Un libro analiza las prácticas acusatorias de los porteros en el franquismo
Daniel Oviedo, profesor de la UPNA, desgrana el papel de estas personas en un contexto de vigilancia
El profesor de la Universidad Pública de Navarra Daniel Oviedo Silva es autor del libro El enemigo a las puertas. Porteros y prácticas acusatorias en Madrid (1936-1945), editado por Comares, en el que desgrana el papel de estas personas en “el contexto de violencia y vigilancia tras el golpe de Estado que dio inicio a la Guerra Civil y durante el inicio de la dictadura franquista”.
En el libro se detallan no únicamente las prácticas acusatorias de los porteros y porteras de fincas urbanas, “que poseían gran cantidad de información sobre el vecindario”, sino también su papel en la protección de personas perseguidas por las autoridades de cada momento (en un primer momento, republicanas y tras la guerra, el franquismo), “lo que les convirtió, a su vez, en potenciales enemigos y sujetos de investigación”. El volumen está prologado por el hispanista Paul Preston, que lo ha calificado de “asombrosamente original” y es una adaptación de la tesis doctoral del autor.
El enemigo a las puertas está estructurado en tres partes y comienza con un recorrido por la historia de las porterías y el oficio de estos hombres y mujeres y su influencia en la vida social desde el reinado de Alfonso XII hasta el estallido de la Guerra Civil. Cuando comenzó la contienda bélica, objeto de la segunda parte del libro, el autor explica cómo los porteros y porteras realizaron un doble papel: algunos ejercían” prácticas acusatorias (en las que se entremezclaban motivos políticos y enemistades personales) ante los milicianos, los comités o las autoridades republicanas contra personas que podían ser afines a los golpistas y otros optaron por defender los edificios que custodiaban y a quienes habitaban en ellos, incluso poniendo en riesgo sus vidas”.
En esta segunda parte, Daniel Oviedo Silva se centra, además, en el estudio de un grupo de porteros que colaboraron con la Brigada de García Atadell, inserta dentro de la Dirección General de Seguridad, que “funcionó en la práctica como un auténtico ‘micropoder’ revolucionario”.
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