puede reducirse a la imagen de un sistema fallido desde su origen, como expone Juan Antonio Ríos. "A pesar de que fueron solo cinco años —porque a partir de 1936 ya es otra historia— y con una oposición constante desde el primer día, lo cierto es que se alcanzaron objetivos bastante notables. En tan poco tiempo y en un contexto tan adverso, se hizo muchísimo, porque había una voluntad clara de transformación".

Es ahí donde se sitúa una de las interpretaciones más contundentes del periodo. "La República fue, en el fondo, un conato de libertad que costó mucho sacar adelante. Y terminó mal, pero no por su propia dinámica, sino por la acción de quienes se opusieron a ella”.

El catedrático alicantino compara el periodo republicano con la Transición. “Fue un periodo de duración similar, y en ese tiempo se produjo un cambio sustancial. Surgieron muchas posibilidades y, en definitiva, fue un cambio hacia la modernidad", apunta Ríos.

Final abrupto

“El final no estaba escrito, ni fue una consecuencia inevitable de la situación previa. Si lo comparamos con la Transición, hubo momentos incluso de mayor tensión que en la República y, aun así, el proceso terminó bien. El desenlace vino determinado por quienes dieron un paso decisivo con el golpe de Estado, lo que llevó a la Guerra Civil”, reconoce Juan Antonio Ríos.

En una línea similar se manifiesta Julián Casanova: “Interpretar que la República española iba a fracasar desde el principio es una lectura hecha desde el presente, conociendo el final, y eso es un error metodológico. Un cambio de régimen de esta magnitud no está escrito de antemano. Es cierto que llega en un contexto complicado, con la crisis económica internacional y con el auge de tendencias autoritarias en Europa, pero eso no determina su desenlace. Las repúblicas que nacieron en peores condiciones fueron las surgidas tras la derrota de los imperios en 1918, con violencia en las calles y sociedades profundamente desestabilizadas”.

“Pese a los problemas que haya podido tener, nuestra monarquía es comparable a otras monarquías europeas. Es una institución compatible con la democracia”

Julián Casanova . Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza

Análisis de la Segunda República

Juan Antonio Ríos insiste en que la Segunda República debe abordarse exclusivamente desde una lectura histórica, alejada de paralelismos con el presente. A su juicio, la distancia entre aquella sociedad y la actual es tan profunda que impide cualquier traslación directa al debate político contemporáneo. En sus palabras, “la República debería analizarse desde una perspectiva histórica. La España de los años treinta no tiene prácticamente nada que ver con la actual, ni en lo social, ni en lo económico, ni en lo cultural. Las diferencias son tan profundas que no tiene sentido establecer conexiones políticas directas con el presente”.

En esa misma línea, subraya que su legado debe entenderse como el de cualquier otro periodo histórico, sin instrumentalizaciones. Advierte de que su uso en el debate actual distorsiona su significado original y su complejidad. Según afirma, “la herencia de la República es la de cualquier periodo histórico. Intentar utilizarla como argumento político actual desvirtúa su significado. Es un episodio que debe estudiarse con distancia y rigor, no como una herramienta del debate contemporáneo”.

Gabinete del gobierno de Azaña en 1936

Monarquía o República

95 después, el Estado es otro. Una democracia consolidada, integrada en Europa, con un sistema institucional estable desde la Constitución de 1978. Pero la discusión sobre la forma de Estado no ha desaparecido. En los últimos años, el debate sobre monarquía o república ha vuelto a ocupar el espacio público. No de forma constante, pero sí recurrente, impulsado por factores políticos, generacionales y también por episodios que han afectado a la imagen de la monarquía.

Desde 2015, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) no incluye preguntas específicas sobre la monarquía en sus barómetros. El Gobierno ha justificado esta ausencia señalando que la Jefatura del Estado no figura entre las principales preocupaciones de los ciudadanos y que no existe una tradición consolidada de preguntas periódicas sobre esta cuestión.

El último dato disponible situaba la valoración de la monarquía por debajo del aprobado, una tendencia que ya venía produciéndose desde años anteriores. Ante ese vacío, han sido los sondeos privados los que han tratado de tomar el pulso a la opinión pública. Un barómetro de La Sexta de diciembre de 2023 situaba el apoyo a la monarquía en el 54,3%, frente al 30,3% de la república, con un 14,2% que no acudiría a votar. La fidelidad crecía entre los votantes de la derecha —Vox (95,6%), PP (94,2%)—, mientras que en la izquierda se invierte: solo el 36,1% de los socialistas respaldaba la corona frente al 44,7% que optaba por la república. En Podemos el apoyo a la institución monárquica era prácticamente inexistente (0% frente a un 88,7% republicano).

Los datos coinciden con otros estudios. GAD3, en septiembre de ese mismo año, elevaba el respaldo a la monarquía al 56%, con un 33% republicano, aunque entre los jóvenes de 18 a 29 años la balanza se inclinaba claramente hacia la república (58%). Ya en 2020, una encuesta de 40dB daba ventaja a la república (40,9%) sobre la monarquía (34,9%), con un amplio grupo indeciso o abstencionista (24,2%), reflejo de una sociedad que no termina de fijar posición.

Sí hay más consenso en la figura del rey. El 74% avala el papel de Felipe VI, según Metroscopia, y un 60% considera que el desgaste de la monarquía afecta más a la conducta de Juan Carlos I que a la institución en sí.

“Mientras la monarquía funcione con unos mínimos de calidad y no suponga un obstáculo para la democracia, la sociedad no sentirá la necesidad de cambiarla"

Juan Antonio Ríos . Catedrático de la Universidad de Alicante

¿Es posible una Tercera República?

La pregunta, en términos jurídicos, tiene una respuesta clara: sí, es posible. Pero esa posibilidad no depende tanto de la complejidad del procedimiento como de la voluntad política y social. “Para que se establezca una nueva república tiene que haber antes un colapso de la monarquía. Eso es lo que ha ocurrido históricamente: primero fracasa el sistema anterior y luego surge uno nuevo. No hay cambios de ese tipo si no existe un deterioro previo muy profundo”, afirma Juan Antonio Ríos.

El catedrático de la Universidad de Alicante ve complicado que eso suceda en el corto y medio plazo: “Mientras la monarquía funcione con unos mínimos de calidad y no suponga un obstáculo para la democracia, la sociedad no sentirá la necesidad de cambiarla”.

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Si hubo un momento en el que realmente se puso en duda el actual sistema monárquico fue a principios de la pasada década. Hacia el final de su reinado, la popularidad de Juan Carlos I se desplomó debido a escándalos financieros, como el Caso Nóos, y el famoso viaje de caza a Botsuana en 2012, lo que precipitó su abdicación en junio de 2014 en favor de su hijo, Felipe VI. La actuación del monarca fue clave para la supervivencia del sistema político: “Juan Carlos salvó la monarquía cuando abdicó. Su continuidad podría haber puesto en peligro la institución, pero marcha evitó un un deterioro mayor”.

El historiador Julián Casanova, por su parte, considera que la monarquía se ha asentado con Felipe VI y no vislumbra un cambio de régimen a medio plazo: “Pese a los problemas que haya podido tener, nuestra monarquía es comparable a otras monarquías parlamentarias de Europa occidental. Son sistemas aceptados, que no intervienen directamente en la política y que desempeñan una función moderadora. En ese sentido, es una institución compatible con la democracia”.