Costa Amalfitana, el edén que sabe a limón

'Keep calm and drink limoncello' (Mantén la calma y bebe limoncello). A quien se le ocurriera estampar en la camiseta de una tienda de la Via San Cesareo de Sorrento este consejo para perderse por el paraíso encajado en pueblos suspendidos que miran al mar Tirreno que es la costa amalfitana, atinó por completo.

10.11.2020 | 20:32
La catedral de Amalfi.

En el siglo XVIII ya seducía a los jóvenes que se embarcaban en el Grand Tour: el viaje por Europa que brindaba una oportunidad para cultivarse y el último reducto de libertad antes de sentar cabeza consagrándose a las ocupaciones que sus insignes familias habían trazado para ellos. También arrastra a las celebridades incluso antes de que el estudio romano de Cinecittà se convirtiera en uno de los epicentros cinematográficos, con los actores y actrices como protagonistas de apasionados romances y fiestas de época. Hoy, muchos viajeros buscan la casa de Positano en la que Frances o Francesca, como rápidamente la bautizan sus nuevos vecinos, se presenta, radiante con un vestido blanco, al encuentro de Marcello en la película Bajo el sol de la Toscana (Audrey Wells, 2003). Aunque la sorpresa no salga como ella espera, la visita nunca es en balde, así que ¡en marcha!

La Strada Statale 163, de curvas sinuosas no recomendables para personas no especialmente habilidosas al volante o propensas a marearse, conecta los municipios más representativos de la Costa Amalfitana. Que no desesperen, porque funcionan regularmente servicios de transporte por mar. Pero regresemos al primer destino: Sorrento. Bajo el ala protectora de los acantilados y profundos cañones naturales que cobijan molinos en desuso, las sombrillas y tumbonas se alinean en embarcaderos junto al mar.

El movimiento en el centro parte de la plaza Tasso, donde se asoma el hotel Excelsior Vittoria, ligado a la figura de Enrico Caruso y a la canción homónima de Lucio Dalla de 1986. Según explicaba el compositor, alude a lo que refirieron los propietarios del alojamiento sobre la melancólica estancia del tenor, consciente de que su salud se deterioraba y enamorado de una joven a la que daba clases de canto antes de su fallecimiento en 1921. Le recuerda una placa colocada en 1995.

Además de la catedral, el casco urbano esconde otra joya del patrimonio: el romántico claustro de San Francisco de Asís, que hunde sus raíces en el siglo VII, uno de los lugares predilectos de muchas parejas para darse el sí quiero. Al caer la noche llegan los ecos de la música. Suena Grande Amore, del trío lírico Il Volo, que reverdeció los laureles de gloria de Caruso en 2015, cuando estuvieron a punto de ganar el festival de Eurovisión. Es un momento más que propicio para probar el manjar por excelencia de la zona, el limoncello. Creado a partir de la maceración en alcohol de las cortezas de limón, cuentan que este licor ayuda a digerir las más opíparas comidas.

Dominio de los mares
Antes que Pisa, Venecia y Génova, Amalfi gozó de hegemonía en las aguas del Mediterráneo entre los siglos IX y XII, legó un código de navegación en vigor hasta el XVI y se le atribuye la evolución de la brújula en la persona del navegante Flavio Gioia. Aunque se le erigió una estatua en la localidad, parece que su existencia real no está documentada.

La influencia del tráfico comercial con el Imperio Bizantino se aprecia en la basílica del Crucifijo, adyacente a la catedral de San Andrés, a la que se accede por una escalinata (la misma por la que la talla del santo desciende y sube de vuelta meciéndose pero sin caerse gracias a la pericia de los costaleros durante su festividad del 26 de junio).

Desde la plaza en la que desemboca, un grupo de turistas se las ve y se las desea para encajar todo el edificio en las fotografías, mientras otros curiosean en los escaparates de las tiendas repletos de joyas con camafeos y de color coral. El estilo barroco impera en la nave principal de la iglesia, cuya monumental puerta se trajo de Constantinopla en el siglo XI. Las reliquias aportaron también en la Edad Media ese plus como imán de feligreses y riqueza que apuntalaba el estatus del ducado.

En Conca dei Marini se emplaza la Gruta Esmeralda (no confundir con la Gruta Azul de Capri). Para verla se puede llegar por tierra o mar, antes de pasar a un bote más adecuado para adentrarse en las entrañas de la roca a través de un estrecho orificio. Un pescador se topó en 1932 con la cueva, que adquiere el color que ha terminado por darle nombre cuando los rayos solares se filtran por una grieta generando un efecto mágico, como cuando un haz de luz que se cuela por el óculo ilumina el Panteón de Roma.

Paréntesis aparte, en el mar Tirreno la mayor de las islas del archipiélago de las Sirenas, Gallo Lungo, tentó con sus cantos al célebre bailarín ruso Rudolf Nuréyev, que ornamentó su villa con azulejos de reminiscencias andaluzas.

"Positano te marca. Es un enclave de ensueño que no parece real mientras estás allí, pero lo es en la nostalgia cuando te has ido". Así definió el escritor estadounidense John Steinbeck en un artículo publicado en 1953 en Harper's Bazaar a este centro vacacional en temporada alta en el que residen de forma regular no más de 5.000 personas. Entre la maraña de casas construidas a distintas alturas sobre la montaña, los tonos verde, amarillo y azul de la cúpula de la iglesia de Santa María Assunta refulgen al contacto con el sol. El templo, con un campanario independiente y su singular bajorrelieve que representa a una criatura mezcla de un zorro y un pez, está asociado al culto a una Virgen Negra de origen bizantino que transportaban monjes benedictinos.

Cuando su barco encalló las inmediaciones interpretaron que el accidente como una señal de que la imagen debía permanecer allí. La estructura del edificio, del siglo X, se asentó sobre una abadía anterior. Arcos en algunas zonas del casco urbano y plantas trenzadas en otras protegen a los transeúntes del calor, que se deja sentir en la playa de piedras, que queman al contacto. Como también fue casi fuego la relación entre dos de los iconos del cine italiano, Anna Magnani y Roberto Rossellini.

Todo se truncó cuando a finales de los años cuarenta, durante el rodaje de un episodio de la película L'Amore, entre otras localizaciones en el fiordo de Furore y su coqueta cala de aguas cristalinas que corona un viaducto, el director habría recibido la carta de Ingrid Bergman sugiriendo una futura colaboración que se concretó en la película Stromboli. Lo que sucedió después copó titulares en la conservadora sociedad de entonces: un idilio que comenzó cuando ambos, Bergman y Rossellini, estaban casados y del que nacieron tres hijos, entre ellos la también actriz Isabella Rossellini. Furore no olvida a la diva que sufrió el desamor. El museo ecológico del mar, Villa della Storta, despliega una exposición permanente dedicada a Anna Magnani.


 El Hotel Villa Treville de Positano, en plena costa Amalfitana.

Música y Jackie Kennedy
Las artes y la Costa Amalfitana se adoran. No solo el cine bebió de sus paisajes y monumentos. Boccaccio habla en el Decamerón de la Villa Rufolo de Ravello, del siglo XIII y al contemplarla Richard Wagner supo que había finalizado su búsqueda para el diseño de los escenarios de la ópera Parsifal, de 1882. Su estancia, como las de Verdi o Toscanini, sembró las semillas del festival de música que arrancó en 1953 y se celebra en un auditorio con vistas al mar. Además, hasta este mes, noviembre, se puede acudir en el centro artístico a una exposición que rememora las vacaciones de Jacqueline Kennedy en Ravello en 1962, cuando todavía era Primera Dama de los Estados Unidos, un año antes del asesinato de su marido.

La fachada de su catedral de Santa María Assunta y San Pantaleón recuerda a la de Amalfi a escala reducida. Sin embargo, los interiores no pueden ser más opuestos.

En Ravello manda la austeridad, por eso llama aún más la atención un púlpito recubierto de mosaicos sostenido por seis columnas que sustentan las esculturas de otros tantos leones que bien podrían ser primos lejanos de los de la Alhambra de Granada.

Hay trenes desde Roma y Nápoles hasta Vietri Sul Mare, donde se fabrican coloridos azulejos y cerámica. Puede ser el cuartel general idóneo para moverse desde allí al resto de los pueblos, como el minúsculo y pintoresco Atrani, el más pequeño de Italia si se toma su extensión de 0,12 kilómetros cuadrados de referencia, los vestigios de la villa romana de Minori o la iglesia de Santa María Annunziata de Scala.

Se puede prolongar el itinerario tradicional hasta Salerno, relevante centro de conocimiento. Y es que el saber académico floreció aquí de la mano de la Universidad de Medicina más antigua de Europa, fundada en el siglo IX, que logró notables avances por su rompedora aproximación a la ciencia desde la práctica, complementada con nociones de lógica, filosofía, teología y derecho. Continuó hasta el siglo XIX, pese a la competencia en Nápoles, Padua o Bolonia.

La catedral de San Mateo, levantada sobre una iglesia paleocristiana previa y esta, a su vez, sepultando un templo romano, remite al período de esplendor normando. En el portón de acceso saluda una leona en su tiempo revestida de piedras preciosas, y en el claustro la arcada con motivos evoca a la catedral mezquita de Córdoba.

Por casi un año la ciudad ascendió al rango de capital de Italia, cuando el rey Víctor Manuel III recaló allí en 1943 en plena Segunda Guerra Mundial antes de ceder el poder a su hijo, Humberto II, en un intento por salvar la monarquía. Un referéndum certificó el cambio de régimen tres años más tarde. Las obras que se acometieron en aquella época no han borrado la esencia del casco histórico salernitano, donde los versos del poeta nacido en Salerno Alfonso Gatto viven para la eternidad grabados en un viejo edificio: "Un día incluso la muerte volverá a la paz y, como un aire de dolor, la luz de las puertas abiertas del mar dará todo su nuevo color al mundo que reaparece", reza una de las composiciones. Y, para luz del mar, la que enmarca la puesta de sol del fin de trayecto aderezada cerca del paseo marítimo, cómo no, con un limoncello.

Los principales núcleos para quien visite la zona son Amalfi, Atrani, Cetara, Conca dei Marini, Furore, Maiori, Minori, Positano, Praiano, Ravello, Scala, Tramonti y Vietri Sul Mare. 

Lugares de interés cercanos, hoteles históricos incluidos

Cartuja de San Lorenzo de Padula. 12.000 metros cuadrados rodeados por 84 columnas conforman el claustro más grande del mundo en el segundo monasterio de mayor tamaño de Italia, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que consta de 320 estancias. Fundado en 1306, su configuración arquitectónica recuerda al santo martirizado en una parrilla, en un curioso paralelismo con El Escorial. Con semejantes cifras no debieron sufrir problemas de espacio para cocinar una tortilla de mil huevos al emperador Carlos V, que en 1535 regresaba de un viaje a Túnez. Una recreación histórica rescata en agosto este episodio, aderezado con otras actividades culturales y festivas. Bodega, lavandería, establos o un molino estaban integrados en la rígida rutina de los cartujos. Saqueado por las tropas napoleónicas en el siglo XIX, posteriormente se sometió a una restauración. Además, acoge el museo arqueológico de Lucania Occidental. 
 
Templos y museo de Paestum. Tres de los más relevantes templos clásicos mejor conservados están en este yacimiento, Patrimonio de la Humanidad desde 1998, que formaba parte de la Magna Grecia, las colonias en otros territorios. Sobresalen los de Hera (mediados del siglo VI Antes de Cristo, Ceres, que estaba consagrado a Atenea y Poseidón (siglo V Antes de Cristo) A este Dios se debe el nombre que los fundadores procedentes de la ciudad de Síbaris (el epítome del lujo y el refinamiento del que ha perdurado el término sibarita) le otorgaron antes de convertirse en la Paestum romana. Con el paso de los siglos el lugar quedó convertido en un lodazal y sepultado bajo la vegetación, lo que paradójicamente pudo evitar su destrucción. De nuevo como en Pompeya, Carlos VII, es decir Carlos III de España, salió al rescate. Su orden de trazar una carretera recuperó muchos de los restos, pero no todos, porque, por ejemplo, parte del anfiteatro sigue bajo la vía. En el museo se puede admirar la tumba del nadador. Su singularidad radica en las pinturas que la decoran, de las pocas halladas en sepulturas coetáneas (del siglo VIII al V Antes de Cristo aproximadamente). La más conocida estaba destinada al techo y retrata a una persona que se zambulle en el agua. 
 
Hotel Villa Cimbrone, en Ravello. En su terraza del infinito salpicada de bustos de estilo clásico y jardines abiertos al público se obtienen algunas de las instantáneas más reproducidas de los itinerarios por Campania. La casa fue construida por una familia noble en el siglo XI. Tras cambiar de manos, entró a formar parte del monasterio de Santa Chiara. Ernet William Beckett la reformó ya en el siglo XX. Virginia y Leonard Woolf, EM Forster, John Maynard Keynes, DH Lawrence, Vita Sackville-West, Edward James, Diana Mosley, Henry Moore, T.S Eliot, Jean Piaget, Winston Churchill, los duques de Kent o la actriz Greta Garbo fueron algunos de sus ilustres visitantes. En la década de los sesenta la adquirió la familia Vuilleumier, que la transformó en hotel. El escritor Gore Vidal la definió como "el lugar más hermoso que he visto en mis viajes". 
 
 Hotel Villa Treville, Positano. En los años veinte perteneció al escritor ruso Mijail Semenov, antes de pasar a propiedad del director Franco Zeffirelli durante 35 años. En sus habitaciones se alojaron María Callas o Elizabeth Taylor. El complejo, que consta de cuatro construcciones con un total de 16 habitaciones, saltaba hace pocos años a las páginas de la prensa del corazón porque, al parecer, el actor Richard Gere y su actual esposa, Alejandra Silva, se conocieron en Positano cuando ella gestionaba el establecimiento con su anterior marido. 
 
 Hotel Convento Amalfi. Es un antiguo monasterio capuchino del siglo XVI, algunas de cuyas partes datan de 1212, que se encuentra a 400 metros del centro de la ciudad. Ya en 1826 se convirtió en hotel en los inicios del turismo, y en él se han hospedado Víctor Hugo, Joan Crawford, Elizabeth Taylor o Greta Garbo. 

 Hotel Excelsior Vittoria, Sorrento. Al parecer, en el subsuelo están los restos de una villa del emperador romano Augusto. Está en funcionamiento desde 1834 bajo la gestión de la familia Fiorentino. Richard Wagner, Oscar Wilde o el tenor Enrico Caruso disfrutaron de vistas que abarcan hasta la bahía de Nápoles y el volcán Vesubio.