A Ramón Alonso. In memoriam.

El 6 de julio, tan especial y emocionante, es un día de encuentros, reencuentros y ausencias. Cualquier cuadrilla desearía retrasar la experiencia de esto último, para que al anudarse el pañuelo rojo al cuello todo sea alegría desbordante. Pero la ausencia llega, claro que llega. Sobre todo, cuando hablamos de un grupo de chavales que ya hace más de cuarenta años compartían sus andanzas en la Iruñea de blanco y rojo. Es pura estadística.

Que la ausencia sobrevolaría este 6 de julio es lo primero que pensé al recibir, el pasado 28 de abril a media tarde, un breve mensaje que me dejó helado. Uno no sabe cómo reaccionará en esas situaciones. A mí me dio por buscar el whatsapp del grupo (Txisgarabis lo bautizó Miguel Barragán) para leer sus últimas palabras, seguramente como única manera desesperada de mantenerlo vivo. Hablábamos, cómo no, sobre los ya cercanos Sanfermines. Había que saber el número de comensales para el almuerzo y comida del día seis. “Irantzu y yo vamos a los dos”, escribió.

Luego busqué en la mente una imagen de nuestros primeros Sanfermines compartidos, los de 1979. Somos siete chavales de catorce años en el tendido de sol. Con entradas de andanada, nos habíamos colado en la peña Los de Bronce. En el ambiente se palpaba un doble sentimiento: por un lado, las ganas de recuperar la fiesta tras los trágicos sucesos del año anterior; por otro, la todavía sangrante herida ante un injustificable atropello policial que se saldó con un muerto, decenas de heridos, la ciudadanía humillada, las fiestas suspendidas y la impunidad de los autores de aquella barbaridad.

En 1979, la cuadrilla de la plaza de la Cruz, con los de El Bronce en los toros. Ramón es el último de la derecha. Cedida

La provisionalidad de Los de Bronce dio paso, ya en los años ochenta, a una larga etapa en Oberena, ahí con todas las de la ley: abono, sitio reservado y respetado, buenas meriendas y mejores caldos. Aunque para entonces camisetas y polos habían desbancado a la camisa, Ramontxo se mantenía firme en la atorra de manga larga. Las gafas de sol, el cigarro al morro y la Heineken en la mano completaban su retrato en el tendido de sol.

En él me inspiré para escribir un texto sobre los mozopeñas (mozopeñaspuroalmorro, por decirlo en palabras de Miguel Sánchez-Ostiz) y así se lo confesé un seis de julio, con el artículo recién publicado. “¡Qué cabrón eres, Erbiti!”, me soltó mientras acercaba su copa para brindar por unas fiestas recién empezadas que amaba como nadie.

En la despedida de Beritxitos, su cuñado Antxon lo definió como un “disfrutón”, añadiendo su carácter un tanto “intenso”, matiz ese apuntado con sorna por su pareja de toda la vida: Irantzu Zabalza. Puestos a completar el retrato, digamos que Ramón ha sido un hombre peleón por las buenas causas, militante indignado ante las injusticias y, en el fondo, un sentimental. Así se mostró en recientes Sanfermines, cuando las limitaciones por las dichosas caderas o la muerte de su hermana y su suegra, hija de Fortunato Aguirre, le animaron a quitarse la careta que todos llevamos puesta para hablar con el corazón.

Las desapariciones inesperadas suelen ir acompañadas de una doble pena: las vivencias cortadas de raíz y las palabras no dichas. Y aunque ese sentimiento estará presente en este 6 de julio tan especial, el de la primera ausencia en la cuadrilla, toca apelar a su carácter disfrutón y brindar por él. Por tantos años juntos, por tantas vivencias compartidas.