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50 años sin Agatha Christie, la mujer que enseñó a desconfiar de todo

La autora británica de novela negra cumple medio siglo de su muerte con un legado literario que sigue conquistando a lectores y pantallas.

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Cincuenta años después de su muerte, Agatha Christie, la eterna “reina del crimen”, sigue haciendo lo mismo que hizo en vida: engañar con elegancia. Nada envejece en sus libros. Ni los crímenes, ni las pistas falsas, ni esa sensación incómoda de haber pasado por alto lo evidente. Mientras el calendario marca medio siglo sin ella, sus novelas siguen multiplicándose en estanterías, pantallas y plataformas. Incluso Netflix ha caído —una vez más— en su trampa.

Christie murió en Inglaterra a los 85 años, pero su obra se comporta como un perfecto asesinato sin cadáver: no deja rastro del paso del tiempo. Más de 60 novelas, decenas de relatos y un puñado de personajes inmortales sostienen un legado literario que sigue creciendo, ajeno a modas y generaciones.

Nacida en Torquay, en el condado de Devon, el 15 de septiembre de 1890, en el seno de una familia acomodada, Agatha Mary Clarissa Christie —entonces Miller— se educó en casa y aprendió pronto a leer el mundo con lupa. Aquella niña lectora acabaría escribiendo libros, aunque no sin resistencia: seis rechazos editoriales precedieron a su debut. La suerte le llegó en 1920 con El misterioso caso de Styles, la novela que presentó al mundo al detective Hércules Poirot.

El detective que lo sabía todo (y lo decía despacio)

Pequeño, meticuloso, obsesionado con el orden y con un ego proporcional a su razonamiento deductivo, Poirot protagonizó 30 novelas y se convirtió en uno de los detectives más famosos de la historia de la literatura. No corría, no gritaba, no improvisaba: pensaba. Y siempre ganaba. Su popularidad se consolidó gracias a las adaptaciones cinematográficas y televisivas, entre ellas Asesinato en el Orient Express yMuerte en el Nilo.

Pero Christie no se conformó con un solo icono. En el extremo opuesto apareció Miss Marple, una anciana aparentemente inofensiva, amante del tejido y la jardinería, que resolvía crímenes gracias a un arma más peligrosa que cualquier pistola: su comprensión de la naturaleza humana. Desde el ficticio pueblo de St. Mary Mead, demostró que nadie es tan invisible como parece.

Una vida de novela negra

La vida de Agatha Christie tuvo uno de esos giros que ella reservaba para el último capítulo. En 1926, la escritora protagonizó una misteriosa desaparición que mantuvo en vilo a todo el país durante once días. Nunca explicó públicamente qué ocurrió.

Por entonces estaba casada con Archibald Christie, con quien contrajo matrimonio en 1914 y tuvo una hija, Rosalind Hicks. El divorcio llegó en 1928. Dos años más tarde se casó con el arqueólogo Max Mallowan, junto al que recorrió Oriente Medio, experiencia que inspiró novelas como Asesinato en Mesopotamia, Cita con la muerte, Intriga en Bagdad y la icónica Muerte en el Nilo.

Su trabajo como enfermera voluntaria en las dos guerras mundiales le permitió adquirir un conocimiento preciso de venenos, un detalle que fascinó a los lectores y desconcertó durante años a expertos forenses. Christie sabía matar en la ficción con una precisión casi científica.

Fiel a su dominio narrativo, Christie decidió incluso el destino de su detective más famoso. Hércules Poirot murió en la novela Telón, publicada en 1975, un año antes de que la autora falleciera en Winterbrook. Fue un gesto de autoridad literaria inusual: cerrar la historia cuando ella quiso, no cuando el mercado lo exigía. Como si ella ya supiera de antemano que tenía que despedirse del detective de su vida.

A ese control se suma otro récord: La ratonera, estrenada en 1952, es la obra de teatro más longeva del mundo, con más de 30.000 representaciones en el West End de Londres hasta marzo de 2025.

Un legado que no se archiva

Para el historiador Mark Aldridge, especialista en la autora, el secreto es simple: “sus libros son excelentes. Sigue siendo la persona con la que se compara a todos los escritores de novela negra porque sigue siendo la mejor”. Porque sus historias podían ser emocionantes, aterradoras o divertidas, y siempre retaban al lector a jugar… y perder.

Cincuenta años después de su muerte, Agatha Christie sigue demostrando que el crimen perfecto no es el que no se resuelve, sino el que se sigue leyendo.