En el sótano
Algo viscoso, junto al sumidero, roza mi pie descalzo. No puedo verlo, pero lo siento.
Algunos niños tienen pesadillas sobre cosas que se deslizan en las sombras. Monstruos.
Yo no fui uno de esos niños; de otra manera, me estaría volviendo loco aquí abajo.
El truco para mantener la cordura está en no mirar lo que ves, en no obsesionarte con los pequeños detalles —el silbido de la caldera en alguna parte de los pisos superiores, los ruidos detrás de la puerta, el goteo de la tubería de plomo que recorre el techo— y en no adelantar acontecimientos; obligarte a pensar en lo que va a suceder antes de que suceda es la tortura preferida de todo carcelero. Si te obsesionas con escapar a cualquier precio fracasarás. Ellos, los que están ahí fuera, cuentan con que lo intentes; lo están deseando, en realidad.
Quieren que les des una excusa. No hay que dársela ni precipitarse. Ahorra energías, observa, espera una grieta que puedas aprovechar: quién es el guardia más débil, cuál el más voluble, a cuántas plantas bajo el suelo estás, qué te vas a encontrar si logras llegar a la superficie.
Traza un plan y elige el momento para ejecutarlo.
Aunque no es sencillo sin referencias. Aquí no hay ventanas, así que no tengo modo de saber si es de día o de noche, y eso hace que el tiempo se dilate hasta deformarse.
La oscuridad hace también que el espacio desaparezca; sin tiempo y sin espacio se tiene la sensación de flotar en la nada. Como si no existieras. La única medida de la realidad es el cubo que tengo para cagar. Ese cubo es mi reloj de arena: lo vacían a intervalos regulares, da igual si rebosa o flotan dos dedos de porquería. Solo en esos breves intervalos se enciende una bombilla, la puerta se abre, entra alguien, se lleva el cubo, la puerta se cierra, la bombilla se apaga. A los pocos minutos lo devuelven vacío, sin limpiarlo. Junto a la puerta.
Siempre lo dejan junto a la puerta.
Me tienen miedo.
He estado en sitios peores, mucho peores. Revisitar todos los infiernos que he conocido antes —las perreras del Oso Dávila, donde te daban de comer las sobras que dejaban los perros, las celdas de Quintana Roo, donde ocho reclusos peleábamos por el espacio concebido para dos— me ayuda a mantener la cabeza fría y a valorar las cosas que tengo a mi favor. Por ejemplo, puedo moverme —aunque no más de cinco o seis pasos en cada dirección—, el techo es lo bastante alto para no tener que andar encorvado, me han dejado un colchón y una manta, aunque me obliguen a permanecer desnudo. A veces se acuerdan de alimentarme y de traer agua.
Y aquí está otra vez mi vieja amiga, rozándome el pie. Dicen que las ratas son casi ciegas, por eso se mueven tan bien en la oscuridad. Su olfato, sus bigotes y sus oídos hacen el trabajo. Eso les da ventaja con respecto a los animales diurnos. El problema de esta es que, a veces, se confía demasiado. No debería haberse puesto al alcance de mi mano.
Por fin se acaba la espera. Casi es un alivio ver a esos tres orangutanes entrar con los bates de béisbol y los puños americanos. La bombilla parpadea sobre sus siluetas como un anuncio de Navidad: a Belén, pastores. Uno de ellos, el que parece llevar la voz cantante, mira la rata muerta junto al sumidero. Debe de hacerle gracia, porque, al verla reventada, sonríe antes de indicarles con un gesto a los otros que es hora de empezar.
La ficha
- Título: ‘Las buenas intenciones’
- Autor: Víctor del Árbol
- Género: Novela negra
- Editorial: Destino
- Páginas: 400
Nadie dice nada. No sé qué quieren, no sé quiénes son. Podrían ser cualquiera, por cualquier razón. Es parte del juego: el silencio alimenta la especulación, y la especulación acaba rompiendo los nervios. Si les preguntara por qué estoy aquí mostraría mi debilidad, y en el mundo en el que yo me muevo, eso se paga muy caro. No importa, cada cosa llega a su tiempo.
Nada de lo que va a pasar es necesario, ellos lo saben y yo lo sé. Pero hay rituales, ceremonias que deben cumplirse: el castigo responde a una lógica que nada tiene que ver con la culpa ni con la proporcionalidad. Tanto aguantas, tanto tienes. Y si no aguantas lo necesario estás perdido.
Todos los que nos dedicamos a este negocio acariciamos la secreta esperanza de librarnos de nuestra adicción al miedo y casi nadie lo consigue, pero aprendemos a disimularlo. Dependemos, en buena medida, de nuestra reputación, del terror que podamos llegar a causar en los demás. La fama que te precede te allana el camino, y yo tengo una fama que proteger. No necesito conocer sus motivaciones, sino poner a prueba su determinación. Demostrarles que no soy su prisionero, que, en realidad, son ellos los que están atrapados aquí abajo conmigo.
Cuando empiezan, los golpes reverberan en la bóveda del techo, como sus respiraciones esforzadas. Aparte de eso, todo transcurre en extraño silencio y, de alguna manera, el mundo se hace más transparente y el pensamiento más lúcido. Dejo que el dolor me inunde, que sature cada terminación nerviosa, que se desate por cada partícula; es cuestión de disciplina. Convertirme en un saco de arena. Cruzado ese umbral, los oídos empiezan a zumbar y en alguna parte de mi interior oigo una canción: Puto, de Molotov. A saber por qué, nunca me gustaron esos mierdas. Quizá sea porque cualquier esperanza es ahora absurda, o porque la violencia es un lenguaje que puedo entender.
Son profesionales, golpean con experiencia, metódicos —hay matones que conocen la anatomía humana mejor que un cirujano—, y eso me tranquiliza. Estamos en el preludio, primero se ablanda la carne para que se abra el espíritu. No van a matarme, no todavía.
Cuando terminan, resollando tras el esfuerzo, abriendo y cerrando los puños doloridos, contemplan su obra y se dan por satisfechos. Dos de ellos me alzan por las axilas y me sitúan frente al que dirige. El tipo suda y recoge con la lengua un grumo de saliva seca. Se está quedando calvo y ni siquiera ha cumplido los cuarenta. En la mano derecha sostiene sin ganas un bate. Lleva puesta una camiseta descolorida que le viene dos tallas pequeña. No sé el motivo por el que eso me hace gracia —el mal gusto, la fanfarronería— y me echo a reír. Río porque todavía resuena en mi oído la letra de la canción de Molotov, o porque, al final, seas quien seas, el dolor te afecta.
Río cada vez más fuerte, aunque me duelen los dientes, y el bazo, y el pecho. Río porque me gustaría que el sufrimiento se acabase y esa ilusión me parece obscena.
Se miran unos a otros perplejos, desconcertados. El tipo que dirige se encoge de hombros, como si no le importara lo que tiene delante. Sonríe comprensivo, me da una palmadita en la mejilla, retrocede dos pasos, agarra el bate con las dos manos y lanza contra mi cara un swing de abajo arriba, al mejor estilo de Héctor Espino.
Home run.
Capítulo uno
Si estamos en abril, supongo que todo esto comenzó hace dos meses, en febrero, cuando viajé a Chipre. Así que debería empezar hablando de Orestes, el chipriota.
Pocos saben que debe su nombre a la fascinación enfermiza de su padre por la mitología griega y, concretamente, por el hijo de Agamenón, el rey heleno en la guerra de Troya.
La historia es conocida, pero a él le gustaba contarla a su manera, y a ti no te quedaba más remedio que sentarte a escucharla. En la casa de Famagusta, frente al puerto y las alambradas de espino donde nació, invitaba a los visitantes a contemplar una réplica, idéntica a la pintura original que se conserva en el Chrysler Museum de Norfolk, Virginia, del Orestes perseguido por las furias de William Bouguereau que decoraba su despacho, además de las costosísimas encuadernaciones de Píndaro y Esquilo, de Sófocles y de Eurípides, todas versiones distintas de la misma leyenda, que decoran la biblioteca. Orestes paga auténticas fortunas por cualquier edición original que trate sobre el tema.
Para él, el dinero no es problema. Al morir su padre heredó un imperio levantado en los astilleros de Lárnaca desde los tiempos de la ocupación turca. A los veinte años ya disponía de una enorme fortuna, pero no se conformó con gestionarla o conservarla; empleó su propio talento en multiplicar las operaciones de la naviera familiar y rentabilizar al máximo la inestabilidad política de la isla, su opacidad fiscal y, lo más importante, se valió de su innato ingenio para entenderse con Dios y el diablo indistintamente, tejiendo una telaraña de influencias de la que no escapa nada ni nadie en esa parte del Mediterráneo. Todo pez, grande o pequeño, honesto o depravado, acaba cayendo en la red de Orestes.
Nadie puede moverse ni respirar sin su permiso.
Aquella mañana, desayunábamos en su finca de veraneo, en la enínsula de Karpas. Me gusta ese lugar, es tranquilo, apenas una estrecha franja de tierra que se adentra en el mar, como un índice señalando en dirección a Turquía. Desde la terraza podían verse el monasterio grecochipriota del apóstol Andrés y un mar tranquilo y cristalino, la carretera que descendía entre olivos, rebaños de ovejas y burros salvajes que pastaban sin temor alguno. Orestes contemplaba todo aquello que le pertenecía como el pastor que come queso en el filo de su navaja y vigila desde lo alto de un cerro. Su mirada mansa y paciente no escondía, sin embargo, que aquel hombre, avejentado y silencioso, comprendía perfectamente dónde radicaba el verdadero poder y cuál era su finalidad última. Solo tiene poder absoluto quien no necesita ejercerlo, ni siquiera reivindicarlo.
Basta con encarnarlo y que los hombres lo acepten como se acepta lo indiscutible, lo inevitable.
Ser invitado a ese lugar íntimo y privado era muy poco común. Orestes siempre ha huido de la atención mediática, es alguien tremendamente críptico y muy celoso de su intimidad.
Se suponía que yo debía mostrarme agradecido por la deferencia.
Sobre el autor
Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) es escritor y suyas son las novelas El peso de los muertos (Premio Tiflos de Novela 2006), La tristeza del samurái (Prix Le Point du polar européen 2012), Respirar por la herida (finalista en el Festival de Beaune 2014 a la mejor novela extranjera), Un millón de gotas (ganadora en 2015 del Grand Prix de Littérature Policière y uno de los libros más destacados de 2021 en Estados Unidos según Publishers Weekly), La víspera de casi todo (Premio Nadal de Novela 2016), Por encima de la lluvia (2017), Antes de los años terribles (2019) y El hijo del padre (2021). Nadie en esta tierra (2023) y El tiempo de las fieras (2024) integran, junto con la nueva entrega Las buenas intenciones (2026), la Trilogía del sicario sin nombre.