Programa monográfico dedicado al longevo Sibelius, de amplia producción musical con un espíritu de intensidad nacionalista, tendencia a la épica en el sinfonismo, romántico con algún toque pintoresco y exótico, siempre con densidad en la orquesta, gusto por los graves, manejo de ritmos populares de vez en cuando, humanismo deudor de Beethoven, algunas gotas de impresionismo, y una gran libertad individual en su lejana Finlandia. Un mundo en sí mismo. En los atriles, la primera sinfonía y el concierto para violín, hoy interpretado por Bomsori y su excepcional instrumento. Cómo no va a sonar bien un violín con la “marca” Guarnerius del Gesú. Desde luego los italianos, ya desde 1725, fecha de su fabricación, eran buenos para el márquetin y el diseño. Claro que hay que saber tocarlo como la violinista Bomsori, también, por cierto, con nombre bastante eufónico. La versión que hicieron todos los implicados (solista, instrumento, orquesta y director) encandiló al público porque todos estuvieron por encima del espectacular y matemático virtuosismo rabiosamente exigido, y lo pusieron al servicio de la fuerza, la sutileza, las atmósferas cambiantes, e incluso, los tramos de incertidumbre que tiene la obra, quedando éstos disipados por la exacta pulsión de las cuerdas y la perfecta afinación de la violinista.
Desde el primer movimiento sorprende el sonido hermoso y grande del violín; siempre va a estar descollando de la orquesta; también porque la dirección de Coelho va a ser muy cuidada. Los expertos lutieres, me apunta un violinista, dicen que el Guarnerius gana en graves al Stradivarius, debe ser verdad, porque desde luego, el adagio, -por cierto con abundante vibrato en la mano izquierda- fue de una intensidad honda y penetrante hasta el prodigioso pianísimo final. El acompañamiento de la orquesta, en matiz “piano” y bellos reguladores, fue impecable. En la vorágine del “Allegro”, una viva y enérgica fortaleza dejaba pasar, no obstante, la sensibilidad de Bomsori y su digitación precisa. De propina: El Capricho polaco de Grazyna Bacewicz: un adante tranquilo que deviene en un allegro muy virtuosístico de escalas. Fue muy aplaudida por el público.
Orquesta Sinfónica de Navarra
Bomsori, violín. Nuno Coelho, dirección. Monográfico de Sibelius: Concierto para violín y sinfonía 1. Baluarte. 12 de febrero de 2026. Tres cuartos de entrada.
Nuno Cohelo lo sujeta todo con un gesto enérgico en los “acelerandos”, retenciones, y cambios bruscos de compás que forman la sinfonía número uno del finlandés. Cohelo se agranda en el podio. Hace una versión muy seguro de sí mismo, y nos lleva al Sibelius más épico y heroico. Y lo hace con una buena dosificación de los fuertes en maderas, metal y percusión, pero, sobre todo, a través de una cuerda exuberante, en el final de la obra, gloriosa. Con el solo de clarinete de F.J. Inglés (hace tiempo que no le ubicaba en su puesto), al que Coelho deja “cantar”, ya se intuye que todo va a ir bien. La cuerda, recia, plantea un tema del que saldrán otros a las maderas. Golpes fuertes del metal. Todo sale claro. En el segundo movimiento, la paleta de colores de la cuerda se suaviza con la sordina; el matiz es de lirismo nostálgico; y cierta magia de atmósfera boscosa. El tercero se abre con los golpes de timbal, -(¿a quién no le gustaría ser timbalero en estos compases?)- En el final, rapsódico, la cuerda concentra toda la densidad de la sinfonía en la re-exposición adagio del comienzo, cargándolo de cierto dramatismo. Los golpes fuertes del tutti, hechos con convicción, se desvanecen de repente en pizzicato de la cuerda; dejándonos algo perplejos. Como me comenta un entendido aficionado; la orquesta está en uno de sus momentos más dulces.