Tras décadas sobreviviendo a una identidad que no le pertenecía, soportando el rechazo –por todas aquellas veces que lo tomaron por loco, intentaron desacreditarlo o lo tildaron de “desagradecido”– y atravesando, como él mismo resume, “mucha mierda”, Olmo Gómez Aldaz –físico de 54 años residente en Valladolid– celebra por fin una victoria. Pequeña, que le permitirá descansar durante un tiempo, pero también agridulce. En mayo de 2025, la Audiencia Provincial de Navarra ratificó, por primera vez en el Estado, una sentencia con la que se reconocía el derecho de una persona adoptada a ser identificada de forma legal por su filiación biológica. De esta forma, se establece que la identidad de origen prevalece sobre la construcción legal derivada de la adopción. Y, así, se pone fin al itinerario vital y judicial de Santiago González Rueda, un niño traficado que, 53 años después, ha confirmado su historia.
La resolución confirma un fallo previo del Juzgado de Primera Instancia nº 9 de Pamplona, que en noviembre de 2024 declaró, a la luz de las pruebas de ADN –pese a la oposición expresa de su padre biológico–, que era hijo biológico de José Ramón Gómez, hijo a su vez de un reputado coronel franquista, destinado, en 1965, a la Fiscalía de Pamplona, y de Micaela Aldaz, que tuvo a Olmo con 21 años, meses antes de casarse con el padre y de tener otra hija. Asimismo, el juzgado dictó un auto por el que se declaraba incompetente para decidir si declaraba o no nula la adopción. En cualquier caso, el tribunal entiende que la adopción, formalizada en Bilbao en 1972, fue irregular y que la identidad biológica prevalece sobre la identidad impuesta por la adopción. De esta forma, la ruta que soportó hasta llegar a esta “victoria” –que espera que funcione como estandarte para otros niños adoptados de forma irregular– no fue sencilla. Incluso, pese a tener una infancia “normal” que comenzó con el pie torcido.
Hacer el “papelón de hijo”
Los primeros años de Olmo
Nació el 25 de julio en la Clínica Alameda de Bilbao y, dos días después, lo entregan a Antonio González y María Rosa Rueda, una familia de clase media acomodada que, durante mucho tiempo, buscaron ser padres. Sin embargo, no actuaron, como él dice, “de muy buena fe” porque le hicieron “desaparecer durante nueve meses” hasta que formalizaron la escritura de la adopción con la que se encubrió el tráfico del bebé. Desde que era pequeño, sabía que había sido adoptado –aunque no era lo que se estilaba durante la época– tanto él como las dos niñas que llegaron después. Le trataron “muy bien en cuanto a recursos. También fui un niño hiperprotegido, sufrí bullying. Después, nos mudamos a León y tuve que vivir como los curas del colegio de Maristas abusaban de mis compañeros. Y creo que ahí comenzó un poco mi despertar. Con 14 años, entré en un instituto público y las cosas empezaron a cambiar”, cuenta. Y, en el fondo, ellos hicieron “lo que en su torpeza supieron hacer” y lo cuidaron como pudieron: “Yo les hice el papelón de hijo hasta que revolví y empecé a querer saber más sobre mis orígenes”. De pronto, el niño “tonto” con meningitis pasó a ser un “desagradecido” que no tenía “ni el derecho ni la posibilidad” de conocer qué había pasado con sus padres biológicos.
Ser un "desagradecido"
Encontrar a su familia biológica
Por eso, cuando comenzó a indagar, a pesar de las críticas –y de que ese rechazo le llevara a tener que estar psiquiatrizado después de pasar por una depresión muy profunda que se prolongó años–, Gómez sintió una mezcla entre curiosidad y pánico y no fue hasta los 39 años cuando dio el paso. El verano de 2010, descubrió Gotas de lluvia, un blog donde la gente buscaba a sus hijos o sus padres. “Yo buscaba a mi madre porque tenía la esperanza de que no me hubiera querido entregar”, confiesa. Mientras trataba de encontrar algo, tenía que asumir que aquellas personas a las que había llamado papá y mamá durante años eran quienes habían traficado conmigo”, reconoce. Y, de pronto, una mujer de Pamplona le escribió diciendo que podrían ser hermanos. Decidieron hacerse la prueba sin grandes expectativas –sopesaba que había entre un 15 y un 20% de posibilidades– y resultó que existía un 99% de probabilidad de que fueran hermanos de padre y madre. “Me sentí en una explosión. Sales de la realidad y entras en una vorágine. Hay una hermana que me estaba buscando, mi madre está muerta –tenía anorexia nerviosa, padece higienismo y falleció de inanición–, pero todavía queda mi padre vivo. Y es una alegría”, relata. De esta manera, comenzó el reencuentro “perfecto” y conoció a toda la familia procedente de navarra.
Sin embargo, su hermana no le abría la puerta a su familia materna. Y se cerró en banda hasta que conoció un lado “más oscuro. Se montó una guerra alrededor de mí y los vínculos se deterioraron”. Pero él pudo escuchar a su tía contar anécdotas de cómo era su madre, Micaela Aldaz, y la parte de la historia con la que cerraba su caso. Ella quedó embarazada de José Ramón Gómez, antes de haberse casado. Él le dijo que el bebé no podía nacer, por lo que llevó a la joven a una clínica para abortar de manera clandestina. “Pero ella se negó a abortar y la llevaron hasta la residencia de Mercedes de Gras –una mujer que puso en marcha una red de pisos en Bilbao donde las embarazadas pasaban su periodo de gestación con cierta discreción y que se encargaba de entregar los bebés a las familias traficantes–. Volvieron a encontrarse al tiempo de que yo naciera, se casaron y, al año siguiente, nació mi hermana”, cuenta.
Una victoria agridulce
Sentencia pionera en el Estado
Más allá de haber entramado, por fin, su historia vital, Olmo necesitaba acreditar esa vinculación que empieza a tener con su familia biológica. Por eso, trató de ir a la policía una –dio media vuelta–, dos –llevó la chuleta para saber qué decir– y tres veces para denunciar que habían traficado con él cuando era un recién nacido. Pero el juzgado archivó la causa al entender prescritos los posibles delitos de detención ilegal, suposición de parto y falsedad documental. Y, como se había cerrado la vía penal, tuvieron que ir por lo civil y solicitar la anulación de la adopción y la nulidad de la filiación biológica. Fue un éxito, pero recurrió su padre aquella sentencia porque “se había querido autoconvencer de que mi madre escoge que se deshicieran de mí. Pero no hay indicios de ello”, dice. Y horas antes de que se hiciera firme la sentencia, en junio de 2025, después de que se hubiera recurrido, falleció José Ramón sin saber que, finalmente, se había reconocido que Olmo era su hijo y que podía llevar su apellido. “Fue muy agridulce porque había conseguido que se aceptara mi identidad biológica, pero ya no tenía ni a mi padre ni a mi madre”, admite. Se trata de una sentencia pionera e innovadora tanto a nivel nacional como internacional, ya que, hasta el momento en el que se dictaminó el fallo, no se habían producido otros casos anteriores de niños –traficados o robados– a los que hayan podido reconocer su doble filiación biológica.
Recuperar su identidad
Ejecución de la sentencia
Pese a la resolución, el fallo no se ejecutó hasta el 13 de enero de 2026, cuando Olmo, por fin, pudo cambiarse de nombre en los documentos oficiales. De Santiago González Rueda a Santiago (Olmo) Gómez Aldaz. “Por fin tengo la sensación de que las cosas empiezan a ir a mi favor. Cuando ganas, todos te dejan de mirar como si fueras un raro”. Sin embargo, esta pequeña victoria también ha dejado muchos estragos, como no tener pulso por los nervios, el estrés postraumático o todas aquellas lágrimas por “querer estar muerto”. Con todo, también queda la esperanza de que todo cuanto ha ocurrido con él pueda servir para otros casos. Y que la sociedad cambie la forma de concebir a las personas que, de niños, fueron robados o traficados. “Todo mejorará cuando dejen de hacernos sentir despreciados y hostigados. Porque me parece aberrante y fascista que los traficantes tengan el poder de hacerse pasar por buenos”, vitupera. En cualquier caso, no quiere que los adoptantes se sientan “amenazados”, sino que sean conscientes de que lo único que “nos salva es el amor. Nada nos va a alejar de ellos si hay cariño”, concluye. Así, entre toda la mierda, queda una certeza: la de un hombre que, tras más de cinco décadas, ha escrito el nombre que le pertenecía.