La Grazia
Dirección y guion: Paolo Sorrentino
Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello y Milvia Marigliano
País: Italia. 2025
Duración: 133 minutos.
Aunque incluso en sus créditos de despedida, Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) nos informe acerca de los hechos futuros que acontecieron a los principales protagonistas de La Grazia, éstos jamás han existido. Son hijos de su invención. A diferencia de los retratos de Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi, Il divo (2008) y Silvio (y los otros) (2018), en esta ocasión el cineasta napolitano, hijo de un director de banco, que quedó huérfano a los 17 años a causa de la prematura muerte de sus padres por un accidente doméstico como relató en Fue la mano de Dios (2021), ficciona la realidad. Una realidad en la que el Vaticano ha sido ocupado por un Papa negro y en donde el primer ministro es un demócrata cristiano, solvente jurista y católico convencido, que habita en la duda.
“Cuando rezo me duermo”, repite Mariano De Santis, su ficticio presidente de la República de Italia, denotando con ello que ha entrado en una edad avanzada. De hecho, De Santis se enfrenta a sus últimos meses de mandato con la República razonablemente en calma y rodeado de su vieja guardia. A su lado su hija, como principal consejera y cuidadora y, a modo de escolta, algunas amistades veteranas como él muchas de ellas conservadas desde la infancia. A Mariano De Santis le duele el vacío dejado por su mujer fallecida tiempo atrás, deambula en una soledad que el poder no compensa y se siente mortificado por el secreto de una traición de la que desconoce sus principales detalles. Manda sobre muchos, pero no puede descifrar el pasado de su propia vida.
La Grazia
Dirección y guion: Paolo Sorrentino
Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello y Milvia Marigliano
País: Italia. 2025
Duración: 133 minutos.
Sobre la mesa le inquieta afrontar la promulgación de una ley sobre la eutanasia y resolver dos indultos que se abisman en las sombras de lo justificable y lo humanamente comprensible, aunque se hayan manchado con lo ilegal. Esa muga entre la piedad y la justicia, entre el deber y el creer, alimenta lo que Sorrentino pone en marcha, a partir de algunas señales extraídas de la historia contemporánea de su Italia natal. Desde la niebla de la imprecisión, Sorrentino habla del veneno de la duda y de la inaprensión de la verdad. Su presidente, lejos definitivamente de Andreotti y de Berlusconi, y muy cerca probablemente de sí mismo, habita en la incertidumbre y en el ocaso.
Como en La Juventud (2015), Sorrentino abre la puerta del crepúsculo para cuestionarse por las razones de la existencia. No cesa de mirar las manos vanas de una larga vida de poder e intrigas. Solo que ahora, a sus 55 años, el director italiano ya no necesita competir contra nada, nada debe demostrar. Sus presuntas cuentas heredadas con Fellini, su inconfesadas deudas con Pasolini han prescrito. Sorrentino en La Grazia solo se debe a una causa, ser más Sorrentino que nunca.
Quienes conocen su obra reconocerán su grazia. Quienes le han visto desnudar la miseria del poder, sabrán percibir que aquí los vestidos del poder sirven solo como telón de fondo, como pretexto y excusa. Sorrentino ha limpiado su prosa, la ha liberado de abigarramientos y pomposidades. Sigue utilizando la música como contrapunto, como subrayado y como catarsis. Le vienen bien los ecos electrónicos y el rap. Son contrapesos a su retórica; un discurso con el que se siente solvente. En La Grazia la palabra significa. No hay verborrea sino reflexión. No hay divagaciones ni paréntesis. Todo tiene intención y las intenciones reiteran la consagración del titubeo, de la indecisión, de la suspicacia y la desconfianza.
En su último plano, Mariano de Santis, o sea, Toni Servillo, o sea Paolo Sorrentino, mira de manera oblicua ante su compañera de mesa, sabedor de que la importancia de la verdad es relativa. Como igualmente sabe que el dueño de lo que nos queda de vida es cada uno de los poseedores de esa vida.
De eso y de muchas cosas más va La Grazia. De un Papa con rastas y en motocicleta, de un general que se comporta como el niño que fue, de una hija que cuida en lugar de ser cuidada, de un historiador que no vive la historia sino que la interpreta y de una mujer vejada que mata por amor ante la ignominia de su amante maltratador. En La Grazia descansa un Sorrentino sereno, curtido, solemne y compasivo. Consigo mismo y con la propia historia de un napolitano enamorado de Roma.