Ya lo apuntaba el miércoles Mikel Santiago, en muchos pueblos, hay gente que todavía duerme con la puerta y la ventana abiertas, la llave bajo el felpudo o escondida entre las plantas... Seguramente por eso son los escenarios idóneos para crímenes retorcidos. Sorprenden por inesperados y estremecen porque el asesino o la asesina puede tener un rostro conocido; el del vecino de toda la vida, la camarera del bar del barrio, el maestro de la escuela o la farmacéutica de la esquina. Como dice el refrán castellano, pueblo pequeño, infierno grande.
Este dicho sirvió de lema para la mesa redonda de Pamplona Negra que, en la cuarta jornada del festival, reunió sobre el escenario de la sala de Cámara de Baluarte a la escritora Teresa Cardona y a los autores Iván Baeza y Pedro Martí. Moderados por la periodista navarra Amaia Otazu, los tres abordaron cuestiones como la creación de personajes en estos entornos, los riesgos de que haya gente que se ofenda al identificar espacios o acontecimiento o la necesidad de que quede claro que sus novelas son ficción. Algunas de ellas se inspiran en hechos reales, pero, ante todo, son historias inventadas.
Almansa, San Lorenzo de El Escorial y un lugar de la Mancha
En el caso de Pedro Martí, su novela La mala hija sucede en Almansa, su ciudad natal. Y muchos de los elementos que aparecen son así en la realidad. También algunas personas. Como Puri, la vehemente y malhablada camarera, a la que, según cuenta el autor, tras la publicación del libro le están pidiendo no pocos autógrafos.
Por su parte, Iván Baeza ubica Lo que la tierra calla en un pueblo inventado de la Mancha cercano a Valdepeñas. “Preferí no nombrarlo porque es un sitio donde todo el mundo se conoce, para evitar que la gente se busque y crea que es alguno de los personajes”, afirmó.
Por último, Teresa Cardona localiza las peripecias de la teniente Blecker y el brigada Cano –la última, A la vista de todos– en San Lorenzo de El Escorial. No confundir con El Escorial, “que los vecinos de ambas localidades son muy sensibles con estas confusiones”. Allí es donde vive y donde “me paran por la calle para decirme ya me he leído la novela”, y ahora viene el pero, “te has equivocado en esto o esto otro no es correcto”, compartió divertida.
Pedro Martí recuerda, en el mismo tono, cuando le escribieron desde Almansa para enmendarle la descripción de una fuente. “Puse que era la fuente de los patos, cuando en realidad son cisnes”, y, como le hicieron notar, “no son de piedra, sino de bronce”. De todos modos, confiesa que, aunque alguna vez sintió “la tentación de inventarse un pueblo ficticio”, lo cierto es que Almansa le encanta, y, “aunque de adolescente que quería ir a toda costa, allí fui muy feliz”. Además, “el frío, las bodegas... me pareció que cumplía con todos los requisitos para ser escenario de un crimen”.
En La mala hija, este manchego vecino de Murcia narra la investigación de la desaparición de la joven Belén Villalba a cargo de la capitán de la UCO Alma Ortega, una mujer reservada y meticulosa que, cuando está pasando por uno de los momentos más difíciles de su vida, se ve obligada a regresar a su pueblo natal para coger las riendas de la investigación.
Dilemas éticos
Lo que la tierra calla, de Iván Baeza, está protagonizada por Enrique Solaz, un escritor en horas bajas que, en su intento de escribir un thriller rural, viaja al pueblo natal de su mujer, Constanza, que no lo pasa bien allí, ya que revive la desaparición de su hermana, Inés, y de dos de sus amigas 20 años atrás. Una vez en el lugar, el autor será consciente de que, si escarba lo suficiente, la historia que necesita aparecerá de entre los muertos, lo que lo convierte en un personaje antipático al que, sin embargo, su creador defiende. “Claro que es éticamente cuestionable, pero hacemos novelas sobre personajes, para saber qué hacen y por qué lo hacen”, dijo. Y siguió: “Los más interesantes son los que caminan por la cuerda floja, sin ser buenos ni malos del todo”. Además, “quién puede decir que, ante la posibilidad de volver a tener éxito y publicar un bestseller no haría lo mismo que él?”, preguntó.
A Teresa Cardona le pasa algo parecido con los caracteres que habitan sus relatos. “Las cuestiones éticas me apasionan, y creo que la novela negra es un buen modo de acercárselas a la gente”. Así, “obligando al lector a ponerse en los zapatos de los personajes”, elimina de un plumazo los yonuncaharía... que se dicen alegremente cuando no se está atravesando una situación similar. “A mí me pasa que acabo comprendiendo muchas de las cosas que hacen, aunque no las justifico, claro”.
Para Pedro Martí, en la novela negra lo más relevante son los personajes, y opina que estos tienen que ser “grises, con conflictos internos”. “Son mucho más atractivos y, de este modo, los lectores también tienen que posicionarse ante lo que hacen unos y otros”.
Una manera de distinta de vivir
Otra de las virtudes de situar historias en un medio rural o en una población pequeña es que “la investigación se realiza a través de entrevistas a mucha gente”, de diálogos; por lo que “aparecen muchas voces”, lo que genera un ecosistema muy rico, valoró Martí. “Mis guardias civiles no van a mandar nunca una prueba a Quantico; irán a la farmacia, al colmado o al peluquero y hablarán con ellos. Esa es una forma de resolución que me gusta”, señaló Cardona, que también incluye a muchas personas reales en sus novelas. Y le gusta reflejar la cotidianidad, “porque hay historias en las que los protagonistas ni comen ni duermen ni se toman un café”. Como el nordic noir. “Para eso, prefiero las de Camilleri, porque Montalbano come bien”. Una novela negra “es una invitación a viajar a distintos sitios”. “A través de las de Markaris hemos conocido Atenas, y Domingo Villar describió Galicia maravillosamente bien”, apuntó.
Veracidad, ambientación
Conocer bien los lugares en los que transcurren sus tramas “las hace más reales”, según Iván Baeza, que valora mucho “la veracidad y la ambientación”. “Estos detalles dejan poso y el lector lo nota”, destacó. A la vez, la cercanía de calles, casas, personas provoca “más miedo”. “Pensar que la persona que está haciendo el mal es la persona que tuviste como profesor en Primaria o incluso un familiar, es aterrador”. Y es que, en los pueblos “hay una gran sobreexposición personal”, y esto “lleva a los secretos, a ocultar y a vivir de puertas hacia dentro”, continuó.
Eso sí, al margen de donde se produzca un crimen, los tres escritores coincidieron en que los motivos para cometerlo “son universales”. Odio, codicia, venganza... Y también en que “todos somos capaces de matar” sin se dan las razones adecuadas; como pueden ser defender a un ser querido o repeler un ataque. En esos momentos, el monstruo se libera y surge otra pregunta, que ayer formuló Pedro Martí: “¿Somos más humanos cuando soltamos a la bestia o cuando nos contenemos” .