Paula Puchalt tenía muy claro que el objetivo de su próxima obra tenía que ser hacer algo que le gustara a su madre “porque a veces los padres vienen a ver las cosas de las hijas y no les gustan”. A través de ese primer impulso –y junto con Ane Sagüés, cocreadora y directora de Mi carrera, la propuesta artística que van a estrenar este sábado a las 20.00 horas en Zizur Mayor–, estuvieron rumiando de qué manera podrían crear algo que cumpliera con esta intención. “Como sus padres se dedican al mundo del deporte, quisimos hacer una pieza que hablara de este mundo”, explica Ane. De esta manera, Mi carrera recoge el lenguaje del deporte “tanto en la dramaturgia como en el texto y la estética” para establecer una analogía –o un diálogo– entre lo artístico y lo deportivo.
Para ello, se han aprovechado de la figura del comentarista como uno de los hilos conductores de la pieza en todos los sentidos. De esta manera, también entró en juego Izai Rodríguez como mirada externa y encargada del espacio sonoro: “Hicimos una investigación acerca de cómo sería la voz, el ruido, el silencio y los sonidos de este comentarista. Y, de alguna manera, hemos conseguido unir en nuestros tres lenguajes –lo coreográfico en el caso de Paula; el sonido y la música, en el caso de Izai, y lo dramatúrgico y el texto, en el caso de Ane– las distintas referencias del mundo deportivo. Tanto las formas de comentar en las distintas disciplinas, los sonidos que se van construyendo durante la pieza (porque Izai está en directo mientras se van dando las escenas) y gracias a un micrófono con autotune que permite que se distorsione la voz, etc.”. Y el resultado de todo esto no es otro que una pieza conjunta en la que se aprecia la manera en la que han encajado sus tres lenguajes. “El comentarista está presente mientras Paula baila, y eso demuestra que hay algo que lo une todo. Durante el proceso fue como apareciendo, pero cada vez vimos más claro que esto es hacia dónde queríamos llegar”, explica.
La épica del deportista
Cuando la gente habla de los deportistas de élite, suelen hacerlo desde una perspectiva romantizada, en la que los tratan como si fueran “héroes o dioses griegos”. “De alguna manera, hay una épica del deportista que es muy interesante de recrear y reflexionar en torno a ella”. Por eso, las tres toman esta estética para llevarla hasta el mundo artístico. “El mundo del deporte se mide en el discurso de la competición, del ganar y del perder. En cambio, en el mundo artístico no se utilizan tanto estos motivos, pero muchas veces se encuentran soterrados porque hay competencia, pero no se habla de ello. El deporte es una herramienta para hablar de muchas cosas ajenas a este espacio”.
Por otro lado, también abundan las referencias a la cultura pop y las tendencias actuales, como es el caso de La Velada del Año, para poder reflexionar en torno a la “apropiación. Parece que un influencer en dos meses es boxeador porque se ha entrenado. Y lo mismo ocurre en nuestro mundo, porque parece que alguien sin experiencia, de repente, puede ser artista. Y resulta bastante cutre y banal que no se le dé la importancia que merece a nuestra disciplina. Nos parecía que era también otro lugar desde el que poder investigar o indagar”, expresa.
Más allá de este elemento –que funciona como un guiño, como el resto de referencias y críticas–, para Ane Sagüés, la obra cuenta con tres preguntas clave. En primera instancia, el objetivo de Paula durante su carrera –su competición–, donde ella se enfrenta a diferentes partidos, tests y competiciones con los que deberá medir cuánto de cualificada está para hacer aquello a lo que se dedica. “Hay un momento donde ella, después de todo el cansancio, decide dedicarle una canción a su madre. Que funciona en el sentido más literal, pero también en el simbólico, el que se refiere a la aprobación. Es como una manera de pensar que puede ganarlo todo, pero lo que realmente quiere es lograr la validación de esa figura”, indica.
Y cuando no recibe esa satisfacción, empieza a plantearse por qué baila, qué le lleva a hacer lo que hace. “Hay un cierre bastante poético de la obra porque se dice que, en otra vida, si fuera cualquier cosa, yo acabaría bailando”, señala. Y esa vocación irrenunciable es la que, de una forma u otra, a pesar de los nervios –y del estrés porque pensaban que iban con menos tiempo–, hace que prevalezcan las ganas y la ilusión de subirse a un escenario: “Estamos mucho más tranquilas dentro de lo que cabe porque tenemos muchas ganas. Necesitamos un poco del calor del público. Cada vez que ensayamos sentimos que falta algo, y ese algo es que lo vea la gente”, concluye.
Porque quizá la carrera de un artista comienza con una pregunta –si le gustará a una madre, a un padre o a un amigo–, pero siempre se cierra con una pasión que no cesa y que, de una forma u otra, permanece. Y qué mejor que ser alguien que ama el arte casi tanto como la vida.