El escritor Sergio Ramírez: "No hay escritura inocente, siempre se paga algún tipo de consecuencias"

El escritor nicaragüense ha presentado en Pamplona su última novela 'Tongolele no sabía bailar', en una cita programada en 'Diálogos de Medianoche' de Civican

06.05.2022 | 20:09
El escritor nicaragüense Sergio Ramírez, a su paso por Pamplona para presentar 'Tongolele no sabía bailar'.

PAMPLONA

La vida de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) bien podría dar para una novela. En los 70, se exilió a Costa Rica durante la dictadura de Somoza y después participó en la Revolución Sandinista, que triunfó. Fue vicepresidente de Daniel Ortega, entre 1985 y 1990, y luego se alejó de la política, centrándose en la escritura. Su último libro, Tongolele no sabía bailar, se inspira en la revuelta popular que hubo en su país en 2018 y ha sido prohibido en Nicaragua. Y Ortega, su excompañero, ha emitido una orden de arresto que le ha llevado a Ramírez a un nuevo exilio indefinido en España: "A la edad que yo tengo, una cárcel no sería si no ir a buscar la muerte", reflexiona el primer autor centroamericano en hacerse con el Premio Cervantes.

La charla que ofrece en Civican se ha presentado bajo el título de Del realismo mágico al realismo trágico. Pero, ¿dónde termina la realidad y comienza la imaginación?
–Bueno, en América Latina esto es difícil decirlo, porque dilucidar entre realidad e imaginación siempre ha sido un oficio perdido para los novelistas. Y la exageración, que parece una cualidad del realismo mágico, es más bien una cualidad del Caribe, donde todo es verdaderamente exagerado en la naturaleza, en la conducta de la gente€ Es parte de la sorpresa que brinda la literatura, de copiar la realidad tal como es: exagerada, distorsionada, sorpresiva€

De hecho la realidad, concretamente la revuelta popular que hubo en Nicaragua en 2018, ha inspirado su última novela, Tongolele no sabía bailar.
–Sí, es una historia contemporánea que cabía en una novela, a pesar de los riesgos que tiene recoger hechos recientes en un texto narrativo. Y si estaba contando la historia contemporánea de Nicaragua, era imposible no lidiar con estos acontecimientos. Pero no entrar a dilucidarlos políticamente, porque la novela no puede ocuparse de eso, sino a través de personajes y a través de situaciones moldeadas por estos acontecimientos.

Hablamos de unos riesgos que han llevado a que mientras ahora se presenta el libro en España, en Nicaragua está prohibido.
–Sí, el texto literario corre un riesgo y quien escribe otro (risas). Pero una novela que oculta no cumple su verdadero papel, sino que uno la utiliza como un escudo para no ser dañado. La escritura de una novela demanda siempre riesgos y si uno no está dispuesto a correrlos, mejor no escribirla porque el peor enemigo de una novela es la autocensura y mediatizar la escritura por temor a agitar el agua. No hay escritura inocente, por la escritura siempre se paga algún tipo de consecuencia.

Eso sí, pese a la prohibición, se está leyendo de forma clandestina.
–Mira, cuando la Inquisición prohibía libros en América, entraban de contrabando. El Quijote estuvo prohibido, pero entraba de contrabando en barriles de vino o de tocino o y en sacos de mercancías. Y hoy en día, los barriles de vino son las redes digitales, porque esta novela alguien hizo una copia en PDF y circuló por miles. Estas son las consecuencias de una prohibición, ese despertar la curiosidad de quien quiere leer un libro y se le prohibe, ir a buscarlo.

El inspector Dolores Morales, que ya apareció en dos de sus libros, protagoniza esta novela. ¿Cuánto de Sergio Ramírez tiene el personaje?
–Viene a ser un álter ego mío, guardando diferencias, porque este personaje fue un guerrillero que tomó las armas muy joven contra la dictadura de Somoza, perdió una pierna en un combate€ Sí compartimos la frustración frente a una revolución que en lugar de cumplir su cometido, resultó todo lo contrario de hacia donde le empujaban los sueños juveniles de entonces. Y el inspector Morales hace patente esta frustración con su sentido de humor. A través de las tres novelas de esta trilogía –El cielo llora por mí (2008), Ya nadie llora por mí (2017) y Tongolele no sabía bailar (2021)–, él avanza a través de la historia y por eso entran los acontecimientos de abril de 2018 en Nicaragua.

Anteriormente ya había escrito sobre el de régimen de Ortega, ¿por qué cree que esta novela ha detonado en una orden de arresto?
–La primera se desarrolla en las épocas del gobierno anterior y la siguiente, Ya nadie llora por mí, sí entra en las aguas del nuevo régimen. Muestra cómo el discurso que sigue dando Ortega se contradice con la existencia de una nueva clase de ricos improvisados que ha ganado dinero a espuertas con negocios sucios y que son fieles al régimen porque se aprovechan de él, pero es una nueva burguesía. Y eso es lo que la revolución, supuestamente, no tolera. Ya en Tongolele no sabía bailar estamos tocando directamente el poder de la familia Ortega en dos sentidos: en el de la represión, que el discurso oficial niega los 400 muertos que hubo en abril de 2018 y el discurso dice que se trató de un golpe de estado; y en segundo lugar, desnuda el carácter fascinante que para mí como novelista tiene el carácter esotérico de este régimen, con estrellas de cinco picos, el ojo de Fátima€ En esta atmósfera entra la novela y, obviamente, ningún dictador tiene sentido del humor. La burla es intolerable para una dictadura.

¿Esta acusación duele especialmente si piensa que proviene de Daniel Ortega, antiguo compañero de la revolución y de quien fue vicepresidente entre 1985 y 1990?
–Bueno, es que lo han echado por la borda todo. El comandante Hugo Torres murió en la cárcel de Ortega y él fue quien liberó a Ortega de la cárcel. Hugo Torres participó en un comando que ocupó la casa de un somocista y a cambio de liberar a los invitados de esa fiesta, Somoza se vio obligado a liberar a presos políticos, entre ellos Daniel Ortega. Y Hugo Torres arriesgó la vida en esta operación y perdió la vida en las cárceles de Ortega. Si eso ocurre con un guerrillero que le salvó la vida y que lo sacó a la libertad, que yo haya sido parte del gobierno en los años 80 lo debe poner con menos importancia, ¿no?

¿Cómo está viviendo este segundo exilio en España, tras el que experimentó en Costa Rica?
–Por entonces tenía treinta y tantos años y todo el ánimo de pelear contra Somoza, desafié la orden de prisión y regresé a Nicaragua, pero no se atrevió a meterme preso. Hoy no lo haría, ahora sí que me meten preso y a la edad que tengo, una cárcel no sería si no ir a buscar la muerte. No sé cuándo regresaré, eso no depende de mí, sino de que haya un cambio político profundo en Nicaragua.

El próximo mes de noviembre habrá elecciones en Nicaragua, ¿qué radiografía hace del país?
–Está peor que en 2018 porque se han ido cerrando todos los espacios. Ahora se persigue hasta a los músicos, se les manda al exilio, ya no se ven escritores, intelectuales€ Se han cerrado universidades que son críticas al régimen y están anulando la existencia legal de todas las organizaciones de la sociedad civil, desde clubes de servicio hasta fundaciones sociales. Y la enseñanza... La Academia de Ciencias fue en la última hornada de anulaciones€ Entonces me parece que si juntamos todas estas piezas, nos vamos a encontrar con un régimen que lo que está buscando es un viejo esquema de partido único.

Como uno de aquellos jóvenes que luchó en la Revolución Sandinista, a día de hoy, ¿todavía cree en la revolución?
–La revolución es una palabra que pertenece al pasado y a una empresa histórica frustrada, pero el régimen la usa, como que Ortega y su familia fueron la continuidad de la revolución. Es un asunto de retórica, de la revolución no queda absolutamente nada. 

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