“Mi nombre es Raquel Lecumberri y he decidido contar públicamente mi situación porque siento que, tras muchos años, no estoy siendo escuchada por el sistema sanitario”. Así arrancaba una carta remitida a este periódico por una vecina de la Txantrea, que padece una enfermedad mental, gonartrosis bilateral de grado 4, artrosis, osteoporosis, hipotiroidismo, obesidad, problemas de movilidad y dolores constantes.

A la retahíla de patologías le sigue una todavía más extensa de pruebas e informes médicos de todo tipo, además de un grado de discapacidad reconocido del 65% debido a su problema de salud mental. Sin embargo, en 2022 le denegaron la movilidad reducida, pese a que en casa necesita un andador y en la calle se desplaza en una scooter adaptada. “Mi estado físico ha empeorado bastante en los últimos años y la valoración que me hicieron corresponde a un momento en el que mi estado era mucho mejor, mis limitaciones han aumentando considerablemente”, relata.

Tras recibir la carta, este periódico se puso en contacto con Raquel para realizarle una entrevista en la que exponga su situación. En concreto, la txantreana reclama una nueva valoración para que le concedan la movilidad reducida y un mejor trato y atención por parte de algunos profesionales sanitarios. “He pedido en repetidas ocasiones a mi médica de cabecera que solicite pruebas que permitan demostrar objetivamente el empeoramiento de mi estado. Sin embargo, siento que esas solicitudes no están siendo atendidas”, apunta. Asimismo, relata que también al acudir a consultas de Salud Mental con su psiquiatra ha vivido varios episodios en los que no se ha sentido escuchada y comprendida. “Al final el dolor físico constante que sufro está afectando gravemente a mi salud mental. Vivir cada día con dolor provoca más ansiedad, más tristeza y un deterioro emocional evidente”, señala.

A todo ello se suma un grave problema en las rodillas –se remanga el pantalón y muestra sus articulaciones, completamente inflamadas– debido a la artrosis que padece, que se agudiza por la obesidad, pero a su vez la obesidad es consecuencia de que lleva una vida sedentaria al no poder moverse. Como ella lo define, “es la pescadilla que se muerde la cola”. “Hasta hace unos años recibía infiltraciones de ácido hialurónico en las rodillas que me ayudaban a aliviar el dolor y mejorar mi movilidad. Sin embargo, desde 2024 no he vuelto a recibir ninguna infiltración, pese a haberla solicitado en numerosas ocasiones. La respuesta que recibo es siempre la misma: que hay una larga lista de espera. No obstante, conozco casos de personas que reciben estas infiltraciones con mayor frecuencia”, señala Raquel, que relata que, tras estar esperando 9 meses a la infiltración, una médica “me la denegó el mismo día de la cita y me sacó de la lista de espera, igual que a mi hermana, y tuvimos que empezar de cero el proceso”. “Yo creo que mi caso no se está atendiendo como otros por el estigma que hay sobre la salud mental”, asegura Raquel.

Por último, cuestiona que le denieguen una operación de prótesis de rodilla. “Comprendo que la obesidad aumenta las dificultades de esta intervención y respeto el criterio médico, pero considero que mi caso se debe valorar de forma individual. El dolor me impide caminar con normalidad y realizar ejercicio y de esa forma también gano peso, y ese incremento de peos hace que se me niegue la operación. Por eso me gustaría que se valorase mi caso de forma individual”, sentencia