La actual coyuntura geopolítica sitúa a la Unión Europea en una encrucijada para su futuro industrial. La relación con China es ya un tablero donde la soberanía tecnológica y el capital extranjero exigen un complejo equilibrio. El bloque comunitario ha virado, como también lo ha hecho con más claridad Estados Unidos, hacia la protección de sus sectores estratégicos, impulsando restricciones a la tecnología china en redes de telecomunicaciones, computación, inteligencia artificial e incluso renovables. Se trata de garantizar que la base de la economía digital no quede supeditada a potencias con marcos regulatorios divergentes. Y supone también un modo de intentar proteger a empresas europeas, de fomentar, más allá de los aranceles, un Made in Europe que es necesario para salvaguardar el poder adquisitivo de los ciudadanos.

Este blindaje coexiste sin embargo, con una realidad ineludible: el interés de las corporaciones chinas por establecer centros de producción en suelo europeo, especialmente en el Estado español. Ante los nuevos aranceles, el capital asiático busca integrarse en la industria continental, sobre todo en el caso del vehículo eléctrico y las renovables. Inversiones que suponen una oportunidad clave para crear empleo de alta cualificación, no solo manufacturero, impulsar la innovación y mantener la salarios más que decentes. En aquellos países que además cuenten con energía barata, como la que pueden brindar las renovables, el beneficio es doble, algo que ya ha comenzado a generar recelos en Alemania, muy dependiente del gas, y en Francia, que trata de hacer pasar su nuclear por energía verde.

Para salir fortalecida, la Unión Europea debe mirar más allá de los intereses de cada Estado y cimentar su estrategia en un pragmatismo institucional firme. Se trata de captar capital, por supuesto, pero también conocimiento, repitiendo a la inversa, si es posible, el proceso que permitió a China despegar a comienzos de siglo. Asimismo, la entrada de inversión foránea ha de condicionarse a la transferencia de tecnología y la formación de alianzas con empresas locales. En todo caso, la única forma de no depender de la tecnología foránea es desarrollar la propia, algo que requiere de una inversión sin precedentes en I+D+i europeo y en la reindustrialización del continente. El verdadero liderazgo europeo en el siglo XXI consistirá en tener la madurez suficiente para proteger sus joyas tecnológicas mientras se utiliza el capital extranjero para fortalecer la propia maquinaria industrial.