alerta sanitaria

Expertos en nuevas normalidades

31.05.2020 | 00:38
Sarai Pérez Aquerreta (Venezuela, 46 años).

Cinco testimonios de personas extranjeras asentadas en Navarra demuestran la gran capacidad de adaptación que tenemos ante los cambios. Ocurre aquí y en medio mundo

El mar Caribe quiere asomarse a los ojos de Sarai cuando recuerda sus viejas rutinas. Tariq parece sacado de una película de espías de la industria del cine pakistaní. Atlético, pero elegante. J.R. se mueve rápido y escucha más de lo que habla. Elisabeth posa para la foto con los nervios de una adolescente y Om Hossam reza para que todos estén sanos y a salvo.

Fue el pasado 28 de abril cuando escuchamos por primera vez hablar de la nueva normalidad que viviremos cuando finalicen las cuatro fases de la desescalada. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, fue el primero que puso nombre a lo que vendrá: "nueva normalidad". Roza el oxímoron, tranquilizador e inquietante al mismo tiempo. De lo que no parece haber dudas es de que se avecinan cambios y tendremos que aceptarlos y adaptarnos. Y los cambios a veces generan estrés, miedo y frustración. Un proceso que conocen bien las personas que han migrado a otros países, más aún, cuando su decisión es obligada, otro oxímoron que a menudo marca el inicio de sus nuevas normalidades.

La Asociación Sei en Navarra lleva 20 años acogiendo y acompañando a menores y familias en su adaptación a un nuevo entorno, a unas nuevas circunstancias. Vanesa Goñi Oroz es técnica de intervención familiar: "Los cambios no son fáciles y quizá ahí esté la clave de la desescalada: que va a ser un proceso compartido y comprendido. Debemos tomar conciencia. Las madres y padres que han pasado por este tipo de procesos saben muy bien qué significa adaptarse a nuevas formas de relacionarse, de convivir. El miedo a no tener trabajo, a perderlo. Todo lo que rodea al individuo cambia y tienen que hacer un duelo por las pérdidas a la vez que siguen adaptándose a una nueva realidad".

Sarai Pérez Aquerreta (Venezuela, 46 años) ha vuelto sobre los pasos de su abuelo Daniel, un pamplonés que emigró a Venezuela durante la Guerra Civil. Un viaje que nunca estuvo en los planes de ninguno de los dos.

Sarai ha trabajado durante 23 años en atención familiar y como psicóloga forense. Es licenciada por la Universidad Central de Venezuela y las palabras se le amontonan en la boca a gran velocidad. Es una mujer de acción, muy dulce, aunque también es capaz de hablar con la contundencia de un general. Vivía en Caracas con su marido y sus tres hijos. Era feliz. "Vivíamos en un apartamento con grandes ventanales y vistas al Parque Nacional El Ávila. Nunca quise migrar, ni siquiera en los momentos más difíciles, yo amaba mi profesión y creía en mi país".

Pero la hasta entonces normalidad de Sarai saltaría por los aires en 2019. "Trabajaba en la Fiscalía Criminal Contra la Vulneración de los Derechos Humanos, estaba en un caso delicado, y la cosa se puso fea. Trataron de presionarme y eso me puso en alerta. Empecé a estar angustiada y a temer que le pasara algo a mi familia". Sigue pudiendo mirarse a la cara cada mañana.

En ese momento de incertidumbre, el 7 de marzo de 2019, se produjo el primer apagón eléctrico general en Venezuela, y ante la escalada de violencia en las calles, Sarai y su familia iniciaron un confinamiento voluntario. "Los últimos dos años en Venezuela fueron de angustia permanente. A menudo no había luz, ni agua, ni dinero y era todo muy complejo por lo que optamos por salir de casa lo justo y necesario. Un día comenzó un tiroteo muy cerca y cuando vi la cara de miedo de mis hijos decidí que merecían vivir en paz. Agarré todo lo que pude haber ahorrado y en mayo de 2019 vinimos a España".

Antes se despidió del mar Caribe, su refugio en los días de tormenta laboral. Todavía se le pone un nudo en la garganta al recordarlo: "Era el lugar en el que me sentía segura y cuando podía iba a limpiarme". Es algo que todavía no ha encontrado aquí.

Al llegar a España les acogió un hermano al que no veía hacía 20 años. "Hablábamos por WhatsApp, nos mandábamos los típicos vídeos de los sobrinos y demás, pero de ahí a convivir hay mucha diferencia y eso generó un choque importante. Aquello nos descolocó a todos. Además, al mes, vino el que era mi marido y padre de mi hijo menor, con quien arrastraba una ligera crisis de pareja, y que esa extraña convivencia agudizó. Así que comenzó el duelo, dentro del duelo y dentro del duelo". Sonríe de nuevo por defecto profesional.

A Sarai esta cuarentena le ha hecho revivir lo ocurrido en Venezuela antes de venir. "No lo estamos viviendo como un duelo, sino como una resignificación de nuestras libertades. Yo intento explicarles a mis hijas que por mucho que nos desagrade la situación, tenemos que aceptarla. Es importante saber aceptar las circunstancias, fijarte en lo que tienes y no centrarte tanto en lo que has perdido. Ahí está la fortaleza. Por lo menos tienes un vecino, tienes una casa. Pero también es importante que nos demos permiso para estar mal y sentir el encierro. Aburrirse de vez en cuando también es necesario". Las piedras del mar Caribe que se trajo de su último paseo junto a una talla de Simón Bolívar y la bandera de Venezuela son también parte de su terapia personal. Estos días trabaja en una tintorería de su nueva ciudad y estudia en la UNED para que le convaliden unos estudios que ya cursó en su antigua ciudad.

Un viaje emocional

J.R. (Ecuador, 40 años) también tuvo que mudar de normalidad por miedo. Guarda el anonimato porque es solicitante de asilo. Procede de Otavalo, una de las regiones más turísticas del país, muy próxima a la Cordillera de los Andes, y hoy vive en una ciudad que hasta hace dos años no sabía situar en un mapa. Llegó a España en 2018 con su mujer y su hija menor de 16 años. La otra, de 22, vive en Estados Unidos.

Su casa huele a café. Tiene la capacidad de trasladarle a su antigua normalidad. Siempre ha trabajado en la hostelería y en 2013, con la ayuda de una ONG, montó una cafetería especializada dirigida a turistas europeos y norteamericanos. "En aquellos años el café era todavía un gran desconocido porque allí la bebida con más arraigo es la chicha, una bebida indígena. Fue un negocio novedoso que terminó cosechando gran aceptación y hubo alguna empresa grande que quiso transformarla en franquicia. Pero no estábamos preparados para dar ese paso. En Ecuador no es fácil estar económicamente bien. Los salarios medios no dan para la cesta básica, pero conseguimos salvar la brecha y nos permitió tener autonomía".

Pero el prometedor plan de J.R. también terminaría patas arriba cuando en 2014 un problema familiar salpicado con intereses políticos les obligó a hacer las maletas. "Pasamos cuatro años de proceso judicial, de mucha tensión y miedo, y vinimos a Europa en busca de calma, en busca de la tranquilidad y la seguridad que habíamos perdido". Sueña con volver a abrir su cafetería a miles de kilómetros de donde la cerró.

Hoy incluso se reconoce en nuestras ciudades. "Aquí me di cuenta de la colonización. Era la primera vez que salía de mi país, tenía mi ciudad muy arraigada en mi y el cambio fue duro. Pero aquí he encontrado muchas similitudes arquitectónicas con las de mi ciudad natal: en las edificaciones, plazas y calles. Puede parecer que no es importante, pero nos ha ayudado mucho a familiarizarnos".

J.R. es un hombre enérgico y cariñoso. Estos días reparte comida a domicilio y le cuesta mantener las distancias. El inicio de esta pandemia sanitaria les ha pillado de lleno en plena fase de adaptación a un nuevo entorno. "El confinamiento nos ha privado de salir a pasear por la ciudad, por sus preciosos parques, que era nuestra actividad preferida, pero no nos ha golpeado tan fuerte como pensaba y de pronto se ha fortalecido el vínculo familiar. Ahora nos fijamos más en lo que podíamos hacer durante la anterior normalidad y no hacíamos. Creo que todos vamos a aprender mucho porque estas circunstancias ablandan el carácter de las personas".

Nacidas para la resiliencia

Om Hossam (Argelia, 45 años) es una mujer que lleva más de 12 años adaptándose de manera camaleónica a multitud de nuevas normalidades. Oculta su verdadero nombre por otros motivos. Llegó a España en 2008 cuando al menor de sus cuatro hijos, de cuatro años, le diagnosticaron una enfermedad hepática para la que no había tratamiento en su país. "Cuando los médicos me dijeron que no podían hacer nada y que en Europa le podían curar, vinimos a España. La idea era volver después, pero tuvieron que trasplantarle el hígado, no reaccionó bien y estuvo más de dos años con ingresos frecuentes".

Durante esa nueva normalidad llegaron muchas otras y la casa de su hermano se trasladó de Madrid a Pamplona. Om Hossam y su hijo también. Pero en 2011, cuando su hermano se quedó sin trabajo y se mudó a Francia, comenzaron una peregrinación por diferentes habitaciones que nunca le permitieron conciliar un profundo sueño. "En un año estuvimos en cuatro pisos diferentes. Yo estaba lejos de mi familia, sin disfrutar de la vida, de mis hijos y enfermé de tristeza". Om Hossam resistió erguida frente a todo.

En 2016 su marido murió repentinamente y tres años después, en 2019, trajo a otros dos hijos de 16 y 17 años. El mayor, que ahora tiene 23, sigue todavía en Argelia. "Al principio no sabía por donde empezar, me parecía imposible, hoy todavía me lo parece, pero seguí y seguí, y al final lo conseguimos. La vida siempre cambia y hay que adaptarse continuamente. Ahora estoy mejor porque me he acostumbrado a vivir aquí y conozco mejor las costumbres. Lo importante es tener buena salud y aguantar porque esto también pasará". Es una mujer con una fe inquebrantable que acaba de renovar sus votos con el ramadán, otro ejercicio de resistencia. El corán fue su único equipaje y hoy, después de todo, dice no temer al coronavirus: "Cumplimos las normas y lo demás no está en nuestras manos. Hay cosas que podemos enfrentar, pero otras no. Yo le pido a Alá que ponga a gente buena en mi camino".

Tariq Mahmood (Pakistán, 39 años) sabe muy bien lo difícil que es no pensar demasiado en sus antiguas normalidades perdidas. Llegó a España en 2007 procedente del Punjab pakistaní cuando tenía 26 años. "Vine con un contrato de trabajo en la construcción y trabajaba todas las horas que podía para no darle demasiadas vueltas a la cabeza. Estuve una temporada sin trabajo y lo pasé muy mal, me sentía como en una cárcel". Su mirada parece seguir buscando en horizontes lejanos. También ha cumplido con el ramadán.

Tariq está casado y tiene cuatro hijos: tres varones de 17, 16 y 14 años y una hija de 4 meses que nació en Pamplona el 15 de diciembre de 2019. "Ahora es mi hijo mayor el que dice sentirse en una cárcel durante el confinamiento. Estudia en el instituto y hacía muchas actividades por las tardes que ahora no puede hacer. Yo le digo que estamos mejor en casa que en el hospital". Su forma de hablar tiene algo hipnótico.

Tariq sabe que ha tenido suerte en la vida. Él, a diferencia de muchos niños y niñas de Pakistán, pudo ir primero al colegio y después a la universidad. "Mi padre tenía un pequeño negocio de material de construcción, pero tuve que dejar de estudiar en tercero de carrera para ayudarle. Me dio muchísima pena, pero necesitábamos comer. Allí los niños tienen que empezar a trabajar con diez, once o doce años. Si tienes más de tres hijos es imposible que estudien".

Tariq también ha encontrado motivos para ser optimista. "Estoy vivo y no tenemos problemas de salud. Aquí he encontrado a personas muy buenas. Hay una señora mayor, de la edad que tenía mi madre, que al llegar me ayudó con los trámites de extranjería. Incluso me invitó a comer a su casa con sus hijos y todo". Se detiene para respirar hondo. "Pero cuando le conté que mis padres habían fallecido, mi madre en octubre de 2019 y mi padre en enero de este año, y me contestó que podía contar con ella siempre que lo necesitara, para mi fue lo más grande. Me ha ayudado mucho, pero cuando me dijo eso, fue muy importante para mi. Es una red de seguridad y eso nos da mucha tranquilidad".

Comprometidas en seguir siendo esenciales

Elizabeth Cabrera (Bolivia, 39 años) ya vivía su particular confinamiento antes de que empezara la pandemia del coronavirus. Ella es hoy la red de seguridad de un matrimonio de 75 años y sus dos cocker spaniel de los que cuida a tiempo completo desde que se decretara el confinamiento inicial. Es la única que sale de la vivienda. Para ir a comprar y pasear a Hiru y Bat. Es interna en un chalet con jardín a las afueras de Pamplona. En su anterior normalidad su trabajo empezaba el domingo a las 20:30 y terminaba el sábado a las 16:30. Su salario es de 1.147 euros. Las 28 horas restantes, las pasaba junto a sus dos sobrinos de 3 y 7 años, mientras su cuñada y compañera de piso, trabajaba en una tienda de alimentación. Lleva 14 años viviendo en España.

Vino sola cuando estaba a punto de cumplir 25 años con un título en Grado Superior como Administrativa en los bolsillos y las mejillas enrojecidas de tanto llorar. Dejaba atrás a su única hija de dos años. "Yo era la penúltima de cinco hermanos y no pude ir a la universidad. Allí si no trabajas en empresas importantes no puedes tener un seguro médico y el resto de salarios sólo dan para sobrevivir. Era cuando todavía no existían las videollamadas", bromea con una sonrisa fugitiva perceptible al otro lado del teléfono.

La niña que dejó se había convertido en una mujer. Después de 14 años separadas, en 2019, logró reunir el dinero suficiente para traerla a "un futuro mejor". Ahora viven en la misma localidad, pero han vuelto a estar a la misma distancia que antes: la pantalla del teléfono móvil. "Empezó a estudiar en el instituto y durante unos meses vino a mi trabajo y comíamos juntas. Pero cuando comenzó el confinamiento tuvo que dejar de venir. Las personas que cuido son población de riesgo y hay que echar una mano. Al final, mi vida no ha cambiado tanto, ya estaba acostumbrada a no salir". El pasado 9 de abril su hija cumplió 17 años.

Elisabeth nació en Santa Cruz de la Sierra, en la parte más oriental de Bolivia, y se reconoce más con el carácter extrovertido del sur de España. "Una de las cosas que me chocó al llegar a Navarra fue la seriedad de la gente. En mi tierra somos muy expresivos y sociables, hay otras claves, y aquí se guardan más las distancias entre los amigos. Tuve algún malentendido. Este proceso me ha hecho más independiente. El respeto y la educación han sido siempre mis mejores armas y eso me ha permitido adaptarme más rápido. Intento ser positiva y trato de pensar que las cosas pasarán". Elisabeth siempre ha sido esencial, pero hoy es más consciente que nunca y está convencida de que también saldrán de esta.