Pamplona - El Arzobispado confirmó que asume como suyas las directrices marcadas por el Vaticano acerca de la guarda de las cenizas de los difuntos, que solo podrán ser conservadas en cementerios y columbarios de parroquias. Según explicó el delegado de medios de la diócesis, José Gabriel Vera, esta prohibición del Papa no supone una novedad, pues ya se venía aplicando desde hace tiempo y responde a los principios básicos sobre la fe en la resurrección del cuerpo y el alma.

La prohibición del Papa de esparcir las cenizas o guardarlas en casa, que deben asumir los fieles desde la fe y la moralidad no tiene ninguna consecuencia legal. La regulación en Navarra tan solo establece, a través del decreto foral 297/2001 que las cenizas deben ser depositadas en una urna en la que figure el nombre del difunto en el exterior. Esta debe ser entregada a la familia o a su representante legal, concretándose que “su transporte o depósito posterior no está sujeto a ninguna exigencia sanitaria”.

Uno de los aspectos más polémicos del texto elaborado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ad resurgendum cum Christo, es la disposición a no celebrar misas de funeral en aquellos casos en los que este esparcimiento de las cenizas sea una petición manifiesta del fallecido por motivos “contrarios a la fe cristiana”.

La importancia del cuerpo en la fe católica radica en la creencia de que las personas resucitan en cuerpo y alma. Además, explicó Vera, se asume que el difunto murió en pecado, por lo que la oración es imprescindible para que resucite. Según explicó el delegado, la no celebración de funerales para no creyentes responde al sentido común y es aplicable a cualquier persona con estas circunstancias, no solo a aquellos que deseen que sus cenizas sean esparcidas o guardadas en un lugar no sagrado. “Para qué va a querer una persona que no cree en la resurrección que recen por él”, planteó, y es que el objetivo de esta ceremonia es que los familiares, amigos y la comunidad cristiana recen por el fallecido para que se perdonen sus pecados y pueda alcanzar el cielo.

Del mismo modo, Vera aclaró que ni se pregunta ni se preguntará a los familiares a cerca de las creencias religiosas del difunto ni si este se manifestó contrario a la fe cristiana, prohibiéndose la celebración del funeral en este caso. Quedará a juicio de la propia familia realizar o no la petición de la misa y obedecer al mandato papal.

El delegado insistió en que la incineración en sí no afecta a la resurrección del cuerpo, ya que, según la fe católica, quemarlo no resta a Dios la posibilidad de resucitar el cuerpo. Esta aceptación por parte de la institución data de 1963, cuando concretó que quemar el cuerpo “no es contrario a ninguna verdad natural o sobrenatural”. No obstante, y según refleja el texto presentado el martes por el Vaticano, se consideran esta práctica post mortem como “antinatural” y “brutal”. Por ello, expresó Vera, siempre será preferible el entierro.

Exigencias para la cremación. La ley navarra establece que cualquier persona, tras su fallecimiento, podrá ser incinerada siempre que el proceso se desarrolle en unas instalaciones autorizadas para este fin. Como excepción se encuentran aquellos cuerpos que estén contaminados por radiaciones ionizantes o aquellos que determine el propio Departamento de Salud.

Lugares permitidos. Según lo establecido en el texto aprobado por el papa Francisco, los católicos tienen la obligación de guardar las cenizas de sus difuntos en los diferentes cementerios con los que cuentan las diócesis así como en los columbarios de las parroquias que presten este servicio. Entre ellas están las iglesias de San Ignacio, San Lorenzo, San Miguel y San Nicolás, en Pamplona, además de la catedral.

Preferencia por la incineración. La opción de la incineración gana cada vez más adeptos en Navarra. En Pamplona, por ejemplo, más del 70% de los familiares de los fallecidos optaron por esta opción en el año 2014. El precio, mucho más reducido que el de un entierro tradicional del cuerpo entero, y la comodidad de gestión y transporte son los dos factores principales que ha propiciado este cambio de tendencia detectada desde el año 2005, cuando las cremaciones y los enterramientos estaban casi a la par en la capital.