SE subió al caballo de la heroína en los estertores de su reinado (años 90), y enloqueció hasta el extremo de que sus delirios dormitaban sobre un colchón debajo de un puente... Tuvo que alejarse de sus hijas durante cinco años, conoció los barrotes de la prisión de Pamplona, ha enterrado a varios amigos, y, en fin, su vida es, capítulo a capítulo, carne de novela. Sin embargo, Gurutze Lanas Lazkano, curtida por los golpes de la marginalidad, todavía es capaz de encender señales de alarma sobre esa noche, la oscura, que tan bien conoce. De hecho se escandaliza de algunos alucinógenos, de la "mierda" que se mete la gente joven. "No puedo entender por ejemplo que consuman ketamina; nosotros hemos tenido ganado en casa y sabemos que era anestesia para los caballos", sentencia sobre una droga que llega al cuerpo inyectada, inhalada, u oculta en alguna bebida... Aunque la peor de todas las sustancias es el alcohol. "Está al alcance de todos, yo bebía de forma compulsiva, es un tipo de alcoholismo, empezaba y no podía parar...", reconoce a sus 39 años esta vecina de Lakuntza de voz enérgica y decidida. Le quedan cuatro meses para terminar el tratamiento en Larraingoa, donde cumple una pena sustitutiva a la prisión por agredir a un policía, y dice estar "encantada" con esta oportunidad. Entró a prisión un 17 de agosto de 2011 y, más que una alternativa a la reclusión, Larraingoa le ha servido para contactar con "grandes profesionales que me han ayudado muchísimo".
Para entonces Gurutze ya había dejado de beber y de drogarse desde hacía quince meses. A su juicio, lo más importante de su paso por el centro terapéutico es haber logrado controlar su impulsividad, una conducta "que me han diagnosticado como antisocial" y que concuerda con una vida de rechazo a la convivencia, a las normas, y en general de rebeldía "desde muy pequeña".
A los 13 años empezó a consumir porros y alcohol, luego probó el speed, los tripis y el LSD. Sus padres se habían separado y tuvo que dejar muy pronto la escuela para cuidar a su hermana. A los 20 años se casó, tuvo dos niñas que ahora tienen 17 y 12 años, y la separación de su pareja, también drogadicta, le condujo a un estado de depresión y "desesperación". Su familia la rechazó porque "en aquel momento de mi vida me junté con un tío indeseable, alcohólico y que me pegaba".
Entró en Larraingoa por primera vez en 2004, estuvo cuatro meses y se enamoró de un toxicómano con el que se fue a vivir a Tudela. En aquella etapa empezó a meterse heroína, "me pasaba todo el día fumando". "Pasaron dos años hasta que me sentí asqueada de todo, me vine a Pamplona donde un amigo me ayudó y me comí todo el mono. Pero corté de raso, me desenganché a través de morfina y estuve cinco años en la calle, sin drogarme, pero los primeros años lo pasé muy mal. Se me fue la cabeza, no podía reaccionar, no podía hablar, sufría visiones y paranoias, andaba descalza...", relata. Se quedó en la calle porque su familia no se creía que estuviera desenganchada de verdad. De Pamplona se trasladó a Alsasua. Después de la heroína empezó a beber sin control. Fue en aquellos años cuando agredió en una pelea a una policía foral y le condenaron a dos años y medio de prisión. Cumplió seis meses entre rejas y otros ocho en Larraingoa, a los que hay que sumar tres años en libertad condicional. Cuando salga del centro quiere volver a casa, buscarse la vida "y sé que puedo hacer mil cosas, trabajar, formarme... tengo confianza en mí". Y sabe, además, que tiene que aprovechar que "tengo un ángel con muchas alas". Es su mayor oportunidad y hacerla pública forma parte de ese compromiso consigo misma.