Jasone García, cooperante navarra de 50 años, lo ha visto todo en el Líbano desde que llegó en 2012. Una época donde la economía era mucho más boyante, una crisis humanitaria que llegó con todos los desplazados sirios que huían de la guerra, una revolución que logró derrocar un gobierno que no se reemplazó hasta cuatro años después, múltiples ataques, bloqueos, manifestaciones, explosiones... Y en el espíritu de esta tierra siempre había prevalecido la resiliencia, la convivencia y la unión. Al menos, hasta 2024, cuando se produjo una “degeneración de la estabilidad” en la que, de alguna manera, se encontraba, pese a los golpes y ataques. Y ahora, que atraviesa una de las encrucijadas más críticas de su historia contemporánea debido a la escalada de hostilidades entre Irán, Israel y EEUU, el país pelea por su integridad, aunque de manera fragmentada, como los otros querían.

Porque antes, y pese a las múltiples crisis, “había una convivencia pura y dura. Cada uno tenía sus ideologías y podías entender o no, pero se respetaba”. Hasta que el pueblo comenzó a sentirse desprotegido después de las crisis –humanitarias, sociales y económicas– se hayan acentuado a raíz de que el estado israelí esté tratando de desarticular Hezbolá, organización política que, “en momentos de crisis ha mantenido el pulso del país. Trajeron combustible para hospitales, la electricidad, los centros educativos y la seguridad. Son parte de una comunidad y sienten que se sienten que defender si hay una agresión, y están apoyados económicamente por Irán”, explica. Sin embargo, Israel considera a esta organización política y militar como un grupo terrorista, por lo que su estrategia militar se basa en realizar bombardeos sistemáticos sobre los puentes que cruzan el río Litani para dificultar los movimientos de los combatientes de Hezbolá, mientras, a su vez, amenazan con convertir el sur del país en una isla inaccesible.

Reporte diario que emite el ministerio de salud de Líbano con fecha del 4 de abril de 2026.

Y cuando el estado judío asesinó en septiembre de 2024 a su líder, Hasan Nasralá, la conmoción fue absoluta. “Fue una época dura porque vivíamos bajo una sensación constante de terror. Porque lo hacen desde la impunidad. Para mí, son como los avengers; no sé si creen que van a salvar a alguien, pero nadie les ha dado el derecho. Hablan de democracia los mismos que se creen que pueden ejecutar a una persona por el hecho de considerarla terrorista”, denuncia. Pero en todo ese tiempo, el aeropuerto, los supermercados y las escuelas –pese a que se acordó un alto al fuego que no se respetó– no dejaron de funcionar. “El Líbano lleva soportando muchos años innumerables agresiones –porque ella todavía tiene en la retina aquellas imágenes de los bombardeos de 2006– y, de alguna manera, la población convive con la guerra. Tienen músculo. Tratan de normalizar lo que está pasando, hay una disotonía”, explica.

28 de febrero de 2026

El momento en el que se hizo evidente que EEUU e Israel se iban a unir para atacar Irán, “todo Líbano dejó de respirar a la vez”. Cuando matan al ayatolá Alí Jamenei, líder de los chiitas, Hezbolá “se siente atacado y se une a las agresiones de Irán hacia Israel. No pensábamos que Irán era tan fuerte ni que Hezbolá pudiera plantar cara y responder porque estaban muy tocados”, expresa. Y en el último mes, se vivió un momento crítico causado por la evacuación de una de las zonas del río Litani. “No fue un desplazamiento masivo hasta Beirut porque la gente se quedaba en Saida –que es el nuevo límite– esperando a que se produjera el bombardeo para regresar, reconstruir la casa y ver si es posible aprovechar las raíces que quedaban de los olivares”. El gobierno trató de hacerse cargo de los desplazados a través de lugares de acogida –de alguna manera, se está “profesionalizando la emergencia”– y cuidar quiénes y dónde se movían. Sin embargo, pasado un tiempo se notificó una orden de evacuación de Dahye, un barrio conocido popularmente como los suburbios y un espacio en el que conviven todo tipo de ideas y religiones. “La gente salió con lo que tenía, en pijama y zapatillas. Empezaron los bombardeos porque, supuestamente, hay actividad de Hezbolá allí. Y comenzó a ser destruido desde arriba hasta abajo, casas, colegios... Todo”, relata. De esta forma, en cuestión de un par de horas entre 600.000 y 700.000 personas fueron obligadas a desplazarse y “ahí comenzó la crisis humanitaria de verdad”. Porque había tantísima gente con lo puesto “que tenía que dormir a ras del suelo, siendo el mes de marzo uno de los más lluviosos de la historia”.

La crisis “de verdad”

Entonces, los colegios públicos se convirtieron en puntos de acogida y la población empieza a creer que no van a poder volver. “¿Y quién coño para esto? Alguien tiene que hacerlo”. Porque, mientras esto pasa, millones de personas llevan sufriendo una crisis económica de verdad desde 2019.

Mujeres que tomaron las calles en 2019 con flores blancas para pedir el fin de la guerra. Cedida

“Estamos hablando de que en febrero había gente que cobraba mil dólares y, de un mes para otro, tu salario empieza a valer solo 60 dólares para enfrentarse al día a día. La clase media pasó a ser pobre y el 75% de la población se encuentra dentro del umbral de pobreza. Las cosas en los supermercados no tenían precio porque los productos podían llegar a valer en cuestión de minutos”, cuenta. A eso hay que sumar la fuga de profesionales de enfermería y medicina y los cortes de presupuesto debido a la crisis económica que ha provocado que el sistema de salud libanés se esté desangrando.

La decrepitud de estos sistemas hace que el gobierno no llegue a todo, por lo que “tiene que decidir quién está cubierto por el ministerio. La diferencia de este conflicto con los anteriores no solo son los muertos y heridos, también se están provocando otras muchas heridas porque se ha decidido que solo se va a cubrir a los libaneses –excluyendo, de esta manera, a la población palestina, a las mujeres que cuidan las casas, etc.–, aunque en los proyectos de cooperación –como el suyo, que se centra en la atención de menores con enfermedades congénitas de malformación, que realiza con la asociación francesa La Chaîne de l’Espoir– no hacen esta distinción.

Estado del conflicto en la frontera entre Israel y Líbano. Europa Press

“La herida de la guerra es muy grande; la de los heridos, los fallecidos, la de la infraestructura, pero también es muy importante tener en cuenta el daño que se está haciendo a la estabilidad y la unidad del país. Se está privatizando el acceso a cuidados sanitarios, según qué religiones no puedes alquilar un apartamento... Se está germinando una sociedad de rechazo. Y eso no es el Líbano. Si algo tenía este pueblo era la convivencia y la diversidad. Y tengo la sensación de que esto va a desembocar en una guerra civil para desestabilizar al país. Pero está provocada por EEUU e Israel, que están incitando al odio y al terror en situaciones límites”, reivindica.

Y solo queda que esta herida abierta se pueda curar, como ocurrió otras veces –por ejemplo, con las protestas de mujeres con flores blancas para poner fin a la guerra–. Y que prevalezcan la diversidad, el respeto y la convivencia. Porque esa es la identidad real del Líbano. Y los intereses políticos de otros países no deberían poder robar algo tan propio.