Alberto Guzmán (Altsasu, 1984) acaba de cumplir 42 años. Comunicador vocacional, en su infancia quería ser Ramón García y presentar ‘¿Qué apostamos?’. Hoy se ha abierto camino en televisión y al mismo tiempo, en el más difícil todavía, cultiva la comunicación empresarial y de eventos, la crónica escrita y casi cualquier cosa que se le ponga por delante. Rocero y simpático, Guzmán despliega en esta entrevista buena parte de su personalidad.
Fue niño en los noventa, bajo el influjo de la televisión.
–De la mejor tele de la historia, con grandes inversiones y espectáculos. Yo siempre quise formar parte de ese espectáculo.
Y estudió periodismo.
–Y descubrí su parte informativa que me fascinó, y estuve 15 años trabajando en DIARIO DE NOTICIAS.
Un día vino el cambio.
–Hace 15 años, colaboraba en Navarra Televisión y me surgió un casting en Euskal Telebista para un programa que presentó Patricia Gaztañaga, ‘Como en casa en ningún sitio’.
El medio requiere seguridad en uno mismo, un poso.
–Eso no sé si lo tengo todavía, pero se aprende con los años. Ahora lo malo que dicen de mí me da prácticamente igual. Las redes sociales son un arma de destrucción masiva para los personajes públicos.
¿Usted tiene ‘haters’?
–Tengo un público bastante cariñoso en televisión y radio, llevo muchísimos años colaborando en Onda Vasca, con Imanol Arruti los sábados. Pero también tengo ‘haters’ y gente a la que no le gusto. ‘Recuerdo estar absolutamente abatido por lo que me decían en redes. Eso fue muy duro, pero con el tiempo aprendes a sobrellevarlo.
Peor es a ese nivel la indiferencia.
–Ah, claro. A mí me gusta ser amado u odiado, Lo que odio es pasar desapercibido. En la tele el peor adjetivo que te pueden decir es que eres un tío discreto. Si es así tu silla en un plató pende de un hilo. Yo prefiero caer o muy bien o muy mal. A los ‘haters’ muy malos les llamo hijos de puta.
Me recuerda a la actriz Terele Pávez.
–Pues esos son los que a mí me dan miedo.
“Prefiero hacer un buen dato de audiencia que tener un orgasmo. Me satisface más. Dentro de unos años no lo sé”
¿Hay mucha miseria por ahí? Usted despliega simpatía.
–No me interesa la crónica social destructiva, sino la divertida, gamberra, salsera, pero sobre todo que entretenga. Creo que tengo un perfil amable, soy como el nieto que quieren todas las amonas de Euskal Herria: simpático, rechoncho, que se va a comer las albóndigas que le pongas y que luego te cuenta unos salseos.
Le escucho y lo visualizo...
En TVE los sábados nos ven 2,5 millones de personas. Yo sé que no puedo caer bien a todas. Pero son muchos más los mensajes cariñosos que los cabrones. Lo que pasa es que estos últimos hacen pupa.
Entretener es complicado. ¿Qué parte de teatralidad hay en usted?
–Le puedo asegurar que el Alberto Guzmán que ve en directo es el mismo que en persona. En la tele siempre estás en tu mejor momento. En directo tienes que estar en tu top, en tu prime, como dice ahora la gente joven. Darlo todo.
Mostrar entusiasmo...
–La televisión son sentimientos extremos, las tibiezas ahora no tienen cabida, creo que hay que mojarse.
La fama tiene su trastienda.
–Hay gente que se muere por salir en televisión o en pantallas. Son capaces de llegar a límites absolutamente ridículos con fecha de caducidad. La cámara capta al cien por cien quién eres. Si eres un tío simpatiquísimo y majo se ve esa esencia. Si eres un hijo puta o un cabrón, el público acaba sabiéndolo.
Desprende simpatía e inteligencia.
–La fórmula del duplicado. Si trabajo en un programa de dos horas me cuesta prepararlo cuatro. Soy periodista.
No solo es desparpajo.
–Todo suma, yo no tengo vergüenza, pero hay un trabajo previo superlaborioso a base de información y no solo de opiniones personales. Me fascinan las personas que hay detrás de los personajes. Me gustan los personajes con misterio, no tan accesibles, de esos quedan cada vez menos.
Se dedica también a la comunicación institucional, presenta eventos... ¿Es un estajanovista?
–Soy un poco adicto al trabajo. Y es que estoy tan enamorado de salir en televisión como de hacer un plan de comunicación a un cliente como presentar un congreso de comunidades energéticas. Me gusta todo.
“Me acojona que mucha juventud madrileña está absolutamente radicalizada, donde se ha instalado que lo guay es la ultraderecha”
Tendrá colegas concentrados en solo un ámbito. ¿Siente que le pueden adelantar?
–Ellos igual pueden dar una mejor exclusiva, pero igual yo puedo aportar una mejor anécdota. Por encima de todo soy periodista y trabajador. Hace muchos años empecé a escribir unas páginas de famosos que venían a Sanfermines en DIARIO DE NOTICIAS, y me llamaron para hablar de crónica social en Euskal Telebista; poco a poco he ido enlazando una cosa con otra, pero aparte de crónica social he escrito de sucesos, colaboraciones en algún libro de historia, presento eventos deportivos aun estando gordo. Creo que la clave es ser periodista-comunicador por encima de todo y trabajar. Todo tiene una preparación previa y en nuestro caso es día a día.
Y siempre se aprende...
–Con lo cual si te gusta comunicar, si eres buen periodista y te preparas bien todo lo que haces puedes controlarlo bien, es la clave para ser multidisciplinar.
¿Pero cómo se organiza para llegar a tantos frentes?
–Hay veces que prefiero quedarme en casa escribiendo que quedar con mis amigos por la tarde o hacer un programa que ir al cine. Lo que más me gusta del mundo es mi trabajo. Es un esfuerzo, hay que madrugar, pero me ha permitido hacer cosas que me gustan tanto como estar en Semana Santa en Sevilla en directo, ir a Eurovisión o entrevistar a Rosalía... Yo he elegido ser solterón, lo que me permite no tener que cultivar a una pareja ni a unos hijos.
Eso se elige hasta que llega una ola.
–Ahora mismo prefiero hacer un buen dato de audiencia que tener un orgasmo. Me satisface más. Dentro de unos años no lo sé.
“Madrid es fascinante para ir a trabajar o exprimirlo el fin de semana, pero de lunes a viernes estás más colgado que un ocho”
¿En Madrid se ha sentido en una soledad muy acompañada?
–Jamás volveré a vivir allí al cien por cien. Ya lo hice varios años, en la época de ‘Mañaneros’. Lo bueno de estar entre Pamplona y Madrid es que tengo lo mejor de ambas ciudades.
¿Por qué?
–Porque Madrid es fascinante para ir a trabajar o exprimirlo el fin de semana, pero de lunes a viernes estás más colgado que un ocho. Tengo en el móvil más de 2.000 contactos, muchas veces no he tenido con quién quedar entre semana.
Eso rompe la aureola de las cañitas a las siete de la tarde.
–No conozco a mucha gente que lo haga entre semana. Si estás soltero sales tarde de trabajar y si tienes familia tienes que ir corriendo a por los niños porque si no te ponen el extra de la guardería. En la vida el triunfo es ser feliz, yo en Madrid he sido muy feliz y muy infeliz. Ahí tengo la sensación siempre de ir con la lengua fuera, un ritmo absolutamente frenético, en el que vives millones de cosas, pero muchas veces no te da tiempo a saborearlas. Eso, que es muy importante, se puede hacer mejor en Pamplona.
¿Percibe allí la deriva conservadora y ultra que observamos desde fuera?
–En los entornos en los que me muevo, que son progresistas, noto una libertad y un respeto absolutos. Pero me acojona que mucha juventud de Madrid está absolutamente radicalizada. Dentro de la pluralidad de la ciudad, en ciertos sectores se ha instalado que lo guay es la ultraderecha, y eso me genera muchísimo acojone.
Presume de amistad con Alba Carrillo, crítica también con esa deriva.
–Más que una amiga es una hermana. Me parece una tía muy valiente en un momento en el que hay que ser valiente y denunciar ciertas derivas censurables. Alba Carrillo está en su mejor momento, porque esa esencia la traslada sin miedo. Y ha demostrado que detrás del personaje hay una tía superinteligente.
¿Además de ‘haters’ detectan un desdén desde los prejuicios?
–Sí, una parte de la profesión periodística que va en traje y corbata, se cree mucho más que nosotros. Y creo que es muchísimo más peligroso frivolizar sobre asuntos políticos que frivolizar sobre si se van a reconciliar Kiko Rivera e Isabel Pantoja, que eso no va a ningún sitio.
Buen revés.
–Yo estoy orgulloso de ser un periodista de crónica social. Cuando voy a hacer la compra en Madrid o en Pamplona, y se me acerca una señora o un señor que viven solos y me dicen que les hacemos felices todas las tardes me siento el mejor periodista del mundo. Acompañar a las personas que se sienten solas en la vida me parece algo superresponsable y superbonito.
Ahora afrontan proyecto.
–Volvemos a partir del lunes en TEN con Alba Carrillo en ‘Sótano Club’ a las 15.45 horas.
Y ha regresado al Grupo Noticias.
–Sí, estuve muchísimos años haciendo la contracrónica social en la ON, y ahora estoy en IN, en Igandea Plus los domingos. La semana pasada hablé del novio de Pablo Alborán y de su novio, que es de Cintruénigo; me fascina que tenga un novio navarro. Una excusa para contar algo que mucha gente desconoce: lo que Pablo Alborán tuvo que sufrir en una industria absolutamente machista como la discográfica hasta antes de ayer. Él, siendo gay, tenía prohibido por sus jefes decirlo para no bajar las ventas. No salió del armario hasta 2020, en plena pandemia. Y no es el único caso.
Usted sí se ha mostrado tal cual es. ¿Fue una liberación?
–Sí lo fue. Tenemos gente que ha luchado muchísimo durante muchos años para tener una libertad de la que ahora gozamos y un respeto. A principios de la década del 2000 fui a Madrid con mi mejor amigo, y salimos por Chueca. Yo era de un pueblo en el que no tenía ningún referente gay, y me impactó esa libertad brutal. Una noche fuimos al ‘Black White’ un bar histórico ahora ya cerrado. Ahí había hombres de 40, 50, 60 años con cara de tristeza. Muchos nos dijeron que estaban casados y tenían hijos, y pensé qué era muy triste haber tenido que llevar una vida que no querías por esa presión social, y esa homofobia y machismo del momento.
Pues sí...
–Y volviendo en autobús a Alsasua decidí decírselo a mis padres.
¿Qué pasó?
–Un viernes se lo dije a mi madre, y ella me respondió que ya lo había pensado en más de una ocasión.
Se lo imaginaba.
–Le dije que se lo quería contar yo al aita, pero cuando fue a la cama no pudo aguantarse le despertó a mi padre, y se lo contó. Pero todo fue con una normalidad maravillosa, y en ese momento ya me dio exactamente igual todo.
¿Albergaba alguna duda?
–Estaba casi seguro de que no iba a pasar nada, pero recuerdo que una persona de mi entorno, también gay se lo dijo a sus padres, que eran de Izquierda Unida, y se enfadaron bastante o no lo supieron encajar.
Volviendo a Madrid. ¿Cómo se nos observa?
–Existe una cierta admiración a la cantera de profesionales que ha generado Euskal Telebista, sobre todo en el sector audiovisual. Es una barbaridad la de gente que ha salido de ahí o que es de nuestra tierra. Cuando me dicen por Madrid que no me pega nada ser de Alsasua, se piensan que está todo el día lloviendo. Yo les digo que tenemos una guasa total, que es un pueblo con divertimento, con los mejores carnavales de Europa, y con un folclore y una personalidad brutales. Siempre existen los típicos paletos que se piensan que partimos troncos en el caserío. Me alucinan los taxistas repletos de banderas de España que en vez de decir ‘Euskadi’ dicen ‘Vascongadas’.