Es un gesto bonito, en esto del toreo, repetir un cartel. Se dice que nunca segundas parte fueron buenas, lo que verdaderamente no es cierto; aunque en este caso sucediera. Pero hacer caso a las frases hechas sería el fin del romanticismo. Resultaron flojos los astados, y jugaron a defenderse y hacer complicadas las lidias. La segunda mitad de la corrida resultó más con más posibilidades que la primera. Quizás porque los toreros decidieron dejar a los toros cruditos, debido a su falta de fuerza. Anduvieron mal con los aceros y eso quizás le costó alguna que otra oreja a Manuel Escribano. Con su primero, suelto y muy movido, supo ejecutar una faena que podría denominarse maquiavélica pues administró con sabiduría el poder: hubo momentos en que el torero apretaba en la medida de lo posible para someter, y en la misma serie aflojaba el castigo para no agobiar.

A éste, como a su segundo, lo recibió en la puerta de toriles que es el lugar en donde a Escribano le gusta esperar a sus adversarios, cara a cara y desde el primer momento. Banderilleó a los dos, los corrió y recortó con la debida medida, dada su condición blandita. Su segundo fue cambiante: se fue yendo arriba, poco a poco, hasta llegar a la muleta y cayó en la medida en que fue viéndose sometido. También falló a espadas el sevillano. A Rafaelillo le vino en suerte abrir la corrida, es decir, lidiar el primero y el cuarto, con lo que eso significa. El primero fue complicado, de esos que no parece que lleve en los pitones el peligro que llevaba. La faena al segundo, en las dos manos, fue vistosa, de embestida larga en ambas manos. Pero también las fuerzas del cornúpeta se agotaron y el murciano no acertó con la espada.

Valadez estuvo entregado en sus dos toros. Lució repertorio, que en Pamplona resulta fundamental. Pinchó a su primero, y no tuvo suerte con la muerte del que cerraba plaza.

No fue corrida del año pasado. Pero qué difícil debe ser que una ganadería eche una corrida maravilla por tercer año consecutivo.