Llegó, por fin, el domingo; el tan ansiado día en el que la ciudad queda, como se solía decir, “para los de casa”, después de un fin de semana repleto de visitantes. Al caer la tarde, las calles ya se empezaban a notar más descongestionadas, sin olvidar que estamos hablando de los Sanfermines y que el volumen de gente es siempre más que considerable. En el caso de los conciertos grandes, este iba a ser el primero que se celebraría en la Plaza del Castillo fuera del fin de semana (el primero, el del jueves día 6, que iba a correr a cargo de Ana Torroja, tuvo que suspenderse a causa de la lluvia). La experiencia vivida el viernes y el sábado, con el recinto colapsado y la imposibilidad de escuchar bien desde las partes laterales y trasera de la plaza, dejaba la incógnita de cómo se desarrollarían las actuaciones en los días menos concurridos. Y el encargado de probarlo iba a ser Dani Fernández, el joven cantautor poprockero que tan buen sabor de boca nos dejó el pasado mes de marzo, cuando agotó todas las localidades de la sala Tótem.
En cuanto a lo que no tiene nada que ver con el artista, es decir, acústica, visibilidad y grado de comodidad del nuevo emplazamiento respecto al tradicional de la plaza de los Fueros, la situación mejoró sustancialmente respecto a lo acaecido el fin de semana, pero la Plaza del Castillo sigue adoleciendo de ciertas desventajas estructurales; zona de tránsito y salón de estar de la ciudad, siempre está llena de gente que no tiene ningún interés en el concierto y simplemente pasa por allí, lo que origina que los que sí van expresamente a disfrutar de la actuación lo hagan de manera más incómoda. Y lo que más quejas y reproches está originando: el volumen, absolutamente insuficiente las noches de Lágrimas de Sangre y Fangoria, el domingo se solventó con absoluta solvencia. Por primera vez, las canciones se escuchaban bien desde cualquier parte de la Plaza (primeras filas, laterales, parte trasera…).
En lo que respecta al artista, Dani Fernández confirmó lo que ya había apuntado en su vista de marzo (llenar la Tótem no es moco de pavo). Incluso podríamos decir que se creció ante una audiencia tan grande. El artista, que salió vestido de negro, pero con el imprescindible pañuelico rojo anudado al cuello, se mostró agradecido y orgulloso por tocar en el escenario grande de los Sanfermines. Sabiendo que aquello era una fiesta, se marcó el propósito de espolear a la muchedumbre, y lo hizo a conciencia. Con una formación eminentemente rockera y mucho brío en su interpretación, Dani comenzó con cortes guitarreros como Dile a los demás, Sin vergüenza o En llamas. No prescindió de las baladas, como fue el caso de Si tus piernas, de instrumentación desnuda y voz rasgada, que interpretó subido a un bafle, a pocos centímetros de las primeras filas, que en ese momento contemplaban enloquecidas a su ídolo.
Regresaron a la senda más animada con Te esperaré toda la vida, con el público cantando al unísono los estribillos, o Perdido en Madrid, de potente desarrollo instrumental. El ambiente era inmejorable, con una Plaza del Castillo entregada que recibía con entusiasmo todas las canciones, cantándolas, bailándolas y dando palmas cuando el artista lo requería. Y esa fue la tónica general del concierto, con un artista que se esforzó por conectar, utilizando para ello su repertorio más aguerrido (Plan fatal, Solo quiero bailar, Puñales o, ya al final, Bailemos). Damos fe de que lo consiguió.