La palabra testamento debe entenderse en la película de Mona Fastvold (Oslo, 1981) en un sentido bíblico. Es decir, este testamento de Ann Lee se reclama como depósito de la palabra iluminada. Nada que ver con disponer de los bienes materiales de este mundo. De hecho, poca herencia cabría disputarse en un movimiento religioso que, en el momento de los hechos que aquí se narran, el siglo XVIII, contaba con 6.000 feligreses y que, en la actualidad, solo aporta dos parroquianos según se nos desvela al final de la película. Pero, ¿de verdad existen dos seguidores de Ann Lee? ¿Quiénes son esas dos almas cautivas?
Mona Fastvold no desvela ese secreto pero, quién sabe si se refiere a ella misma y a su compañero y coguionista, Brady Corbet. Recuerden que Corbet fue el director de The brutalist, un filme estremecedor y esotérico sobre el judaísmo en el corazón de la América protestante. En cualquier caso, no hay duda de que ambos (a)parecen insuflados de la misma emergencia por lo extraordinario.
Volvamos a Mona Fastvold (The Sleepwalker, 2014 y The World to Come, 2020) y a su tercera película. Su cámara, cargada con celuloide de 35mm., apunta al misterio de Ann Lee, a su magisterio, a su vía crucis y a su biopic. En definitiva, a una vida ¿ejemplar? que se escenifica con vibrantes relámpagos coreográficos y con muchos ensimismamientos espirituales que avanzan de cántico en cántico. Van de la oración a la angustia. Caminan de rezo en rezo. Todo esto confiere al relato una sensación evanescente, mística, arrebatada y sobre todo controvertida. Estamos ante un musical místico, una biografía en danza, las sombras de una mujer víctima de ser mujer en un mundo que asusta.
El testamento de Ann Lee (The Testament of Ann Lee )
Dirección: Mona Fastvold Guion: Mona Fastvold y Brady Corbet Intérpretes: Amanda Seyfried, Thomasin McKenzie, Lewis Pullman, Stacy Martin y Tim Blake Nelson País: Reino Unido. 2025 Duración: 136 minutos
Ante este testamento no se producen respuestas tibias. Lo que contiene toca algo íntimo que provoca la admiración y/o el rechazo. De lo que aquí se habla es del éxtasis.
Cuántos problemas ocasiona ese embeleso místico a los guardianes del poder. El Vaticano, por ejemplo, sabe muy bien lo difícil que resulta controlar a sus santos y santas cuando estos todavía viven y colean.
Ese algo especial, ese roce ascético del ser elegido, caracterizaba a la Madre Ann Lee y a su pertenencia a los shakers, una corriente emanada de los cuáqueros, creyentes fervorosos que, en sus ceremonias religiosas, se agitaban, o sea coleaban rítmicamente, en un estadio cercano al trance, a la alucinación y al augurio santo. Bajo convulsiones se abismaban en lo contemplativo. De hecho, la corriente, la secta, el club o como se quiera llamar a estos grupos de personas unidas por el mismo pálpito, negaban, entre sus creencias y prácticas, las relaciones sexuales incluso dentro del matrimonio; una pulsión suicida garantía de la extinción.
Lo que aquí se desentraña gira en torno a las claves, luces y dudas de Ann Lee, la cabeza visible de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo. El resultado, poseído por la firme dirección de Mona Fastvold, se sabe bizarro, delirante, singular. Como acontece en Los domingos, Fastvold deja que sea cada persona que se acerca a su filme quien asuma sus propias conclusiones y dudas. No juzga, no conduce, en todo caso describe y subraya. Eso no significa que su punto de vista se abrace a la ausencia de criterio. Muy por el contrario. Se nos dan las pautas de su posicionamiento y las consecuencias de una vivencia marcada por la disciplina, la violencia y el castigo. De hecho, en una equilibrada elipsis, vemos transformarse a la Ann Lee de la niña que fue, en la adulta proclamada madre de muchos, bajo idéntica sacudida rítmica, la flagelación y la ascética.
De convulsión en convulsión avanza una historia a la que su protagonista, Amanda Seyfried, le confiere una sensación de autenticidad. Su fragilidad y su entereza quiebran la pantalla para alumbrar el relato. Y como acontece en esas ocasiones especiales, con películas fuera de lo convencional, lo que nace como un retrato personal se convierte en un testimonio generacional. En Ann Lee se desvela la crónica de aquellos días que vieron nacer a los EEUU como país a costa de, siempre es así, negar los derechos a quienes deciden no seguir el camino establecido. Curiosa y bellísima lección, de ritmo irregular y con imágenes de alto impacto. Con ellas, la pareja Fastvold-Corbet, una sueca y un descendiente de Irlanda, nos da una sacudida sobre la religión y el poder, sobre la fe y sus extravagancias.