Raquel González Eransus (Villava-Atarrabia, 1974) intervino esta semana en la Escuela de Ciudadanía de esta localidad para hablar de convivencia. Trabaja como técnica dentro del Gobierno de Navarra en Participación Ciudadana y Voluntariado. En 2011 se incorporó como socióloga al Gobierno foral e hizo su primer estudio sobre el impacto de la inmigración en la sociedad navarra. Piensa que la diversidad es “una condición estructural de nuestras sociedades” y como tal un inmenso reto no exento de complejidad para las políticas públicas y la propia gobernanza. “Una democracia no se mide solo por cómo protege a quienes ya pertenecen, sino por cómo cuida a quienes todavía no han sido plenamente reconocidos”, destaca. Al fin y al cabo, se trata de trabajar por la convivencia humanizadora, y cómo hacer frente al resentimiento, al miedo o al desamparo y volver a tener más presente la noción de bien común desde un sentido compartido de pertenencia.
Se afirma que han venido muchas personas y demasiado rápido.
–¿Y cuánto es mucho? Creo que estamos siendo bastante alarmistas. Navarra no ha recibido de manera alarmante a la población migrante. Se ha ido incorporando lentamente al mercado laboral y al ámbito educativo y no ha habido grandes problemas.
Se dice también, y no quiero hacer de abogado del diablo, que en determinadas zonas de Navarra sí se nota un cambio sociológico.
–Ahí está el elemento acumulativo. Ya son años de llegada de población y podríamos haber aprendido mucho de cómo integrar mejor y no solo asimilar o intentar que esa población se asimile a nosotros.
Se da un discurso muy utilitarista sobre la migración.
–Sí, pero es curioso que no hablemos casi de clases sociales, porque no miramos igual al migrante que viene con 500.000 euros para poderse comprar una vivienda en España.
El defensor del Pueblo, Patxi Vera, critica que Navarra está dejando a gente atrás y hay más desigualdad. Eso rompe el eslogan progresista.
–A nivel macro tenemos grandes números, pero a nivel micro vemos las penas. Tendremos que seguir trabajando en no dejar a nadie atrás. Y hoy mucha gente se está quedando.
Todos somos potencialmente otros, recuerda usted.
–Bauman lo decía. Es muy difícil que hoy no nos estemos dejando a nadie atrás en nuestras tomas de decisiones. Después de la Segunda Guerra Mundial, con el desarrollo del Estado de Bienestar, los estados nacionales fueron capaces de homogeneizar mucho a las poblaciones, pero silenciando a muchas otras.
“Tenemos que ser mucho más inclusivos en la participación de la ciudadanía en las decisiones de las políticas públicas”
¿Y más recientemente?
–Hemos tenido años de cierta bonanza democrática en los que hemos ido reconociendo a la diversidad, por ejemplo la sexual, hemos reconocido el derecho a decidir cuándo o cómo morir, a poder elegir el aborto, hemos ampliado mucho los derechos y el entendimiento de las distintas opciones, pero aun y todo siempre nos estamos quedando con gente fuera del marco de las actuaciones políticas. Aunque hagamos progresos y avances en nuestras decisiones públicas, todavía nos faltan marcos de inclusión, y eso que estamos ampliando la mirada en género, en otras ideas de diversidad cultural...
Dice que el miedo o el resentimiento son herramientas políticas de primer orden.
–Eva Illouz lo aplicó al caso de Israel, pero se puede trasladar. En espacios institucionalizados, educación, trabajo... más o menos todos tenemos unas normas de conducta y de relación. Pero cuando ya vamos a relaciones más intensas, aparece el distanciamiento e incluso la deshumanización del otro, porque están jugando las emociones. Hay elementos externos jugando con el miedo o el resentimiento, llevándonos a marcar distancia con ese otro.
Lo que llama fronteras emocionales invisibles.
–Resentimiento muy útil para determinados grupos políticos y líderes.
¿Y cómo combatirlo? Eso no se quita con dos talleres pedagógicos.
–No, y pensamos en recetas rápidas. Hay que trabajar desde las familias y desde el ámbito educativo. Construir ciudadanía, pero no igual con el concepto muy manoseado de hombres blancos occidentales.
Destaca la convivencia en la juventud navarra. ¿La prueba del algodón serían las parejas mestizas?
–Hace muchos años, en un curso de verano, un ponente dijo que la integración sería una realidad cuando pasara por las sábanas de la cama.
Y que eso lo asuman padres y madres.
–Mi madre suele decir que cuántas cosas ha tenido que aprender con cada uno de sus hijos, con saltos generacionales continuos. Estamos hablando de diversidad, de reconocer identidades. Uno de los duelos que hace una persona migrante es que ya no es lo que era y cuando llega aquí, nunca es.
“La deshumanización del otro viene de jugar con emociones como el miedo o el resentimiento para marcar distancias”
Advierte también sobre el “aprendizaje del desamparo, cuando ciertos grupos normalizan la discriminación”. Esto pasa.
–Claro, si le ponemos luego el nombre de salud mental, depresiones, ansiedades o intentos de suicidio, ¿eso no es reflejo de situaciones de desamparo? El sentimiento de soledad que tanto lo atribuimos a las poblaciones mayores también existe soledad no deseada entre la población joven, a quien le exigimos pero en muchas ocasiones no la escuchamos. Tendríamos que pensar más en ellos. Porque están muy agotados, invirtiendo mucho tiempo y esfuerzo en formarse, y no tienen claro de si va valer para algo.
¿Hay que recuperar la noción de bien común?
–En Navarra se sigue manteniendo mucha tendencia al bien común, tenemos todavía herencia de espacios de auzolan y los comunales, elementos históricos que nos lo recuerdan. Pero creo que eso se nos está perdiendo con las nuevas generaciones. A lo mejor se nos está olvidando ofrecerles cosas que les pueden ser útiles.
A modo de cierre.
–Crear ciudadanía es hacer procesos mucho más participativos en las políticas públicas. Pero hay que reconocer a todos los que están, no a los que son reconocidos a través de un proceso que te da el papel. Tenemos que ser mucho más inclusivos en la participación de la ciudadanía en las decisiones de las políticas públicas. Hay que generar mucha más cultura de la participación.