“Es imprescindible una visión confederal del Estado que dé encaje al hecho nacional vasco y catalán”

Carlos Garaikoetxea reclama pragmatismo para solucionar la crisis territorial, y defiende que “no se puede hacer un Estado simétrico con territorios que son diferentes”

07.02.2020 | 12:38
Carlos Garaikoetxea, afable y sonriente como siempre, durante la entrevista en su despacho de Pamplona.

Pide pragmatismo para solucionar la crisis territorial, y defiende que “no se puede hacer un Estado simétrico”.

Pamplona - Después de varios años sin apenas apariciones públicas "para no caer en el vicio de los ex", Carlos Garaikoetxea (Pamplona, 1938) vuelve a la primera línea de la política con motivo de la publicación del libro biográfico Carlos Garaikoetxea, lider bat lehendakari. Sin ETA, en medio de la eterna crisis territorial y con un cambio de Gobierno en Navarra que observa con especial esperanza, el lehendakari (1980-1985) y fundador de Eusko Alkartasuna recuerda los años de la Transición y repasa la situación política.

¿Ha cambiado mucho la política?

-Aquella era una época de ilusiones y de cambios trascendentales, y la política se vivía con más dosis de idealismo y de entusiasmo que de profesionalización. Éramos amateur, poco que ver con la burocratización de los políticos extraídos de los aparatos que hay ahora.

¿Y era más fácil pactar?

-Sí, porque los desafíos eran muy sugestivos. Había que pasar de una dictadura a un sistema de libertades. Eso objetivamente era un cambio trascendental que exigía un esfuerzo grande para que todo no se fuera al garete. El momento exigía equilibrio y la clarividencia suficiente para ver los objetivos porque la amenaza de una involución y la vuelta al franquismo era patente.

De ese contexto sale el actual marco institucional. La Constitución, el Estatuto de Gernika y, algo más tarde, el Amejoramiento. ¿Era lo máximo a lo que se podía aspirar?

-Conciliar el arrojo con el pragmatismo siempre es difícil. Para los abertzales el derecho de autodeterminación es una cuestión básica, pero había que optar entre hacer un brindis al sol o dar pasos eficaces con pragmatismo. Había que garantizar un grado de autogobierno que nos permitiera reconstruir el país, que estaba hecho unos zorros tanto en el orden cultural-lingüístico como en el económico. Y creo que se llegó al máximo. La prueba es que después nos dieron un golpe de Estado.

¿El golpe cambió España?

-El golpe no triunfó, pero los golpistas sí lograron algo. La prueba son los pactos autonómicos de Calvo Sotelo y el PSOE, que derivaron en la famosa LOAPA y en la proliferación de leyes básicas que buscaban armonizar por abajo a todas las autonomías.

¿El Concierto Económico fue el gran acierto de aquellos años?

-Sin duda. Para nosotros era una prioridad absoluta. Por la tradición y la conciencia de que era un derecho arrebatado por un decreto de guerra a Gipuzkoa y Bizkaia. Pero sobre todo porque nos permitía ocuparnos del pan nuestro de cada día en un momento en el que en algunas zonas había un paro del 30% y un expolio fiscal por parte del Estado. Quizá no tuviera la emoción política de otras reivindicaciones, pero sabíamos que sin un sustrato económico no había autogobierno posible. Fue el gran logro que tuvimos.

Pero se hizo sin Navarra.

-Sí, esa fue la gran pena.

¿Por qué se quedó fuera Navarra del estatuto a cuatro?

-No es fácil de explicar, supongo que todos cometimos errores. Había una mayoría política favorable, de 37-33 en el Parlamento foral, pero el contexto era complicado. La izquierda abertzale no se presentó a las elecciones de 1977, en las que se fijó el camino a recorrer. Y el PSOE, que firmó conmigo el Compromiso Autonómico, acabó desertando, por no decir una palabra más fea. Todo, unido a un resultado preponderante de la derecha en Navarra hizo que ese proyecto compartido colapsara.

¿Por qué nunca se llegó a activar la Transitoria Cuarta?

-Porque no se podían tomar decisiones precipitadas, sobre todo teniendo en cuenta que para entonces el PSOE estaba en ebullición, y no parecía muy propicio hacer ese ensayo sin que se consolidara su postura. Además, una incorporación de Navarra debía estar precedida de una negociación para determinar de qué forma y en qué grado se daba. Yo siempre tuve claro que debía ser a modo de confederación, manteniendo su soberanía propia y su personalidad histórica. Incluso planteé la Dieta Vasco-Navarra. Pero no fue posible.

¿40 años después se puede mantener todavía esa aspiración de unidad territorial?

-Claro que sí. Pero hace falta un enfoque menos visceral y más racional de las cosas, analizando las ventajas que podría derivar de esa acción conjunta entre dos territorios con una pujanza económica y social superior a la media que nos rodea. Algunos simplifican diciendo que Navarra sería una provincia más. Pues no. Siempre se ha planteado desde el reconocimiento del rango histórico de las instituciones navarras. Sería cuestión atractiva para negociar, la puerta sigue abierta.

Quizá por ello la derecha navarra insiste tanto en suprimir la Transitoria Cuarta de la Constitución.

-Es una grave incongruencia, porque Del Burgo como Aizpún votaron a favor. Así lo ha manifestado algún dirigente bien significativo. Se ve una cerrazón total que contrasta con una fórmula democrática razonable que negociaron sus líderes históricos,

¿Es una ironía de la vida que Jaime Ignacio del Burgo sea ahora ponente del nuevo estatuto vasco?

-Que tenga un papel tan pintoresco es sorprendente, desde luego. Pero no seré yo quien critique las decisiones que se adoptan en el Parlamento Vasco. Lo que no me parecería bien es que los dirigentes políticos delegaran su responsabilidad en el dictamen de media docena de expertos.

¿No le convence la fórmula acordada para reformar el Estatuto?

-Si lo que se busca es una recomendación, se puede entender. Ahora, si pretenden escaquearse de decisiones difíciles en las que el consenso es muy trabajoso, no me parecería bien. Debe ser un acuerdo político entre responsables políticos.

¿Y es factible un acuerdo amplio con la polarización política actual?

-Para eso tiene que haber un esfuerzo de aproximación de posturas. Esa es la gracia de la política, llegar a acuerdos difíciles. Pero no va a ser fácil, y unanimidad no va a haber, así que se deberán aplicar la regla de las mayorías, flexibilizando las posturas al máximo posible sin renunciar a la ideología de cada uno. Tendrán que llegar ahí o refugiarse en la melancolía de no haber sido capaces de tomar una decisión.

¿Es suficiente un acuerdo PNV-EH Bildu como para seguir adelante?

-Con todo el respeto a los actores actuales, sí creo que hay que hacer un esfuerzo de aproximación. En la historia del PSOE está el derecho de autodeterminación. La capacidad de acuerdo debería ser muy grande.

¿Ve posible un pacto de Gobierno entre PNV y EH Bildu?

-En EA siempre hemos propugnando esa aproximación entre fuerzas abertzales, con la condición, claro, de la apuesta por las vías pacificas. Es una cooperación que ya se da en lugares como Navarra, y es posible y deseable en el resto de Euskal Herria.

¿Hay solución para el problema territorial de España?

-Sí, pero pasa, se quiera o no, por el reconocimiento del hecho nacional vasco y catalán, y en menor medida del gallego. No se puede hacer un Estado simétrico con territorios que son diferentes. Hace falta una respuesta asimétrica que admita el sentimiento nacional, y que sea consecuente reconociendo el derecho a decidir de esos pueblos. Hasta entonces no estará resuelta la cuestión territorial en el Estado español.

No parece que el Estado esté muy por la labor.

-En Inglaterra se habla sin ningún problema de la nación galesa o de la nación escocesa, y aquí todavía se rasgan las vestiduras. Hay fórmulas, como la confederativa, en la que todos pueden en un momento coincidir. Es una solución que encaja bien en la propia historia de España. El histórico dirigente de ERC Heribert Barrera era partidario. Por ahí pueden ir los tiros, aunque no será fácilmente digerible desde el punto de vista español.

¿Cómo ha vivido todo el proceso soberanista catalán?

-Con esperanza y con tristeza a la vez. Ha habido momentos realmente emotivos. Pero también una secuencia de represión y judicialización de un problema político. La tradición jacobina y refractaria a reconocer los derechos nacionales es un problema arraigado desde hace tres siglos.

¿Hay salida al callejón en el que está la política catalana?

-Hay que dar una solución a los presos, y bajar el tono de la judicatura en cuestiones de rango político. A Compains también lo encarcelaron por proclamar la república catalana, y cuando hubo un cambio de Gobierno fue excarcelado. Hay referencias históricas que a veces inspiran lo que uno puede especular al respecto.

Precisamente, en medio de todo el conflicto catalán Euskadi ha visto el final de la violencia.

-Y ha sido es un gran alivio. La pena es que no fuera mucho antes. ETA malversó diversas negociaciones que incluso podían haber dado frutos de tipo político. La propia huella histórica de lo que fue ETA, que habría pasado a la historia como un grupo de resistencia si llega a parar al terminar el franquismo, ha acabado degradada por la socialización del sufrimiento y teorías parecidas que llevaron a los excesos consiguientes.

¿Cómo debemos gestionar como sociedad este final de ETA?

-Desde luego, sin recurrir a ETA a todas horas, como hacen las tesis más conservadoras españolas, que parecen disgustados por no tener ya ese mantra. Han llegado a decir que para qué sirve que desaparezca ETA si sus ideas persisten y están en las instituciones. Es una barbaridad. Y es lamentable que se quiera ensuciar ahora el nombre de partidos como EA, que durante más de 30 años ha abanderado la no violencia y ha tenido un papel determinante, como otros muchos, en el final de ETA.

¿Cómo valora la experiencia de EA en la coalición con EH Bildu?

-Siempre he defendido que debía ser muy patente la pluralidad de EH Bildu para que quede clara la amplitud de su espectro político y electoral. De manera que se vea perfectamente por su carácter y su organización, sin dar una visión reduccionista. Por eso sería muy saludable para la propia coalición un cierto golpe de timón en lo que es la presentación de la realidad plural de EH Bildu.

¿Cómo ve la Navarra del cambio?

-Muy esperanzadora. Se están desmintiendo muchos mitos y mensajes del régimen anterior. Y creo que habrá una mayoría social que permitirá que continúe. Porque después de treinta y tantos años, el cambio no se hace en cuatro días. También sería bueno encontrar en el Partido Socialista una cierta mirada retrospectiva a sus orígenes, a ver si puede contribuir a que el cambio pueda ser más amplio.

¿Se esperaba una oposición tan virulenta de la derecha navarra?

-Me da mucha pena el grado de radicalización en la que se encuentra. Es tremendo, sobre todo su aversión al euskera. Es algo increíble.

Y sin embargo, Navarra tiene hoy una presidenta euskaldun.

-Sí, y eso que uno había perdido casi la esperanza. En Navarra el euskera siempre ha sido algo transversal. Ahí está la Sociedad Euskara del siglo XIX, en la que había de todo. O los equipos de fútbol. No solo Osasuna, también el Azkarrena de Caparroso o el Azkoyen de Peralta. Hasta Amadeo Marco decía que 'Quien honra el euskera, honra a sus mayores'. Ya me hubiera gustado que algunos dirigentes que hemos tenido después se le parecieran un poco.

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