Carrusel de emociones

El coronavirus es una enfermedad que, cuando entra en tu cuerpo, pone tu realidad del revés y te enseña todos tus miedos

08.05.2020 | 09:24
Las únicas vistas a la calle que tuve durante un mes

PAMPLONA. "Me pica la garganta, creo que me estoy cogiendo algo, pero no es síntoma de Coronavirus, que ya lo he mirado". Esa fue mi frase a una compañera el pasado 18 de marzo. Lo que no sabía en ese momento es que esa iba a ser mi última jornada laboral en unas largas semanas.

La garganta no solo era síntoma, sino que era el inicio de todo. El coronavirus había llegado a mi vida y lo iba a hacer como un tsunami que arrasa hasta el último hábito de tu rutina. En unas horas pasas de estar preocupado por la reforma de El Sadar, el estado de tal o cual jugador a dejarlo completamente de lado. Esa misma tarde llegaron otros síntomas, como la tos y la fiebre. Y el miedo. Opté por la opción optimista. "A lo mejor es un simple catarro o una gripe", pero intenté aislarme de mi familia y del mundo en mi habitación. No quería que nadie notase nada, algo complicado si ese día es el de tu cumpleaños. Tus amigos te hacen una felicitación original y tú intentas agradecérselo, porque te ha encantado, pero a la vez tienes tanto miedo que los que mejor te conocen, lo notan. Se lo cuentas, pero siempre con un "bah, no creo que sea nada", pero en el fondo lo crees.

La primera llamada, al día siguiente, es directamente al teléfono del Covid. Es 19 de marzo y el ambulatorio está cerrado y tú necesitas respuestas. Por supuesto, la que te dan no es la que quieres oír. Una sanitaria encantadora y super empática te hace un pequeño test telefónico. "Aún tienes los síntomas iniciales, habrá que esperar pero todo indica que tienes coronavirus". Puñetazo en el hígado.

Miras la puerta cerrada de la habitación y piensas que esas van a ser tus vistas los próximas días. Lo primero que se te viene a la cabeza es la incertidumbre. "¿Cómo evolucionará esto?". De (de)formación profesional, lo primero que haces es buscar información. Todavía no se conoce mucho de la enfermedad y todo lo que saltan son noticias nefastas. Sí, también de gente cercana a tu edad. El agobio es real.
Van pasando las horas y encuentras el que va a ser tu compañero de viaje durante bastantes jornadas: Ibai Llanos. Sus vídeos en internet te hacen reír y, por fin, desconectar un rato del mundo exterior. Ahí no lo sabes, pero el estado anímico ayuda, y mucho.

NO CONTAGIAR Pasa el primer día, los dolores de espalda y en las costillas son importantes, parece que Mike Tyson ha aparecido por tu habitación y te ha dado una paliza. En medio de la nebulosa aparece una preocupación que tardará en desaparecer. "¿Habré contagiado a alguien?". Especialmente a mis padres o hermano, con lo que convivo. Por alguna razón desconocida desarrollas un instinto especial para discernir toses al otro lado de tu puerta. Llega el segundo día y tienes la primera charla con tu enfermera (gracias, Zuriñe). La sanitaria se encuentra con un tipo al que tiene que explicar todo el protocolo que tiene que hacer y, además, intentar que no se venga abajo mentalmente. A mí me animó muchísimo ya que antes era un manojo de nervios.

Por desgracia, dos noches después comienzas a notar agitada la casa, muchas visitas al baño y, aunque te lo tratan de ocultar, descubres que tu hermano se ha contagiado. Te cabreas. Te cabreas contigo, además, y eso que ni sabes si se lo has contagiado tú.

Van pasando los días. No te encuentras peor, que eso es lo importante. La fiebre no sube y respiras normal. De repente un día te levantas fresco y no empapado en sudor como venía siendo habitual. Te tomas la temperatura y lo confirmas, no hay fiebre. Lo gritas, pero básicamente para informar a los de fuera. Escribes a una amiga que también lo ha pasado y te contesta con alegría pero te deja una frase. "Bienvenido al carrusel de emociones". En ese momento no lo entiendes, estás crecido.

Poco vas a tardar en bajar al mundo. Comes pero pasa algo. No te sabe a nada. Tampoco hueles nada. Tu enfermera, de nuevo, te calma. "Es normal", pero notas su alivio cuando le dices lo de la fiebre. Te habrá visto dos veces en su vida, pero notas que su alegría es totalmente real.

Te vas animando y, con ello, retomas el contacto social (virtual). Comienzan las vídeo llamadas con amigos, en grupo e individuales. Chute de ánimo. Otra vez arriba. Y rápidamente toca la bajada. Ahora aparece otro síntoma: problemas estomacales. "Dieta blanda", te dice Zuriñe después de calmarte por decimonovena vez, como mínimo.

Te llegan informaciones de fuera de tu habitación. A tu hermano le ha dado más fuerte que a ti, pero como es una bestia, remonta a la velocidad de vértigo. Sigues viendo vídeos de Ibai cuando, una tarde, ya pasado diez días desde que empezaste, notas algo, huele a algo. Seguramente al décimo bizcocho artesanal que hace tu madre para intentar animaros. Es de chocolate. Espera, "¿cómo detectó yo eso?", pienso. "A ver si me ha vuelto el olfato". Pido un plátano y se confirma: han vuelto gusto y olfato. Parezco el Chimy Ávila celebrando su gol contra el Villarreal. Patadas y puñetazos al aire por toda la habitación.

Sigues sin energía, pero a los quince días un médico te hace la primera llamada que no es de tu enfermera. Te dice que la mejoría es clara, que puedes salir de la habitación, pero que para pisar la calle te quedan, como mínimo, otros quince días. Casi ni te importa. Le preguntas si te van a hacer algún test y te dicen que ya hablaréis "mas adelante".

Cuando sales te enteras que tu padre solo se comunicaba contigo por el móvil porque también se lo ha cogido, pero muy levemente y pronto está con todos. Así pues, la única que lo ha esquivado ha sido mi madre, que en casa ya sabíamos que era una superheroína pero esto lo confirma. Ella ha estado cuidando a los tres, mientras tenía que dormir en el salón ya que todas las habitaciones estaban ocupadas por un enfermo.

Todo va volviendo a su ser, vas recuperando energía y sabes que eres un afortunado porque hay gente pasándolo mucho peor o a los que el bicho se los ha llevado. Le prometes a tu madre que jamás vas a volver a decir "qué ganas tengo de tener tiempo para no hacer nada". El virus ya no está en tu cuerpo pero te das cuenta de que el carrusel de emociones ahora ya forma parte de todo el mundo.

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