Republicanismo

Endemia

17.10.2020 | 23:42
Santiago Cervera

El presidente Sánchez y sus ministros Illa y Duque han dicho en varias ocasiones que habrá una vacuna para el nuevo coronavirus en el mes de diciembre. Aún más, que los problemas sanitarios y económicos terminarán cuando la tengamos. Me gustaría saber qué informes tienen de la Agencia Española del Medicamento, y si son verbales o escritos. El político que confunde deseos con realidad es un personaje frecuente, casi tanto como el que engaña para mantener su perfil de autoridad en un huída constante. La vacuna se hará realidad dentro de unos meses, gracias al esfuerzo de empresas que arriesgan el dinero de sus accionistas para proporcionar un producto farmacéutico enormemente sofisticado, y que cuando exista la venderán a precio de commodity, aproximadamente lo que se paga hoy por una vacuna contra la gripe. Desde luego, no saldrá de un laboratorio público, ni éstos pueden desarrollarla con los 35 millones de euros que el Gobierno les ha transferido para tal finalidad. La investigación científica es esencialmente una labor colaborativa, en la que el conocimiento se publica y se comparte. Pero crear una vacuna no es arte de casualidad. Requiere la aplicación de ingentes cantidades de medios técnicos para las fases de descubrimiento, pruebas clínicas y producción, recursos que sólo están al alcance de organizaciones experimentadas en la labor, que atesoran saber hacer y que están lo bastante capitalizadas como para asumir el riesgo del empeño. Las vacunas actualmente en fase de desarrollo emplean tecnologías nuevas, algunas nunca utilizadas en personas. Por ejemplo, introducir en las células humanas parte del material genético del virus (el mRNA) para que se produzca internamente la proteína contra la que responderá el sistema inmunitario, generando así la protección. Además de resolutivo, este procedimiento permitiría fabricar la vacuna sin tener que hacer cultivos, de manera más industrial, en cantidades de miles de millones de dosis en poco tiempo. Todo este despliegue, histórico para la humanidad y no siempre bien apreciado, es de difícil comprensión en nuestro Gobierno, que sólo trabaja para ganar unos días más de beneplácito en la opinión pública. Si los arriba mentados creyeran de verdad que la vacuna estará disponible en apenas seis semanas, lo que deberían hacer es cerrar por completo el país, aguantar con los dientes apretados hasta disponer de la inmunización, y en enero ponerse a reconstruirlo todo. Pero ellos saben que lo que han dicho es alpiste para el pajarito encerrado por el que nos toman.

Tercera ola. La primera fue la más dramática, y la segunda, la del verano y sus postrimerías, la que se pudo evitar si se hubiera aprovechado el tiempo de confinamiento de la precedente. Sin concluir una llegamos a la siguiente. La que tenemos por delante estará condicionada por la estacionalidad y el mayor uso de los espacios interiores. Vamos camino de convertir el problema del coronavirus en una endemia, una situación permanente en nuestro país y que durará años. Nos conduce a ello una plétora de realidades que parece increíble que las estemos viviendo a estas alturas del drama. Políticos cuya prioridad actual consiste en controlar los órganos jurisdiccionales, en una trastornada percepción de qué es lo importante. Falta de autoridad sanitaria de alto nivel, la que se sustenta en la coherencia y el análisis ayuno de oportunismos. Incapacidad para la coordinación funcional y el liderazgo que nos lleve a algún punto. Mezquindades por doquier, personajes de cuarta que se hombrean en medio de la hecatombe. Sindicalistas apesebrados que no sólo no han corrido a ponerse la bata blanca y echar una mano, sino que insultan al ciudadano que les paga amenazado con una huelga en medio de la crisis. Y para coronarlo, tenemos incluso un Simón al mando que presenta signos preocupantes de desequilibrio mental. Aquí se dijo en primer lugar, perdón por la autocita, y esta semana pasada lo argumentaba parte de la prensa europea: vamos camino de ser un estado fallido. Necesitamos un punto al que agarrarnos. También lo dije, y siempre es oportuno recordarlo, más en la víspera de decisiones que serán difíciles de asimilar: hay que fiarse de quienes gestionan y componen nuestra sanidad más cercana. Representan la principal fortaleza que nos queda. Hay que darles beneplácito político, dotarles de todos los medios que requieran, y confiar en su labor. Lo contrario nos conduciría al caos.

El político que confunde deseos con realidad es un personaje frecuente, casi tanto como el que engaña para mantener su autoridad

Si el Gobierno creyera de verdad que la vacuna estará disponible en seis semanas, lo que debería hacer es cerrar por completo el país