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El fin de la Tercera Guerra Carlista, en el Archivo de Navarra

La microexposición de marzo, de acceso libre y gratuito, exhibe algunos de los documentos que el Archivo custodia relacionados con el evento histórico en su 150º aniversario, entre ellos fotografías, acuarelas y óleos

El fin de la Tercera Guerra Carlista, en el Archivo de NavarraCedida

Cuando se cumple el 150º aniversario de la finalización de la Tercera Guerra Carlista, conflicto con especial incidencia en Navarra que se había extendido entre los años 1872 y 1876, el Archivo Real y General de Navarradedica su microexposición de marzo a exponer al público algunos de los documentos que custodia relacionados con aquel evento histórico. 

En concreto, se exhiben fotografías del rey Alfonso XII y del pretendiente Carlos VII, acuarelas y óleos que reproducen escenas bélicas y hechos destacados de la contienda, además de órdenes militares, oficios y bandos.

La microexposición 150 Años de la Finalización de la Tercera Guerra Carlista (1876) es una muestra de pequeño formato, de acceso libre y gratuito, que permanecerá abierta en la galería baja del Archivo de Navarra todos los días del mes de marzo de 10.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00 horas. 

La Tercera Guerra Carlista

A las ocho y media de la mañana del 2 de marzo de 1876, tres días después de que Carlos de Borbón y Austria-Este, pretendiente carlista al trono español como Carlos VII, hubiera cruzado la frontera hispanofrancesa por Valcarlos, el brigadier Juan María Montoya y García, al mando del destacamento carlista del fuerte del castillo de Lapoblación, rendía la posición a las fuerzas mandadas por el brigadier Jacobo Araoz y Valmaseda.

Grabado del paseo militar de tropas carlistas en un pueblo en la Tercera Guerra Carlista (1872-1876).

Se ponía con ello el auténtico fin militar a la Tercera Guerra Carlista, un conflicto, el tercero de los enfrentamientos civiles que sufrió España durante el siglo XIX, que tuvo una especial incidencia en Navarra. 

El camino a la fase final de la guerra había quedado abierto cuando, casi tres años después del inicio de la contienda en 1872, el general Arsenio Martínez-Campos Antón se pronunció el 29 de diciembre de 1874 en Sagunto (Valencia) en favor de la restauración monárquica en la persona de Alfonso XII, poniendo con ello definitivamente fin a la I República y a la inestabilidad que la había caracterizado.

La misión de febrero de 1976

La subida al trono del joven rey, quien se pondría casi de inmediato al frente de sus propias tropas como general en jefe, así como las medidas tomadas por Antonio Cánovas del Castillo como presidente del Gobierno revirtiendo algunas de las decisiones de cariz antirreligioso tomadas por gobiernos anteriores, contribuyeron a atraer hacia el bando liberal/alfonsino a algunos sectores del carlismo, debilitando con ello a las fuerzas del pretendiente. 

Así, a lo largo de 1875, y pese a su derrota en la batalla de Lácar, las fuerzas alfonsinas consiguieron levantar el bloqueo que durante meses las huestes carlistas habían mantenido sobre Pamplona, así como desalojarlas también del territorio que habían controlado en las provincias de Álava, Teruel, Gerona, Castellón y Lérida; tomando en esta última el bastión carlista de Seo de Urgel el 19 de noviembre. 

Bando a los navarros a la finalización de la guerra (1876), otra de las piezas de la exposición.

De este modo, a comienzos de febrero de 1876, derrotadas ya también las fuerzas del pretendiente en territorio vizcaíno y guipuzcoano, convergieron sobre Navarra con la misión de recuperar las últimas zonas bajo control carlista los llamados Ejército de la Izquierda, al mando del general Jenaro de Quesada y Mathews, y Ejército de la Derecha, a las órdenes del general Martínez-Campos. A este último pertenecerían las unidades que llevarían a cabo el asalto final con la toma el 18 de febrero de 1876 del fuerte de la cima de Montejurra y la derrota ese mismo día de las fuerzas carlistas en el Alto de las Palomeras de Echalar y en el fuerte de Peña Plata (ubicado junto a Zugarramurdi).

Reconciliación social y reparación de las violaciones de derechos

Al día siguiente, tras ser evacuada por las fuerzas leales a Carlos VII, Estella se entregaba a las fuerzas alfonsinas y el día 28, al tiempo que el rey Alfonso XII llegaba a Pamplona, era el propio pretendiente quien abandonaba España cruzando la frontera francesa por Valcarlos con parte de su ejército, mientras el resto se desintegraba y dispersaba.

Imagen tomada en 2028 que muestra un momento de la tercera recreación de la Batalla de las Amescoas de 1835 en el contexto de la Guerra Carlista.

Únicamente el reducido destacamento de 84 hombres al mando del brigadier Montoya resistió un par de días más atrincherado en el fuerte construido en el castillo de Lapoblación hasta que en la mañana del día 2 marzo se rindió a las fuerzas del brigadier Araoz en lo que sería el último episodio militar del conflicto.

La finalización de la guerra, especialmente en aquellas provincias que, como Navarra, más incidencia humana, material y financiera había tenido el conflicto, implicó la necesidad de abordar la costosa tarea de la reconciliación social (expresada por el propio rey Alfonso XII en la Proclama de Somorrostro de 13 de marzo de 1876 en la que afirmó que “a ninguno debe humillarle su derrota, que, al fin, hermano del vencedor es el vencido”), de la reconstrucción material de lo destruido (puentes, caminos e, incluso, la barca de Liédena sobre el río Guía –Irati-), así como la de la reparación y enjuiciamiento de las violaciones de derechos durante el conflicto (como los crímenes de la Sima de Igúzquiza).

Un sistema monárquico desvirtuado

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El fin del conflicto permitió asimismo la institucionalización de la restauración borbónica, a través de la promulgación, 4 meses después de finalizada la guerra, de la Constitución de 1876.

La nueva carta magna consagró un sistema de monarquía constitucional, basado formalmente en la existencia de dos cámaras parlamentarias colegisladoras (Congreso y Senado) con iguales facultades, pero desvirtuado en la práctica por la existencia de un compromiso de turno en el gobierno entre los dos principales partidos (el liberal-conservador y el liberal-fusionista) que, con estabilidad decreciente, perviviría hasta 1923.