Música

Espectacular

09.02.2020 | 15:26

Banda de música La Pamplonesa

Sarah Willis, Nury Guarnaschelli, Patxi Tardío, Alberto Chacobo, trompas. Bogdan Bacanu, marimba. Vicent Egea, dirección. Programa: "Centennial Overture" de Egea. Concierto para cuatro trompas y banda de Amando Blanquer /adapt. V. Vallés. Concierto para marimba y banda de Keiko Abe. Metamorfosis sobre un tema de Tchaikosky de Johan de Meij. Programación: Festival Ifob. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 13-6-19. Público: casi lleno (10 euros con rebajas).

La Pamplonesa se lució ante sus invitados. Entre el público mucha gente joven perteneciente a diversas bandas que actúan en el festival. Y en los atriles, -algunos electrónicos- un programa francamente espectacular, de esos que exaltan los ánimos, te levantan de la butaca, y crean una reacción parecida a la de los multitudinarios conciertos de rock. Pero, también, mucha música. Las obras llevaron al extremo el virtuosismo tanto en solistas como en el tutti de la banda; pero con un sentido coherente, y al servicio de narraciones muy apropiadas para el orgánico de la formación, a la que se saca brillo a raudales. El titular Egea, desde su posición de anfitrión musical, está llevando el ingente compromiso de oídos expertos, desde su sólida preparación como director y como compositor. Con su gesto austero y sin divismos, dirige las comprometidas partituras -algunas con el compositor en la sala-; pero es francamente motivo de orgullo y prestigio para todos, que, el titular de la Pamplonesa, presente sus composiciones, codeándose con el resto de compositores, y demostrando el conocimiento absoluto del "instrumento-banda". Así comenzó la velada que nos ocupa, con la Obertura del Centenario, obra encargo de la banda a su director para la efeméride. Una partitura que, efectivamente, a modo de obertura de ópera -que enseña los temas de toda la obra-, repasa la "vida" de la Pamplonesa: jubilosa fanfarria de apertura; suave nocturnidad entreverada de las dianas en el oboe; citas puntuales a los bailes de la calle, y al repertorio; y final explosivo. El Concierto para 4 trompas de Blanquer es algo muy original. Al principio, predomina el sonido un tanto homófono de los cuatro solistas, bello y redondo, claro, pero no muy definido. La cosa cambia en el segundo movimiento: sobresale la excelente solista Willis, sobre las otras tres trompas que tejen una lanuda trama, contrastada por la flauta y su timbre agudo; para desembocar en el rondó final: una verdadera delicia que nos sitúa en toda la tradición de las trompas de caza. Blanquer da con un tema tan poderoso, que la sucesiva repetición en las cuatro trompas, amplía los horizontes del cálido instrumento. Magnífica la dirección de Egea al servicio de los solistas. De propina -solo el cuarteto y una leve percusión-, el Quiéreme mucho de Gonzalo Roig, con unos matices en "piano" francamente amorosos.

La segunda parte de la velada es difícil de relatar si no se está presente, porque el extraordinario solista de marimba B. Bacanu, -y luego los titulares de láminas de la banda, que tampoco se quedaron atrás-, fueron todo un espectáculo; y sobre todo, hay que vivir, in situ, la apoteosis final. La obra de Keiko Abe para marimba y banda, tiene una estructura muy fácil de entender: los temas que expone la banda con rotundidad, son adornados por el solista con un virtuosismo infinito, pero sin perder la melodía o la línea de fraseo. Muy importante el impecable ajuste de la banda con el solista, ya que había que caer milimétrica y continuamente, en el mismo compás.

Johan de Meij -presente en la sala-, es otro de esos compositores que utiliza la banda magistralmente a su antojo, tanto si habla de Beethoven, como de Tcahikosky. Su Metamorfosis sobre el compositor ruso es una preciosa y espectacular estampida de los temas de sus obras. Reconocemos las pinceladas sinfónicas que asoman, o su guerrera obertura, pero lo importante es el logro de la tímbrica y la grandiosidad de Tchaikosky a través de una composición moderna; y de su íntima melancolía, porque el comienzo en saxos y fagotes, es de recordar. Ovación estruendosa.