Rosa Montero en Pamplona Negra: "La muerte es una estafa"

La escritora madrileña compartió ayer un diálogo con Susana Rodríguez ante el público de Pamplona Negra, en la que volverá a participar esta tarde

15.01.2020 | 08:01
Rosa Montero, reflejada en uno de los cristales de la fachadade Baluarte.

PAMPLONA. – Una novela de ciencia ficción, negra, psicológica, existencialista, política y de amor. Así de poliédrica es Los tiempos del odio, y en conjunto toda la serie que ha dado vida a Bruna Husky, la carismática rep de combate que es el personaje más querido de Rosa Montero. Un alter ego con el que comparte muchas cosas, entre ellas su rabia hacia la inevitabilidad de la muerte, y que tendrá, al menos, una historia más.

¿Habrá más Husky después de Los tiempos del odio?

–Nunca me lo he planteado como una trilogía o una tetralogía, lo que quería era regalarme un mundo con personajes estables que pudiera ir desarrollando y visitando cuando me diera la gana. Recuerdo que, en una entrevista, la Rowling decía que cuando terminó Harry Potter se pasó un año en la cama con una depresión. Claro, es que ser exiliada de ese mundo tan poderoso y perderlo tiene que ser desgarrador. Y tener un mundo propio es una maravilla. Total, que en mi caso, cada una de las tres novelas se pueden leer solas, aunque si se leen seguidas se ve el desarrollo del personaje y del mundo, y no sé cuántas más haré, porque soy mayor (ríe), pero, si no me muero, por lo menos habrá una más. En Los tiempos del odio dejo al personaje en una situación tan peculiar que estoy muerta de curiosidad por saber qué le pasa, y si no escribo la novela, no lo sé.

En medio de estas tres novelas ha publicado otros títulos como La ridícula idea de no volver a verte y La carne.

–Así es. Siempre digo que tú no escoges las historias, sino que las historias te escogen a ti. Te las vas encontrando, son como sueños diurnos, situaciones que te emocionan tanto que no te caben ni en la cabeza ni en el pecho y de repente sientes la necesidad de compartirlas.

¿Está ahora en uno de esos momentos?

–Hoy (por ayer) venía escribiendo en el tren porque estoy a punto de terminar la parte más burda del primer borrador de una nueva novela, que es contemporánea. Y luego tengo una idea para uno de esos libros míos raros, del tipo La loca de la casa o La ridícula idea, sobre creación y locura. Será un híbrido entre ensayo y ficción y ya llevo un tiempo tomando notas. Y lo siguiente ya sería otra historia de Bruna si no me muero por el camino, porque estamos hablando de seis o siete años.

¿Qué ha supuesto el personaje de Bruna Husky para Rosa Montero?

–Personalmente ha significado mucho. Es un alter ego muy grande, es el que más me gusta de todos mis personajes y es con el que más me identifico. Además, una novela normalmente es como un novio con el que rompes, cuando la acabas la dejas atrás y ya está, pero esta historia es como un amante perpetuo (ríe), sigue ahí, y mientras escribo otras cosas Bruna está dando patadas, reclamando vida constantemente. Es una relación muy especial. Siempre he dicho que la novela es la autorización de la esquizofrenia, y, en este caso, cuando tienes un mundo ya creado, ese desdoblamiento de la vida es más claro todavía.

¿La cuenta atrás que tiene Bruna en la cabeza todo el tiempo nos enseña también que hay que disfrutar de la vida?

–Totalmente. En eso también nos parecemos. Bruna no es que tema la muerte, que la teme, es que la odia, le parece una estafa. Y yo pienso lo mismo. Venimos a este mundo con un proyecto de vida inacabable, con miles de deseos, de sueños, con un yo inmenso que lo llena todo y en un abrir y cerrar de ojos se termina. Y si tenemos suerte, antes de eso se nos caerán el pelo y los dientes y estaremos en silla de ruedas, y si no, te mueres joven y desapareces. Es una estafa. Pero esa conciencia aguda de la muerte te da también una conciencia aguda de la vida. Bruna se come la vida a bocados, como yo, que nunca me he aburrido, ni de niña. Siempre he tenido una conciencia álgida de estar viva.

Lágrimas en la lluvia era una especie de homenaje al universo de Blade Runner.

–En realidad, ni el mundo de mis novelas ni mis replicantes tienen que ver con Blade Runner. El título sí es un homenaje, pero lo que hice fue revisitar el mito contemporáneo de Philip K. Dyck del androide que sabe cuándo va a morir y por eso no puede olvidarse de que es mortal, que es lo que sí hace la mayoría de los mortales, menos yo, Woody Allen y algunos más, que estamos obsesionados con la muerte (ríe). Aparte de ese mito, también introduje el tema de las memorias artificiales porque me interesa mucho el tema de la artificialidad de nuestra memoria. Esos dos temas están muy presentes en mi obra, en la que, por un lado, siempre hay una reflexión constante sobre la muerte, sobre el paso del tiempo, lo que el tiempo nos hace y nos deshace, porque vivir es deshacerse en el tiempo. Y, por otro, está la memoria como construcción imaginaria.

Dice que el mundo de Bruna es mucho mejor que el que nos muestra Blade Runner y mejor incluso que el nuestro.

–El mundo en que vivimos es peor. El de Bruna tiene cosas mejores y peores, entre estas últimas están, sin duda, las consecuencias del cambio climático, que ya las estamos empezando a ver hoy. Yo he intentado crear un futuro posible y probable en todos los sentidos, tanto en lo tecnológico como en lo científico y en lo político. Fíjate, cuando empecé la primera Bruna, hace doce años, yo ya veía que en el ambiente empezaba a crecer una especie de añoranza de las dictaduras, de los dogmatismos, de los totalitarismos... por derechas y por izquierdas, por religiosos y por laicos. Y un descrédito de la democracia. Yo creé esas plataformas que orbitan en torno a la tierra, una de las cuales es un mundo hiperreligioso y e hiperfanático, e intenté inventar la teocracia esclavista más arcaizante, machista e hija de puta que pude pensar. Pues a los dos años de publicarse Lágrimas en la lluvia apareció el ISIS.

Una de las preocupaciones que plasma en toda la serie tiene que ver con los estragos del cambio climático. En ese futuro son más que evidentes, con habitantes en zonas en las que ya no hay aire limpio que respirar, entre otras cosas.

–En la primera novela se cuenta mucho lo que ha sucedido con el cambio climático en los cien años que nos separan del mundo de Bruna, y no hay nada sorprendente, es que es así, ya lo estamos viviendo. La situación de las zonas costeras del Planeta, que son las más fértiles y más habitadas van a sufrir efectos devastadores. Por ejemplo, Bangladesh, un lugar en el que millones de personas van a perder su base de alimentación y su tierra, así que van a empezar a subir y se van a matar con los que están más arriba. Dicen los expertos del Pentagono y de otras partes que la crisis de refugiados de Siria surge como consecuencia de una sequía atroz de varios años que hizo que mucha gente se desplazara del campo a la Damasco y a Alepo, creando una fricción social tremenda que facilitó la violencia. Además, esta crisis de desplazados es una catástrofe y ha demostrado el absoluto fracaso de la democracia contemporánea. Y esto va a ir a más, a muchísimo más. Ya podemos avivarnos y compartir lo que tenemos para ayudar a la gente porque si no, por no querer perder parte lo vamos a perder todo.

¿Qué le parece el fenómeno de Greta Thunberg?

–Es un producto de la necesidad social, un símbolo. Ella misma lo dice. Es un símbolo de todas esas generaciones que de pronto saben que no van a heredar nada y que tienen un futuro completamente hipotecado. Por eso no es ya solo que ella sea estupenda, asperger como es, con esa conciencia e inteligencia obsesivas aplicada a este tema, son todos esos chavales que hay detrás, que tienen claro que si no luchan, no van a tener nada. Yo no soy nada pesimista en general, soy muy vitalista y voluntarista, pero en lo que respecta al cambio climático veo que no damos los pasos necesarios. Los políticos están amedrentados ante la necesidad de asumir los cambios radicales que se necesitan. Sé que es jodido, pero para todos, y supone perder montones de cosas. Yo ya he decidido, por ejemplo, que no voy a volver a coger un avión para desplazarme por España. Aquí he venido en tren y así lo haré en adelante. Hay que cambiar mucho de lo que hacemos todos los días.

Por mucho que se ubiquen dentro de un siglo, siempre ha dicho que estas novelas son las más realistas que ha escrito nunca. De hecho, contienen una contundente crítica política al populismo, el fascismo, la corrupción...

–Es que cuando empecé a escribirlas esto ya estaba empezando de nuevo a explotar en el mundo real. Vivimos en los tiempos del odio con todos estos neofascistas y populistas. También con gente de seudoizquierdas como Maduro y compañía. Es que en Venezuela han creado el viceministerio de la suprema felicidad del pueblo, imagínate qué sistema puede ser ese. Toda esta gentuza, como no tiene un contenido ni nada que aportar a la sociedad, para crear cohesión se buscan un enemigo. Esto es más viejo que el mundo y da lugar a sistemas basados en el odio. Trump y Bolsonaro han sido elegidos por las urnas con discursos electorales claramente de odio. Con mi novela intento encontrar esperanza en este contexto. Ya digo que soy una optimista.

¿Frente a los tiempos del odio, el amor sin el cual no merece la pena vivir, tal y como reitera en la novela?

–Sin amor en todos los sentidos. Este libro es importante para Bruna también por esto. Ella es una misántropa tremenda, es un personaje que empezó esta serie odiándose a sí misma, a los reps, a los humanos, a todo y a todos. Tiene miedo de las emociones porque cree que la debilitan, y yo conozco gente así. En la primera novela aprendió a tener amigos, en la segunda aprendió a perdonar a los humanos y en la tercera aprende a amar con pasión. Pero, además, esta frase de 'sin amor no merece la pena vivir' también tiene que ver con la manera que tenemos de relacionarnos en sociedad.

¿A qué se refiere?

–Este es el eterno conflicto entre la luz y las tinieblas. En la época de las cavernas ya había trogloditas que escogían como método de supervivencia la colaboración; repartían la comida, cuidaban de los enfermos, de los ancianos... Y luego estaban otros que escogían la depredación, agarraban una piedra y le abrían la cabeza al más débil para robarle su filete de mamut. Esto siempre ha sido así, y creo que en conjunto la luz siempre ha ganado, salvo en momentos de oscuridad muy claros. Y ahora estamos en un momento tenebrosillo. En la novela se plantea ese dilema entre elegir entre cultivar relaciones sociales empáticas donde uno busca su propia supervivencia a través de la supervivencia de todos porque si no, no merece la pena vivir, o pensar solo en uno mismo, que ya sabemos adónde lleva.

Ahí encaja la historia de la mina de Asturias durante la posguerra española. Terrible.

–Terrible y muy bella a la vez. Durante la posguerra había unos presos obligados a trabajae en una de las minas más grandes de Asturias, a la que de vez en cuando bajaban unos fachas, que les hacían formar, les numeraban y luego les hacían decir un número, para ejecutar al que coincidiera con él. Y se encontraron con que, muchas veces, la persona a la que señalaban daba su propio número. Esto es de una grandeza enorme, el ejemplo máximo, al que no todo el mundo puede acceder, de ese escoger la solidaridad como proyecto social.

La pregunta que atraviesa estos libros es qué nos hace humanos.

–Bruna es humana primero porque es una convención narrativa. Pinocho es humano, y eso que es de madera. Y segundo porque es un clon. Pero es que hoy estamos en la época de la transhumanidad, que es ese momento en el que la tecnología se aplica sobre nuestros cuerpos bien para solucionar problemas o bien para mejorar nuestro rendimiento. Yo misma llevo cuatro tornillos en la columna, una placa, dos lentes introculares y dos muelas de titanio. ¡Soy un ciborg! ¿Y quién no lo es ahora mismo? Qué es lo que nos hace humanos es una de las grandísimas preguntas de toda mi obra. La identidad. Y esto está muy relacionado con la memoria, porque si esta es una construcción, la identidad también lo es en gran medida. La próxima novela de Bruna me interesa mucho porque va a incidir en eso, en cómo se construye la identidad, qué pasa con ese conflicto antiquísimo entre genética y aprendizaje.