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El compromiso social de las sinfónicas. “Es un premio que me llamen provocador, me interesa dividir al público”

El alemán Volker Lösch abrió las jornadas del Gayarre con una ponencia en la que repasó muchas de las 80 obras que han llevado a la ciudadanía a tomar los teatros

El compromiso social de las sinfónicas. “Es un premio que me llamen provocador, me interesa dividir al público”

pamplona - En 2002, Lösch, que llevaba dirigiendo teatro desde 1995, entró en crisis. “Siempre había hecho teatro político, pero vi que ya no tenía apenas contacto con la vida real y social, que me encontraba en un bucle de discurso artístico, como un director en una torre de marfil”, contó ayer en la primera charla de las Jornadas dedicadas a El creador como impulsor del cambio. Su motivación permanecía intacta, “seguía queriendo cambiar el mundo”, pero ya no sabía cómo, y “decidí que tenía que traer lo externo al interior del teatro”. En 2003 estrenó La Orestiada con un coro de 30 personas de las que 20 eran ciudadanos de Dresde que hablaban de sus ilusiones y esperanzas rotas tras la reunificación y su falta de confianza en la democracia que les habían prometido. “La obra irradió una energía tal que contagió al patio de butacas y a toda la ciudad”, explicó Lösch, que desde entonces ha protagonizado un punto de inflexión en el teatro alemán, montando espectáculos con madres solteras, mujeres violadas, exreclusos, inmigrantes, parados... Su uso de la figura griega del coro es emblemático y por sus creaciones han pasado toda clase de colectivos, excepto los nazis, “a esos no los quiero sobre un escenario”. Todo, para crear el “teatro ciudadano del futuro”.

Su teatro es profundamente político, de algún modo ha arrebatado el monopolio de la política a los partidos y se la ha devuelto a la gente.

-Eso es lo que ha ocurrido, aunque no estaba planificado.

¿Ha sido difícil que el pueblo tome ese ofrecimiento y se implique?

-Más bien es al contrario. La gente está encantada de participar en estas obras. Ahí, claro, también entra en juego a nuestro favor el exhibicionismo generalizado que rige en nuestra sociedad en general. La verdad es que nunca he tenido problemas para encontrar a gente.

¿Cómo es el sistema de trabajo que sigue: cómo elige los temas y cómo elige a la gente?

-Lo que más me interesa es la ciudad, lo municipal, así que elegimos el tema en función del lugar en el que vamos a trabajar, teniendo en cuenta lo que está candente en ese momento. Y luego se escoge el grupo social en función de lo que ese segmento tiene que decir sobre ese asunto. Hay temas que sobrepasan las fronteras de la región, como puede ser el de las madres solteras, y luego hay otros más específicos, como el de las mujeres turcas en Stuttgart. Son nacidas en Alemania, pero las siguen tratando como turcas.

Hay que reconocer a estos actores aficionados un valor especial, porque se van a exponer ante sus vecinos y no tiene que ser fácil.

-Depende de la temática. Cuando se habla de la pobreza o del paro, las personas que participan se sienten liberadas expresando ese dolor en directo. Pero, por ejemplo, en el caso de las mujeres turcas, que en muchos casos habían sido violadas, expresar ese dolor en público es durísimo, en parte también por sus maridos. Nosotros sabíamos que en una de las funciones iban a estar entre el público y estuvimos pensando si la hacíamos o no; ellas decidieron que sí, que iban a participar a pesar de ello, y la tensión era evidente. Al final, los maridos se sintieron muy bien, pero por el éxito que tuvo la obra, se sintieron muy orgullosos.

Ellas se arriesgaron mucho.

-Sí, pero en todo momento intentamos esconder las situaciones personales dentro del texto. Por ejemplo, el fragmento en el que una de ellas contaba cómo su marido había reaccionado ante la violación lo recitaban entre cuatro al unísono, de modo que no se sabía muy bien de qué marido estaban hablando. Aunque el marido en cuestión sí lo sabía, claro.

Estamos acostumbrados a ir al teatro a sentarnos en una butaca y a que nos cuenten algo que nos distraiga para irnos tranquilamente a casa. Usted ha roto eso.

-No, no, no lo he roto, eso también está. No hay que olvidar que tiene que haber un factor de entretenimiento. Ya lo decía Brecht, “primero el entretenimiento y luego la moral”. Así que, para empezar, las obras deben ser buen teatro, divertidas y entretenidas, porque es lo que te permite vender contenidos que son más difíciles.

Claro, pero muchas veces decimos que el teatro es reflejo de la realidad, y Volker Lösch lo que ha hecho ha sido llevar la realidad directamente al escenario.

-En realidad, esta forma de trabajar fue una reacción a una crisis personal. Yo siempre había trabajado en torno a la realidad, pero en un momento dado me di cuenta de que mi trabajo ya no tenía nada que ver con la realidad. Hay otros directores totalmente diferentes que creen que ya tienen bastante realidad en casa y que cuando dirigen lo que quieren es mostrar una realidad imaginaria o inventada. No es mi caso.

¿Sintió que el teatro alemán necesitaba sacudirse?

-En realidad el teatro alemán no me importa nada de nada. Yo tenía una crisis personal y me importaba mi teatro. Y como respuesta a esa crisis encontré esta forma de trabajar.

El público es fundamental en sus representaciones.

-En el teatro cada función es diferente sobre todo porque la composición del público es distinta cada vez. De repente un día el público está muerto de risa, otro día, sin embargo, alguien te grita, que eso en Alemania es muy extraño; incluso a la hora de aplaudir notas la diferencia entre un día y otro. De todos modos, hay un tema que me preocupa, y es que aunque haya variedad de públicos, siempre es elitista. Y me gustaría atraer a otro tipo de gente al teatro, a gente a la que le dan un poco de miedo esos edificios antiguos que imponen tanto y que desconoce que su vida y sus problemas se están tratando dentro. Me preocupa saber cómo atraer a esos espectadores.

¿Tiene alguna idea al respecto?

-Quizá faltan más directoras y directores que traten temas sociales, porque si se hace solo un montaje social, no vamos a ninguna parte. A mí muchas veces me contratan para hacer una producción gigantesca y muy provocadora, pero es una, y, además, en otras salas del mismo teatro se están poniendo a la vez otras obras, a veces tonterías. Hacen falta más obras sociales y políticas, pero, sobre todo, hace falta devolver a los teatros su papel central en la ciudad. Porque normalmente están en el centro, pero no tienen un papel central. En realidad, los teatros tendrían que ser como las ágoras, una plaza pública donde se reunía todo el mundo -también las mujeres, claro, que entonces eran excluídas- y se debatía. Eso tendría que ser hoy el teatro. Igual vas al bar del teatro a discutir sobre algo y te metes a ver una función. Un punto de reunión central.

¿Qué opina cuando le llaman provocador o le critican ferozmente?

-Me parece un premio, una distinción. Lo que me interesa es dividir al público. Lo peor que le puede pasar a una de mis funciones es que tenga un rechazo total o una aceptación total. Me encantaría que al acabar hubiera abucheos y aplausos por igual.

¿En el fondo su teatro duele porque nos muestra aspectos de la realidad que solemos esconder?

-Duele porque la vida duele. Todos sabemos que la vida no es un lecho de rosas y este teatro trata de mostrarla con sus luces y sus sombras. No se trata de ideologizar el teatro, sino de mostrar la sociedad y de generar, así, una reflexión sobre ella.

Normalmente usa como vehículo textos de grandes clásicos (Sófocles, Shakespeare, Goethe, Camus...)

-Son grandes y son clásicos porque tienen una fuerza representativa enorme; incluyen todos los grandes temas que nos mueven y nos impulsan. Por ejemplo, uno de los grandes temas actuales es la victoria del capitalismo. Todos sabemos que el capitalismo no funciona, pero seguimos participando. Te preguntas cómo va a sobrevivir el planeta sabiendo que si permanecemos sin hacer nada no lo hará. Estamos todos en la misma rueda. Y se trata de buscar una alternativa global, pero desde lo local. Se puede actuar a nivel local para ver si podemos girar el timón al menos en lo pequeño.

Este gran proyecto se inició a raíz de una crisis personal, ¿qué ha aprendido en estos años?

-He aprendido que todo es posible si uno se lo propone. Las resistencias que encontré al principio parecían insalvables. Rechazo de la crítica, de la prensa, de los directores de los teatros... Parecía imposible llegar a esto, y, sin embargo, no sé cómo, pero funciona (sonríe).

Estas jornadas giran en torno a una premisa: el creador como impulsor del cambio. ¿Puede la cultura cambiar las cosas?

-No sé si puede, pero lo tiene que intentar. Hay momentos decisivos de la historia, como por ejemplo la caída del muro de Berlín, en los que el arte tuvo algo que ver. Los artistas fueron multiplicadores del efecto de una forma impresionante. Fíjate lo que ha pasado en Francia con Charlie Hebdo, o con Leo Van Gogh, que también fue asesinado. Pertenece al mundo del arte tener un efecto sobre la sociedad, y eso es algo que no debemos olvidar. Volviendo al teatro, puede proporcionar a la ciudadanía un lugar donde expresar su incomodidad con la política. Cuando en una obra se muestra una situación con todas sus contradicciones y crudeza, eso puede provocar que después la gente salga a la calle y se manifieste por ese tema o inicie movimientos para intentar cambiar eso con lo que no está conforme. Y en Europa tenemos cien mil situaciones que no están en su sitio.