Bob Dylan planta sus raíces de icono musical en Azkena Rock Festival el sábado 26 de junio
En esta jornada le acompañarán Bad Religion y AudienceLos vitorianos Bronze y los neoyorquinos Hold Steady se unen a la jornada del jueves entre las novedades
Vitoria. Bob Dylan vuelve. Porque, ¿recuerdan?, ya estuvo por aquí. Cuando el Buesa Arena respondía al nombre de Betoño. Tras sus dos disparos recientes -y es que estuvo entre Pat Garrett y Billy the Kid- en Donosti y Oviedo (Premio Príncipe de Asturias), Robert Allen Zimmerman acierta de pleno en el cartel de Azkena Rock Festival, colándose como guinda en la última jornada, la del sábado 26.
¿Su fugaz paso por las carteleras fue un aviso? Hace unas semanas pudimos verle en pantalla grande, interpretado por un crisol de actores -y actriz- en su biopic I"m not there. Pero esta vez sí estará aquí, en Vitoria, con una sola cara, como cumbre de la novena edición de un Azkena Rock Festival que cuenta con DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA como medio oficial.
Llegará con una sola cara. Pero es que Dylan tiene muchas, tantas como las múltiples facetas que ha desarrollado a lo largo de su carrera este músico que renovó la canción popular norteamericana -y universal- con una prosa tan íntima como social, con una música tan tradicional como moderna. Porque Bob es muchos Dylan. O viceversa.
Like A Rolling Stone, Knockin" On Heaven"s Door, Blowin" In The Wind, Hurricane... Da vértigo seleccionar unos temas del repetorio de uno de los personajes más influyentes del siglo XX. No es un comentario gratuito. Lo dijo la revista Time. Y Francia lo invistió Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. Y tiene un Pulitzer honorario. Y es eterno candidato al Nobel...
Y es que Dylan es música. Y casi más palabra. Bailó las que componen su nombre para homenajear a Dylan Thomas y puso a bailar también a la generación de los 60. Sobre todo a sus neuronas, que recibieron como suyas, como reflejo de sus pensamientos, letras con mensaje, con pensamientos filosóficos convertidos en poéticas melodías. Melodías de contracultura donde folk, country, blues, gospel, rockabilly, raíces británicas, jazz y swing conforman un todo que Dylan sirve con su peculiar estilo, con esa voz aguda y áspera que se cuela en el imaginario musical, en cada generación, década tras década. Y, en su caso, éstas caen como las tarjetas de Subterranen Homesick Blues -ese singular videoclip, cuando apenas había videoclips-, a punto de entrar en la séptima decena.
Músico, cantante, poeta, actor, pintor... Miles de personas confluyeron en su recital, a la orilla donostiarra, en julio de 2006, junto a Mikel Laboa y Macaco. Y miles abarrotarán Mendizabala el 26 de junio para gozar de esa llama del rock que Bob Dylan aviva cada día en su corazón y en el de sus millones de seguidores, en continuo desafío contra la norma establecida. Medio siglo -musical- ejerciendo de Bob Dylan.
Medio siglo de experiencia que confluirá el sábado en Azkena Rock Festival, en una jornada que cuenta con otra novedad sonora, aunque eclipsada, claro, por su vecino de cartel. Bad Religion -que ya pasó por el festival en 2005- atraca de nuevo en el monte de la tortilla con su hardcore melódico de siempre, matasellado en los 80 y regenerado con el paso de los años. 2010 es el que da salida a su nuevo disco, que presentarán en el ARF con su enérgica actitud punk-rock, curtida en la meca californiana del género.
Hay otras tres incorporaciones al macrofestival, aunque la lista no se cierra y apunta a jueves y sábado como días más pendientes de novedades. El nuevo trío que se añade a la nómina del encuentro primigenio -y más mimado- de la empresa Last Tour International lo abren los gernikarras Audience, que llegarán también a Gasteiz en la última jornada, con su álbum A Shake In Calm Water bajo el brazo.
Las otras dos novedades se incluyen en la jornada inicial, el jueves 24. Se trata de The Hold Steady, un cuarteto neoyorquino con cuatro discos de estudio a sus espaldas (el quinto se publicará en mayo) y con influencias que van desde el punk-rock hasta el hip-hop pasando por el folk; y los vitorianos Bronze, habituales de la escena local. ¡Pero nunca de un escenario como éste! Enhorabuena.
Muchos de estos músicos rezan ya por ver a Bob Dylan. No por verle sobre las tablas -eso es seguro-, sino por cruzarse con él en el backstage, aunque sea por un segundo, y poder decir que vieron a la estrella de la música del siglo XX. La segunda, si hacemos caso a la revista Rolling Stone, que lo colocó en el pedestal de plata detrás de unos desconocidos: The Beatles.
Unos desconocidos que también en los 60 levaban anclas, justo cuando Zimmerman se rebautizaba Dylan y empezaba su idilio con la música. En 1962, ya sumadas sus primeras críticas favorables, entra en el estudio para grabar su primer -y homónimo- disco, del que vendió sólo 5.000 copias en el primer año. Músicos como Johnny Cash salieron en su defensa en ese momento, porque sabían que ahí se escondían algo más que ventas.
Impregnadas de lucha social, sus canciones se adhieren de forma indeleble a luchas coyunturales, desde las reivindicaciones contra el racismo hasta la concienciación antinuclear, desde el movimiento anti-Vietnam hasta la defensa de los derechos civiles. Su voz comienza a convertirse en sinónimo de coherencia y rebeldía, en reflejo de los débiles, en referencia social que no huye de humor e ironía, que comienza a ganar decibelios para reflejar la rabia emocional.
La música folk se teñía de rock, para impactar con más fuerza en las mentes desde eléctricos riffs inolvidables que le ganaban los primeros detractores entre los puristas de las raíces. Pero Dylan no hacía sino alimentar esas raíces con nuevos sustratos, añadir fuerza a su voz con todo el abanico de instrumentos que ha ido añadiendo a su versátil figura, desde la armónica hasta el piano, desde la guitarra al bajo, siempre amigos de voz y palabra.
El accidente con su Tryumph 500, el rechazo a tomar parte en Woodstock, el tributo reivindicativo a Huracán Carter, la participación en la despedida de The Band -rodada por un Scorsese que le revisitó en solitario en el documental No direction home (2005)-, su reconversión cristiana -tocó para el Papa Juan Pablo II en 1997-... son sólo algunos de los hitos que demuestran la vigencia perpetua de su figura en el devenir de los tiempos, culminada con un Oscar para esa versión 2.0 que es Things have changed, incluida en la banda sonora de la película Jóvenes prodigiosos.
Christian Bale, Cate Blanchett, Richard Gere, Heath Ledger y Ben Whishaw le interpretaron en el singular biopic I`m not there. Pero quizás Marcus Carl Franklin, el niño negro que asume el sexto rol de Dylan, sea el que mejor defina su música, siempre pegada a la tierra, al blues, al country, al folk, a su adorado Woody Guthrie. A una base que no puede -ni debe- sustraerse al paso del tiempo, y que ha evolucionado hasta el Bob Dylan que es. La suma de todos los que fue.
El de Minnesota se convierte, quizás, en la estrella entre estrellas de todo el currículum que atesora Azkena Rock Festival. Y es mucho decir entre los dos centenares largos de proyectos musicales que han pasado por Gasteiz. La venta de entradas para este año hablará dentro de poco de esta realidad, porque a partir de ahora el repunte es más que seguro. Para los interesados en reservar su cita con este novena edición del festival, el bono de tres días se sitúa actualmente en 90 euros, y los tickets de día van desde los 35 euros del jueves 24 hasta los 48 de viernes y sábado. Más el pequeño pico de los gastos de distribución, en todos los casos.
Las inclusiones de Bob Dylan y Bad Religion decidirán muchas visitas a Mendizabala, aunque todavía quedan bandas pendientes por aparecer en un ARF que se ha sacado un ganador as de la manga para el tapete estival -muy verde- de junio. Desde Betoño hasta Mendizabala, Bob Dylan visita por segunda vez la capital alavesa. Una puerta del cielo se abre, sin siquiera haber llamado, para muchos aficionados a la música. Porque alguien que ha escrito en sus mejores renglones estará en Vitoria.