La leyenda Van der Poel
El neerlandés, intratable, alcanza en Hulst su octavo Mundial de ciclocross, más que ninguno en la historia
Para enmarcar la historia, el hito y la consecución de un logro extraordinario, no una hipérbole ni una exageración en los tiempos que todo parece inolvidable, el circuito del Mundial de ciclocross, situó a su dios, Mathieu van der Poel, en una escenografía que sublimaba la belleza.
Un homenaje para el emperador, para la exaltación de un ciclista sin parangón. El más grande de todos los tiempos. Pionero. Ocho veces campeón del Mundo. Lo nunca visto. La octava maravilla.
Hulst se convirtió en un lugar para siempre en la memoria colectiva de los alfareros del barro. Antes lo fueron Tábor (2015), Bogense (2019), Dübendorf (2020), Ostende (2021), Hoogerheide (2023), Tábor (2024) y Liévin (2025). En todos los lugares encontró Van der Poel el arcoíris. Su hogar.
En su casa, ante los feligreses que le veneran, Van der Poel se elevó más allá del séptimo cielo. Atravesó otra dimensión. Derribó un registro que parecía inalcanzable hasta que él irrumpió.
Celebró Van der Poel su octava conquista mundialista rompiendo el aire con un puñetazo feliz y enérgico de autoridad. Le esperaba la posteridad. Un cañón de confeti y alegría anunció su gesta. Una Epifanía.
El neerlandés ha ganado todas las carreras del curso y suma 24ª sin el sabor a hiel. Nada humano puede con Van der Poel, un ciclista extraordinario. Conquistó el neerlandés su octavo Mundial de ciclocross con otra exhibición de costumbrismo. Él, el asombro, después la nada y más atrás, Tibor del Grosso, plata, y Tibau Nys, bronce.
"Es increíble conseguir el octavo título aquí, en casa. Sabía que la presión era alta, pero las piernas han respondido desde la primera vuelta. Superar un récord que ha durado tantas décadas es algo que todavía no puedo procesar del todo. El ambiente en Hulst ha sido espectacular y ganar así, con este apoyo, es la mejor recompensa al trabajo de toda la temporada”, analizó el ocho veces campeón mundial.
El más laureado
El oro unge y pertenece en exclusiva a Van der Poel, un ciclista capaz de alzarse sobre el icónico Eric de Vlaeminck, que fue el hombre que encontró oro en el barro en la década de los 70. Medio siglo después de aquello, de sus siete Mundiales, Van der Poel quebró la igualada. Nadie como él. El único. Ocho veces Van der Poel.
El trazado, apelmazado por la lluvia, enroscaba un canal apacible. El epicentro del ciclocross lucía un aspecto bucólico, enraizado un molino de viento que, embelesado ante la escultórica figura de Van der Poel, giraba majestuosidad en sus aspas y arrullaba al público, entregado a su héroe, a su Prometeo. Al hombre que vino del futuro.
Van der Poel, el elegido, se regaló su octavo arcoíris con una actuación soberbia. Disparado de principio a fin. Aplastante su superioridad. Suyo fue el planteamiento, el nudo y el desenlace.
Octava sinfonía la suya en el Mundial, otra exhibición para romper el empate con Eric de Vlaeminck. Van der Poel es único, un ciclista de culto.
Un minotauro, mitad bestia, mitad humano que encontró la salida de un laberinto de 3,3 kilómetros por vuelta que modificó su diseño para añadir varios pontones que permitían atravesar en varias ocasiones sobre el canal en Hulst. En el instante en que se abrieron las compuertas, una cascada de potencia empujo a Van der Poel hacia la eternidad.
Dominio aplastante
Abanderado del ciclismo neerlandés, embajador de sí mismo, solo Tibor del Grosso y su fulgurante salida estuvieron por delante durante unos fotogramas. Un truco de ilusionismo y reprís. Del Grosso fijó la primera huella. Después, Van der Poel fue Atila.
Un ciclista a borbotones. Rápido y furioso. En estampida. Embestía el futuro el neerlandés con voracidad. Arrasando cada recoveco. Detrás del humo de sus pisadas, esfumados, Thibau Nys y Del Grosos se enlazaron en el pulso por el podio.
Van der Poel, el monarca del lodo, era un alma libre que tenía asignado el maillot de campeón del Mundo, con el tallaje de su corpachón de boxeador. Suyos son los pilares de la tierra. Abrillantó sus piernas de oro con el lodo de la mística de la especialidad.
Forjado por el material del que están hechos los sueños, el neerlandés un virtuoso de arcilla, es un guerrero de terracota. A diferencia del ejército de Xian, Van der Poel lucha en soledad contra la historia. No necesita más apoyo que el de una bici.
Poseedor de una fuerza sobrehumana, es capaz de derrotar a los mejores guerreros del barro. Su maillot orange, prensado sobre su musculatura hercúlea, era la bandera del campeón que no cede. Van der Poel de principio a fin, desde el amanecer hasta el ocaso.
Detrás de él, de su espalda de boxeador, de su brutalismo, la nada y la frustración. Catedralicio, inabarcable en su majestuosidad, en Van der Poel se mezclaron todos los colores, a modo de las vidrieras que iluminan los templos que elevan el espíritu.
Agarró el Mundial por la solapa desde la salida y apagó cualquier chispa de emoción para incendiar la historia. Por octava vez subido al arcoíris. La leyenda Van der Poel.
