“Un jesuita me empezó a tocar, huí de allí y al volverme a ver me dio una paliza”

Un exalumno de los 70 extiende las sospechas de abusos a otros dos religiosos

10.02.2020 | 01:56
Colegio San Ignacio de los jesuitas de Pamplona.

Un exalumno de los 70 extiende las sospechas de abusos en el colegio pamplonés a otros dos religiosos

pamplona - Suma y sigue, esta vez en Jesuitas. Un nuevo exalumno de este colegio de Pamplona, que estudió en el centro "nueve largos y duros años", aproximadamente desde el año 66 hasta el 75, desde los 7 hasta los 16 años, confirma la impunidad y el poder plenipotenciario del que gozaban los religiosos en aquel tiempo y ofrece su testimonio en el que habla a dos presuntos abusadores, los hermanos Jesús Moles Susín y Castillo, que ya habían sido señalados como sospechosos por la primera persona que denunció haber sufrido abusos sexuales en el centro de los Jesuitas en 1965, así como apareció publicado en este periódico el pasado 14 de abril.

Xabier (nombre ficticio) fue la primera víctima que dio el paso de denunciar ante Policía Foral la conducta abusiva del padre Ignacio Ruiz de Gauna Barrueta, causa que el juzgado archivó por el fallecimiento del responsable del delito en 2013, en Bilbao. El sacerdote que, en palabras de su Compañía, está siendo investigado por testimonios similares, ya cuenta con seis denuncias en tres centros diferentes (Pamplona, Tudela e Indautxu). Tras participar en un programa de televisión sobre esta lacra hace unos años, este denunciante recibió una llamada del rector del colegio de Jesuitas de Pamplona, para conocer qué quería y qué le había pasado. En aquella conversación, el rector, según consta en la denuncia, le trasladó a este exalumno sus sospechas sobre otros dos hermanos, Moles y Castillo, que podían haber cometido abusos en aquella época.

Ahora, un nuevo exestudiante de Jesuitas de Pamplona ratifica la reputación que precedía a los dos sacerdotes, que trataron de agredirle sexualmente durante su paso por el centro. El primer incidente lo protagonizó el hermano Moles, profesor de Dibujo Técnico, cuando un día pidió al alumno que se presentara en su celda ya que le quería enseñar un nuevo compás que le acababa de llegar. "Subí al finalizar las clases y me encontré a Moles con otro alumno, al que no reconocí, en la habitación. Nos hizo sentarnos en el camastro y él se sentó entre los dos. Nos empezó a acariciar subiendo de las rodillas y fue ahí cuándo pegué un salto. Entonces me dijo que no pasaba nada, que me calmara y que tenía unas chocolatinas para mí. En cuanto se dio la vuelta, aproveché para salir corriendo. Abrí la puerta y me marché sin mirar atrás. A los dos días teníamos clase con él y, nada más llegar, se acercó a mí y me soltó un bofetón que me tiró del pupitre, me echó de clase y me dijo que me presentara al Prefecto de Estudios". Consciente de que aquello fue un castigo por haberlo rechazado de alguna manera, el exalumno cuenta que el resto de la clase no se cuestionó el móvil de ese acto porque "no había justicia o injusticia, sino lo que los curas dijeran".

El segundo episodio implica al hermano Castillo, quien regentaba la tienda del colegio en la que vendía desde bolígrafos hasta el equipamiento deportivo. "Teníamos que comprar un rotulador especial, más caro, para la asignatura de Trabajos Manuales. Cuando fui a la tienda, Castillo cogió mi dinero, pero me dijo que se habían agotado y que a última hora tendría el rotulador en su celda. Evidentemente, después de la experiencia que había tenido con Moles, y de sospechar también de la conducta de Castillo, no pensaba pasar por su habitación. Al día siguiente volví a la tienda para recoger el rotulador y me dijo que no. Le pedí el dinero y tampoco me lo devolvió. Les conté a mis padres lo que estaba sucediendo y, al día siguiente, mi padre me mandó al colegio con una nota dirigida al Prefecto de Estudios, Delfín María Arambarri, en la que pedía que escuchara lo que yo tenía que decirle. El Prefecto me citó en su despacho, en el que también se encontraba Castillo, y los dos juntos me metieron un palizón tremendo. Los dos como posesos".

De los dos episodios que sufrió, y viéndolo con la perspectiva que ofrecen los años, este exalumno se quedó con la impunidad patente y el clima de autoridad y violencia que se respiraba en "el infierno de los Jesuitas". Asimismo, asegura que él no fue la única víctima de la conducta abusiva de estos dos religiosos y anima a quienes tuvieran vivencias similares a sacarlas a la luz y así apoyar a quienes ya lo han hecho.