¿Cómo funciona el baremo para acceder a un centro educativo? ¿Cuándo se celebra el sorteo en casos de empate? Estas dudas, según apuntaron desde el área de Escolarización del departamento foral de Educación, fueron las más habituales entre las familias con niños o niñas de 3 años que entre el 15 y el 19 de febrero afrontaron la campaña de prematriculación. Sin embargo, hay centros que se mantienen al margen de estas preocupaciones. Sus números de referencia, más que por arriba, por esas medidas que se ponen en práctica si hay más solicitudes que vacantes, están por abajo. Porque en algunos casos tienen muy presente que es necesario un mínimo de cinco alumnos o alumnas para mantener abierto un colegio. Son las escuelas rurales.
El consejero navarro de Educación, José Luis Mendoza, afirmó recientemente ante el Parlamento foral que, si hay centros que necesitan de una atención especial, son estos casos, donde la escuela a menudo agrupa a alumnado de diferentes edades. De ahí que desde el grupo parlamentario del PSN o desde la asociación de la escuela pública en euskera, Sortzen, se pidiera “flexibilidad” al departamento durante la prematrícula, para que en aquellos casos con escasa población se puedan mantener estos centros. Y el Consejo Escolar, por su parte, considera que este es un tema estratégico, por lo que pretende celebrar a lo largo del año unas jornadas sobre estas escuelas.
Esta apuesta contrasta con el impulso de las agrupaciones escolares que se inició en la década de los 60 y se materializó a lo largo de los 70 con la construcción de los colegios comarcales de EGB. ¿Es este modelo, ahora extendido pero que no crece, compatible con estas escuelas en cada pueblo? Preguntado sobre ello, el profesor de Pedagogía de la UNED y autor de la tesis Las concentraciones escolares en Navarra: 1962-1985, José Remigio Múgica, afirma que las pequeñas escuelas rurales “pueden seguir ofreciendo un buen modelo comunicacional y pedagógico”. Para el profesor, estas escuelas ofrecen ventajas como, por ejemplo, que las maestras y maestros pueden organizar el currículo de forma más autónoma e incidir en las necesidades específicas del alumnado, así como, entre otras cuestiones, “prestar más atención a la educación en valores y emocional”.
Quienes defienden el modelo de las pequeñas escuelas rurales también ven en esta apuesta una defensa de una educación cercana, casi familiar. Son esos pueblos donde todo el mundo se conoce y donde, por lo tanto, la prematrícula habitualmente ofrece pocas sorpresas: la mayoría de los equipos directivos ya saben si ha habido embarazos en los últimos años, si han llegado nuevas parejas jóvenes al pueblo y, por tanto, tiene claro qué esperar de cada campaña. Este es el caso de Almandoz (Baztan), cuyo colegio público (imparte modelo D) cuenta en la actualidad con nueve estudiantes, de entre 2º y 6º de Primaria. Su directora, Nati Baranguan, recuerda que, cuando empezó, hace 15 años, tenía 25 alumnos y alumnas, pero ahora “la gente joven no se queda”.
El de Almandoz es uno de los alrededor de ocho centros educativos públicos en Navarra que, en el curso actual, cuentan con entre seis y nueve alumnos o alumnas. Otro ejemplo es Nuestra Señora de Ujué, en Figarol (junto a Carcastillo), en el que se da clase a ocho escolares de entre 5 y 10 años escolarizados en modelo G. Su directora, Matilde Guaylupo Pérez, sabe que en el pueblo hay ahora una niña de 4 meses, pero duda de si, en el momento de que la familia quiera escolarizarla, podrá contar con el colegio. Hay quien prefiere trasladarse a Carcastillo. Aunque también es habitual que parejas de origen extranjero lleguen a estos entornos y la matriculación de sus hijos e hijas acabe subiendo las ratios y, con ellas, salvando las escuelas rurales. La escuela de Figarol es un ejemplo.
En Sada, una localidad con 180 habitantes situada a 11 kilómetros de Sangüesa, el colegio público (imparte los modelos A y G) cuenta con seis estudiantes. Su directora, Mª Luisa Eguaras, es también la profesora (lo habitual es que agrupen diversas funciones dentro del mismo centro), aunque también comparte profesorado con otros colegios de la zona y tiene otro compañero para las clases de euskera, educación física y sesiones de apoyo. Otro modelo posible, más habitual de la zona norte, es que en lugar de moverse el docente se traslade a los alumnos y alumnas y, en algunos días por semana, se agrupen con estudiantes de otros centros.
Así ocurre, por ejemplo, en Beintza-Labaien (Alto Bidasoa), que tiene nueve estudiantes en modelo D. Para Miren Irurzun, directora y profesora, esa movilidad del alumnado es recomendable para que comparta clases con otros estudiantes de la misma edad. Esa, de hecho, es una de las claves que marcan estas clases, y también la duda habitual sobre si estos estudiantes llegan preparados a la Educación Secundaria. Profesoras consultadas aseguran que, para ello, se trata de aumentar la carga de trabajo autónomo y más individualizado, mientras que otras destacan que se imparte una materia en la que se profundiza a distintos niveles.
Esther Leza, directora del colegio de Ujué (modelo A), asegura que atender esa diversidad es un reto, pero que el premio es comprobar de cerca cómo cada estudiante avanza en el proceso de aprendizaje. “Este tipo de escuelas me gustan, y quien piense que en una clase de veinte alumnos o alumnas de la misma edad hay más homogeneidad se equivoca. Esa homogeneidad no existe”, explica.
Ujué, situado a 21 kilómetros de Olite, es un colegio rural con 7 estudiantes y, en principio, el próximo año uno de ellos ya pasa al instituto. ¿Qué futuro, por tanto, espera al centro? Las profesoras consultadas coinciden en que es mejor trabajar sin pensar en esas cifras. Todas han vivido más o menos ajenas la campaña de prematrícula. Eso sí, reconocen que si tras un proceso de este tipo cuentan con nuevo alumnado, es “como si nos hubiera tocado la Lotería”.
79
Escuelas rurales en Navarra. La cifra, en cualquier caso, es orientativa, porque depende de qué se entiende por escuela rural. Hay diferentes tipos, según explican fuentes del área de Escuelas Rurales, dentro del departamento foral de Educación; van desde las escuelas con escolares de todas las edades y divididas en los cursos habituales a otras en las que hay variedad, con clases separadas y agrupaciones de niños y niñas de diferentes edades, y escuelas con una única aula que une a todo el alumnado, aunque sean de cursos distintos. A esta cifra de 79 escuelas habría que sumar las agrupaciones rurales, ubicadas en cabeceras de zona.
¿Puede reabrirse un centro? Es una de las cuestiones más criticadas por sindicatos y asociaciones que defienden estas pequeñas escuelas rurales: ¿por qué no reabrir un centro si hay las solicitudes suficientes? La cuestión es que no hay una cifra de referencia, y nunca se ha hecho. Educación, en cualquier caso, cuenta con peticiones sobre la mesa. Y, ante todo, las mismas fuentes insisten en el papel que estas escuelas representan para cada pueblo.
Un decálogo de mejoras. Sindicatos como ELA, LAB, Steilas y CCOO, así como colectivos como Nize, Herrikoa y Sortzen se movilizaron durante la pasada legislatura para defender el papel de las escuelas rurales ante el cierre del centro de Murieta. Además, presentaron un decálogo de mejoras para estos colegios, que incluye medidas, entre otras, como mejoras en formación, la posibilidad de una reapertura si se llega a un número determinado de alumnos y el respeto a la pluralidad lingüística.