De Eritrea a Pamplona, el viaje vital de Abrahay Busa Amare
Abrahay Busa Amare, eritreo de 25 años, huyó en 2017 de su país para evitar el servicio militar obligatorio y, por suerte, llegó a Navarra, la comunidad en la que ha logrado un futuro mejor
Tenía 16 años y no sabía que existía España cuando subió a una patera en Libia después de huir de su país, Eritrea, y de pasar por Etiopía, Sudán y el desierto de Chad para escapar del servicio militar obligatorio y para ayudar a su familia ante un país que se encontraba bajo. Nunca supo porqué, pero alguien decidió que completaría el hueco que faltaba para rentabilizar el viaje. Nueve años después, Abrahay Busa Amare –de 25 años recién cumplidos– se ha enamorado de las calles de Iruña, una ciudad que no eligió y que, sin embargo, se acabó convirtiendo en la suya. Porque, de alguna manera, la capital navarra pasó a ser un reflejo de todo aquello que quiso ser. "Los proyectos de vida nos hacen mejores", sentencia.
En primera instancia, solo tenía claro que se iba con el objetivo de encontrar un "país democrático" donde poder crear "una vida como realmente la quiero", confiesa. Y pese a la simpleza del deseo tuvo que pasarlas muy putas para conseguirlo. "Nos costó muchísimo cruzar mar y tierra. En la patera éramos tantos que apenas podíamos movernos", recuerda. Al tiempo, fueron rescatados por el salvamento marítimo italiano y sintió que "íbamos a llegar a Europa". No obstante, lo retuvieron durante seis meses en un centro de menores, donde, según indica, no pudo aprender nada. "Me sentía encerrado y triste", dice. Pero tuvo un "golpe de suerte" y realizaron un reparto "por sorteo" de todas las personas refugiadas que habían llegado hasta Italia. Abrahay soñaba con Bélgica o Noruega porque era de lo que había escuchado hablar, pero el azar lo trajo hasta Pamplona. Aquí encontró el amparo legal del asilo político. "Ese estatus fue el que me devolvió la seguridad que la vida me había arrebatado", reconoce. Y con ella, una red que no esperaba: la Fundación Ilundain Haritz Berri, que se convirtió en su primera familia navarra. "Me dieron infraestructura y apoyo emocional", dice. Con ellos recorrió el Pirineo hasta llegar al Mediterráneo. Al mirar al este, hacia Libia, se le removió todo. "Me di cuenta de que nací de nuevo aquel 14 de julio de 2017", recuerda. Tenía 18 años y el mar que dos años antes lo había tragado era ahora el mar de la amistad.
Construir un proyecto vital
El problema llegó al cumplir la mayoría de edad porque el sistema que lo había sostenido empezó a dejarle de lado. Sin embargo, él, con el apoyo de la Fundación, no desistió y siguió adelante. De hecho, él no quería estudiar "porque para mí era fundamental ponerme a trabajar y enviar dinero a mi familia" y, sin embargo, le animaron a que conociera el idioma y, poco a poco, se formara en algo que le gustaba. De esta forma, estudió castellano, realizó un taller profesional en Lantxotegui –que sacó con muy buena nota– y de ahí se le abrió la puerta a un Grado Medio de Mantenimiento en el CIP Huarte durante la pandemia. Mientras tanto, trabajaba como recepcionista y, poco después, realizó un Grado Superior de Sistemas Electrónicos en el CIP Virgen del Camino, que le llevó a orientar su carrera profesional. "Dormía poco y corría mucho", resume. Pero cada mañana se levantaba con la misma convicción: estaba construyendo su proyecto vital. De forma paralela, Abrahay tuvo en su camino a muchos guías porque "la vida te pone a personas que te acogen", como Patxi San Juan, un hombre que le marcó para siempre. "No quería ayudas por parte del gobierno ni rentas. Tan solo quería dar todo de mi parte y ayudar a mi familia, pero él me animaba a que lo aceptara. Y menos mal que le terminé haciendo caso porque ahora mi familia está en Etiopía y yo estoy formando y estoy trabajando para contribuir a que Navarra sea una comunidad mejor", apunta.
Un navarro más
En ese sentido, Abrahay reconoce que fue muy bonito ver cómo la gente era consciente de todos sus esfuerzos –las noches de insomnio para estudiar, las largas horas de trabajo, las noches a la espera de llegar a un lugar donde soñar...– y le ayudaban en todo cuanto necesitaba. "Ven que lucho y me acompañan. A fin de cuentas, siempre he querido mejorar para ayudar al resto y, de alguna manera, me lo han devuelto", menciona. Porque aquel joven que llegó a Navarra sin saber en qué parte del mundo había parado es, a día de hoy, "un navarro más, orgulloso de la tierra que le ha acogido. Soy un ciudadano pleno que aporta su esfuerzo, su cultura y su trabajo al presente y futuro de la tierra que lo adoptó y le dio una oportunidad. En especial, porque es consciente de que hay gente que quiere estudiar y que, sin embargo, no tiene la puerta abierta, pero "a mí me lo dieron todo", dice.
En algunas lenguas africanas existe una palabra que en castellano no existe: ubuntu. Dice que una persona es persona a través de las demás. Que nadie se construye solo. Que detrás de cada historia hay siempre otras historias que la sostienen a tientas. Europa, sin embargo, parece haberlo olvidado. Mientras el continente debate muros y cuotas y procedimientos, hay personas como Abrahay que solo pedían una oportunidad para demostrar de qué estaban hechas. Se la dieron. Y él la devolvió multiplicada. Pero eso es algo que los grandes países –los que controlan todo– no está sabiendo ver en cada patera que rechaza, en cada persona que devuelven, en cada proyecto de vida que cierran antes de que empiece. Y todo porque no se dan cuenta de que la prosperidad viene de quien más ha luchado para encontrarla.
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