Ficha
- Título: Bailando lo quitao
- Autora: Ana Milán
- Género: Novela
- Editorial: Planeta
- Páginas: 208
Me llamo Josefa y estoy deseando morirme. La vida está sobrevalorada, la vida no tiene mucho sentido hasta que deja de tenerlo del todo, y eso sucede más o menos cuando prefieres ponerte a salvo en vez de salir por ahí a que el aire te despeine las ganas. Ahí la vida deja de ser vida. Ahí la vida pasa a ser prórroga. Descuento. Un saldo. Eres figuración, no sales en la película, haces bulto al fondo. Eres el punto muerto en el cambio de marchas, dejándote caer por la cuesta, aprovechando la inercia con las ruedas gastadas, y eso sí, el retrovisor bien nítido. Y yo quiero que llegue ya. Y no llega. No llega porque sabe que la estoy esperando y a la muerte siempre le ha gustado mandar. Yo quiero morirme y dejar de ser la casilla que ya no se marca. He tenido una vida digna de ser contada, pero no tengo a quién. Quienes la vivieron conmigo ya tornaron a gris, éramos jóvenes, vivos y despiertos, bellos y tersos, podíamos volver a empezar, aún teníamos errores pendientes; y un día que no podría señalar en el calendario nos hicimos mayores, la responsabilidad nos comió las entrañas y la falta de sueños acabó con el calcio de nuestros huesos, se dejaron de oír las carcajadas y los susurros, se apagó el deseo y cada uno buscó su refugio para morir, como los elefantes. Y la vida dejó de estar viva. La música dejó de sonar para dar paso a las campanas que llaman a misa. Y a mí nunca me ha gustado ir a misa.
Me llamo Josefa, y estoy a punto de cumplir setenta y nueve.
El día que yo nací, en la portada del diario ABC de Madrid — el preferido de mi padre— destacaban dos titulares: El Empire Theatre estrena Asunto de vida o muerte, ante Jorge VI y la reina Elizabeth, y otro, menos festivo pero igualmente realista, Cuatro mineros fallecen en accidente en Almadén. Siempre me ha parecido curioso que mi llegada coincidiera con ese contraste tan extremo: lujos regios y muertes anónimas. Mientras mi madre se ponía de parto en casa, en el salón de enfrente fallecía don Anselmo, el vecino del tercero, fotógrafo. Tenía el estudio en la calle Alcalá, y era famoso por hacer las mejores fotos de comunión de todo Madrid. Llevaba meses enfermo del corazón. Años después, su viuda, doña Salvadora, me contó que en el mismo momento en que yo nacía, el reloj de la repisa del comedor se detuvo, como si alguna parte del tiempo se hubiera ido con él para dejarme hueco. No sé si fue verdad, pero me gustó pensar que alguien me dejó sitio, incluso sin conocerme. El día que yo nací el número premiado en el sorteo de los ciegos fue el 366, mi padre llevaba el 367. Casi, pero no. Se pasó el día con el ceño fruncido. Y en el mercado de Torrijos, en el número 85 de la calle Hermosilla, se repartían patatas: un kilo por persona, previa presentación del cupón 58. Esa fue mi bienvenida al mundo: entre raciones y esperanzas, con una vida comenzando y otra marchándose. El día que nací nadie se dio cuenta de que me faltaba un trozo de corazón, que venía herida de otra vida. Era 8 de noviembre de 1946. Viernes. Hacía viento.
Disculpen el desorden de mi relato. La memoria no tiene índice. Saltaré entre los años según la memoria tenga a bien traer hasta mí aquellos difusos momentos que, al ser recuperados en el presente, resucitarán su brillo.
Siempre me ha gustado la gente que se mete en el mar. Al fondo. En lo hondo, pero en lo hondo de verdad. Donde no se hace pie aunque quieras. Donde el mar deja de ser playa. Cuando era pequeña pasaba horas en el agua, con la cabeza dentro y los ojos abiertos, mirando mi pelo nadar, bailar, moverse como briznas castañas jugando a ser Medusa. Dentro del mar nada pesa, nada te hunde, sólo el miedo. Como en la vida. Pasaba horas sumergida, sabiendo que mi sitio en la tierra era el mar. Pero un día se me metió el frío dentro. El frío de dentro te llena de cobardía, te impide saltar y abrazar. No hay quien te abrigue. El frío es un telegrama que anuncia que la muerte existe. No importa cuánto tarde en llegar. Y a mí se me metió dentro sin esperarlo y no volví a entrar en el mar hasta tres años después.
Llegamos mientras las familias empezaban a recoger sombrillas y sillas plegables para marcharse a sus casas, la arena aún estaba caliente, pero ya no quemaba. Las huellas de nuestros pies se encadenaban junto a otras mil. Tiramos las toallas sin cuidado y nos quitamos la ropa, entre risas y gritos acallados por el pudor aún latente en aquellos años, nos adentramos en el mar convirtiendo la orilla en champán agitado. Mi amiga Mercedes gritó «¡¡Viva España!!» y desapareció tras una ola, dejando ver sus piernas, que se agitaban salpicándonos al resto en la cara. Llevaba las uñas de los pies pintadas en blanco nácar. Quise llevarlas también. Aun sabiendo que mi padre jamás me dejaría hacer tal cosa y que me hubiera dicho que yo tenía que ir natural «como los pimientos de Calahorra».
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Me sumergí justo a la vez que José Luis. Abrí los ojos bajo el agua y me encontré con los suyos tras una hilera de burbujas, con su pelo rizado y negro desperezándose en el agua como muelles de regaliz. Me encontré con sus ojos castaños y ligeramente achinados. Sonrió. Y yo cerré poco a poco los párpados y dejé que mi cuerpo subiera hasta la superficie de nuevo, mientras deseaba con todas mis fuerzas que, al abrir los ojos, sólo estuviéramos él y yo. Aún tardó varios segundos en salir, sacudió la cabeza haciendo que sus rizos se ordenaran como crías de cuervos aterrizando y me buscó con la mirada. Me sumergí cuando me encontró, coqueta y desafiante, y buceé sin mirar atrás, con la certeza absoluta de que vendría detrás. Noté su mano en mi espalda mientras me giraba hacia él y me empujaba a la superficie.
—¿Saldrías conmigo? — preguntó.
Y lo siguiente que recuerdo es su lengua salada entreabrir levemente mi boca para luego enredarse apenas con la mía mientras los ojos me picaban a rabiar. Fue mi primer amor, treinta y siete días de besos a escondidas, taquicardias, una carta de amor que enterramos en las dunas, prometiendo volver el siguiente verano, meriendas en casa de su madre, doña Esperanza, una mujer valiente que había sacado a los tres hermanos adelante ella sola. Su marido la había abandonado y las arrugas alrededor de sus ojos hablaban de ello, pero ella no. Siempre llevaba las uñas largas y pintadas. Siempre sonreía al hablar. Siempre cantaba mientras limpiaba la casa al llegar de trabajar limpiando las casas de otras señoras, de esas a las que sus maridos no abandonaban porque tienen suficiente dinero como para mantener dos casas. Pero ella siempre cantaba. Había mucha alegría en esa casa, mucha.
Fue horrible ver llorando a doña Esperanza por enterrar a su único hijo varón, nadie encontraba una explicación lógica a que un nadador como José Luis se hubiera ahogado, nadie lo entendía. Ella lloraba sin atender a nadie más, su mirada estaba clavada en aquel ataúd de cerezo barnizado que reflejaba un cielo brillante, se abrazaba a sí misma por la cintura y como una letanía mascullaba entre dientes «Cuánto más, Señor, cuánto...». Enterraron a José Luis y con él a doña Esperanza; la vida la enterró viva, quizá consumió demasiado pronto toda la alegría que tenía predestinada. En cuanto a mí, tuve que reponerme pronto, fue un amor secreto y en casa nadie sabía nada; mi padre me hubiera molido a palos de enterarse. Fingí estar enferma durante dos días, lloré con la almohada taponándome la boca, acallando los gritos. Al tercer día me levanté de la cama porque volvíamos a Madrid y me obligué a no recordar. El frío duró tres años más.
La falda de mi uniforme picaba como un demonio, un paño gris que debía durar varios años y resistir rodillas, recreos y penitencias. Y misas, muchas misas. Las baldosas de la iglesia del colegio Esclavas de María eran una imitación de las del Paseo de Gracia de Barcelona, una baldosa hexagonal que fue diseñada por Antonio Gaudí en 1904 para pavimentar los suelos de la Casa Batlló, pero que, por retrasos en la producción, nunca se llegó a colocar allí y se le acabó dando otro destino. Todas eran iguales: un tercio de estrella de mar, un tercio de amonites y un tercio de algas. Se necesitan siete losetas perfectamente dispuestas para ver lo que Gaudí quería que viéramos: un fondo marino escondido bajo nuestros pies. Cuentan — porque en los colegios siempre se cuentan cosas— que fue un capricho de la fundadora del centro, sor Presentación, una mujer de carácter temible y fe envidiable, que solía decir que los niños debían crecer con la vista puesta en el cielo, pero con los pies bien plantados sobre algo hermoso. Durante un viaje a Barcelona, en 1948, le llamó la atención aquel diseño marino de Gaudí que pisó sin querer al bajar del tranvía. Dicen que se paró en seco, que miró al suelo como quien ve una aparición, y que en cuanto volvió a Madrid escribió a la comunidad con una orden tajante: «Quiero esas losetas para la capilla. Si Dios se manifiesta en el detalle, que los niños lo aprendan desde el suelo». Y así fue. No hubo presupuesto para mármol, pero sí para arte reciclado. Mientras otras iglesias lucían frías losas beis o terrazo vulgar, la nuestra tenía mar en el suelo. Aunque nadie nos lo dijo nunca, ahora me doy cuenta: en cada misa, en cada castigo, en cada fila con las manos cruzadas, pisábamos algas, fósiles y estrellas. Como si un mar sin agua sostuviera nuestra fe. Yo las tenía contadas, recorría con la mente sus estrellas, pasando los dedos por encima, y dejaba de escuchar al padre Anselmo. Ese hombre ofició misa diaria durante once años de mi vida. Once años... Su voz era una letanía punzante, morfina en verbo; nunca he escuchado nada tan alejado de Dios.
La misa duraba una hora cada día, cada día soportando sermones que sólo me incitaban a pensar en el pecado por no poder pecar, a desafiar, a hacerme pensar que no podía existir un Dios tan rastrero como para traernos al mundo con una gran culpa ya en el haber. Un Dios que vigilaba, libreta en mano, todos nuestros pecados, pero que podía perdonarlos si rezabas un abracadabra propio. Y allí estaba ella, una virgen con manto azul y blanco y la mirada en las nubes, que le pisaba la cabeza a una serpiente sin que le temblara el pulso, invicta; y yo quería ser ella, pero sin tener que ser virgen; ser virgen era como tener un premio de consolación, porque los grandes puestos estaban ocupados por hombres: Dios, Jesús, san José y el Espíritu Santo, más doce apóstoles. Imbatible. A la paloma y a la virgen les dieron el premio de consolación: anunciante y receptora. Pero yo quería ser una mujer capaz de pisarle la cabeza a una serpiente, quería ser libre, atreverme, quitarme lo que apretaba — aunque no supiera nombrar lo que era— y arriesgarme. Aunque la serpiente acabara mordiéndome. Cada día, al recibir la hostia consagrada la sacaba con rapidez de la boca y me la guardaba en el bolsillo del babi azul. Llegué a reunir treinta y siete.
Ana Milán (Alicante, 1973) es actriz, escritora y comunicadora. Conocida por su talento, su ironía y su capacidad para contar la verdad incluso cuando duele, ha construido una carrera que combina éxito, inteligencia y una autenticidad poco común. Ha protagonizado series tan queridas como Camera Café, Física o Química, Yo soy Bea o By Ana Milán; obras de teatro, como 5mujeres.com o El diario de Adán y Eva; y dirige el pódcast La Vida y Tal. Como autora, ha publicado los libros Sexo en Milán y Voy a llamar a las cosas por tu nombre, que se han convertido en referentes de una voz femenina honesta y desarmante. Bailando lo quitao es su novela más personal: una historia íntima sobre la memoria, la libertad y el carácter.