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Txiribuelta: una forma distinta de habitar el mundo

El centro Txiribuelta, en Burlada, ofrece terapias de metodología Snozelen para personas con discapacidad. Elena Calleja, madre de Jaime, un joven con parálisis cerebral, cuenta cómo este enfoque ha mejorado sus vidas

Txiribuelta: una forma distinta de habitar el mundoIñaki Porto

Llegar a casa y darse una ducha, prender una vela, encender una luz tenue y, en la cama, disfrutar del tacto especialmente reconfortante de ese juego de sábanas. Son terapias camufladas en pequeños placeres cotidianos que, de manera sigilosa, consiguen bajar el ritmo, dejar a un lado la obsesión por la productividad y regular el estado emocional y neurológico. Muchas personas con discapacidad presentan alteraciones en habilidades cognitivas como la lectura o el habla, pero conservan la capacidad de experimentar, sentir y emocionarse.

Y eso es, precisamente, lo que Txiribuelta apuesta por trabajar. Como plantea la responsable de la microcooperativa, Marrubi Rodríguez, “no tendría sentido fijarnos en lo que falta en lugar de aprovechar lo que hay” y por eso, “nosotras apostamos por adaptar la terapia a su forma de estar en el mundo”.

Marrubi Rodríguez, Tiara Calahorrano, Garazi Itoiz y Arantxa Goñi.

Con el fin de desconectar “del pensar” y disfrutar “del sentir”, todos los elementos del centro, situado en Burlada, están elegidos al detalle. En suelos y paredes se proyectan fondos marinos, cielos o bosques. Una luz negra envuelve el ambiente de las salas, y la cama de agua se calienta, vibra y se recubre con una manta pesada que recuerda a un abrazo.

La mayoría del espacio está revestido de colchonetas –hay que entrar descalzo– y abundan los juguetes coloridos y luminosos y la música relajante. Nada de esto está allí por casualidad. Aunque estos espacios multisensoriales evocan un ambiente más propio de un cuento mágico que de una sala de terapia, en realidad, son muy beneficiosos para el bienestar emocional de las personas con discapacidad.

La metodología Snoezelen

Surgió en los años setenta, en los Países Bajos, y debe su nombre a dos palabras holandesas: snueffelen (oler) y doezelen (dormitar). Mediante el uso de luces, sonidos, aromas y texturas, la metodología Snoezelen “genera unas condiciones fisiológicas y neurológicas óptimas que, primero, regulan el estado emocional del usuario y después, permiten potenciar diferentes aspectos de su desarrollo”, explica Marrubi.

Tal y como aclara Garazi Itoiz, coordinadora de proyectos, “las sesiones no se eligen al azar, sino que están adaptadas a cada persona”. Las profesionales de Txiribuelta valoran el efecto que cada estímulo provoca –“algunas sirven para calmar, otras para activar, y otras para conectar”, detalla Garazi– y después se elabora un plan de intervención integral.

Además de en la neurociencia, el enfoque Snoezelen se sustenta sobre el pilar del humanismo; más concretamente, sobre la idea de que todas las personas tienen la capacidad de desarrollarse y el derecho de tener vidas plenas. “Quizás los padres de un hijo con discapacidad no puedan leer con él cuentos sobre el otoño o charlar acerca de la fecha en la que empieza esta estación”, menciona Marrubi, “pero sí pueden sentirla a su lado”.

Presentar a las familias esta forma de entender la discapacidad les permite, por ejemplo, salir a la calle a notar cómo empieza el frío, a oler el aroma de las hojas secas o a sentir su crujir; una forma “de sentir, de conectar y de vincularse desde lo que sí pueden hacer”, menciona la responsable.

Gestionar una adolescencia

Jaime es un joven de 17 años que padece parálisis cerebral desde que nació. En el momento del parto, una complicación le hizo permanecer alrededor de cinco minutos sin oxígeno y, en consecuencia, una parte de su cerebro quedó dañada. “Convivo con la condición de mi hijo desde que salí con él del hospital”, cuenta su madre, Elena Calleja. Cuando Jaime entró en la adolescencia, la situación se complicó para ambos.

“Me separé, nos cambiamos de piso y Jaime entró en una etapa muy difícil”, cuenta Elena. “Se autolesionaba, tenía mucha ansiedad, no dormía y se daba cabezazos con la pared a las tres de la mañana. A veces, quería incluso morderme”, relata.

La familia había conocido Txiribuelta cuando Jaime tenía 8 años y estudiaba en el centro de Educación Especial Andrés Muñoz Garde. “Hacían actividades los sábados, campamentos de verano, escapadas de fin de semana...”, recuerda la madre. Al desvincularse del colegio, la familia nunca llegó a perder del todo el contacto con Txiribuelta.

Tiara Calahorrano, otra de las coordinadoras de programas, había tratado con Jaime durante muchos años –”nos seguíamos llamando y contando qué tal estábamos”, revela Elena–, así que, cuando la situación se descontroló, volvieron a acudir a ella.

“Yo vine con un niño frustrado que pasaba, en cuestión de segundos, de la euforia a un llanto o un enfado que asustaban”, admite. Tres años después, y gracias a las sesiones que el proyecto Lo Soñado ha ofrecido a Jaime, Elena no solo ha aprendido a dulcificar el carácter de su hijo –que, “a pesar de que no habla, puede ser complicado”, aclara– o a respetar y escuchar sus tiempos, sino que también ha logrado gestionar su propia ansiedad.

“Cuando estamos aquí juntos, se genera una complicidad entre nosotros que no he visto en ninguna otra parte. Hemos aprendido a ayudarnos el uno al otro”, admite emocionada.

Una sociedad cruel

“He visto a padres apartar a sus hijos de Jaime como si la parálisis cerebral fuera contagiosa. Yo no me lo podía creer”, relata Elena. Madre e hijo han sufrido en multitud de ocasiones una grave carencia de empatía por parte de la sociedad. Aunque reconoce que se van dando “pequeños pasitos hacia la inclusión”, lo cierto es que, a sus 61 años, está convencida de que no será testigo de una sociedad totalmente igualitaria.

En cuanto al papel de las instituciones, Elena considera que la discapacidad “debería visibilizarse” y que “hay que facilitar el acceso a más ayudas, tanto para los usuarios como para sus familias”.

Por todo esto, la madre de Jaime insiste: “La discapacidad no siempre es algo con lo que se nace. Nadie está exento de, un día, sufrir un accidente y depender de una silla de ruedas. Contar con recursos como Txiribuelta, que garantizan calidad de vida para familias como la mía, debería estar siempre al alcance de todos”.