No es la primera vez que Carmen Larraz (Pamplona, AÑO) se adentra a explorar los diálogos entre la física cuántica y la danza. Lo hizo a través de Electrical body (2020), Atardecer (2023) y Luz negra (2024), donde se empezó a germinar su aventura con la luz. Quizá porque en su mente prevalece aquella frase que una vez dijo la artista visual Eulalia Balcells de que “la luz es la voz de la materia”. En cualquier caso, lo que está claro es que, después de aquellos trabajos, Qualia, propuesta artística que estrena este viernes 10 de abril a las 20.30 horas en Noáin, se inscribe como “una necesidad de compartir todo el marco de documentación científica y práctica artística que se ha ido construyendo con la investigación” que comenzó hace seis años en colaboración con el físico y profesor universitario Joaquín Sevilla. “Y a mí me hizo crecer mucho el proceso en grandes términos. Con el tiempo me doy cuenta de que hay un interés por la física y la ciencia, pero lo que más me importa es un lenguaje mucho más claro para comprender lo que significa para mí el cuerpo a través del movimiento”, expresa.
En ese sentido, Qualia, al entrar en la mecánica cuántica, permite hablar acerca de la necesidad de promover una mente creativa. “Es necesario activar la imaginación para llegar a este estado de la física. Por eso, si llevo al cuerpo lo que propone la cuántica, se establecen diferentes preguntas, caminos y posibilidades para percibir el cuerpo como una entidad energética que interactúa con las leyes de la física”, explica la creadora y artista. Y, de alguna manera, lo que al principio se entiende como algo “íntimo” o una manera de entender el cuerpo, pasa a ser una manera de coincidir y de generalizar. Por eso, ante el actual contexto capitalista –en el que el cuerpo es una herramienta de producción y la identidad se define por los roles de clase, raza o género; de hecho, es algo que se encuentra más que integrado en la mentalidad de la sociedad–, Larraz asegura que “le damos muy poco espacio al cuerpo como una herramienta de conocimiento, placer y existencia. A veces, usamos el cuerpo para trabajar, realizar alguna que otra acción, pero ¿qué espacio tiene para ser? Creo que tenemos que luchar contra el sistema para encontrar esos espacios”, reflexiona.
Por otra parte, menciona que el capitalismo también aturde al arte, ya que existe una presión sibilina que obliga a que los artistas creen y produzcan en masa, sin llegarse a permitir que el cuerpo se mueva sin esa ansiedad por generar un producto. “Y lo importante no es eso, sino compartir todo cuanto se está conociendo a través de esta herramienta”. Asimismo, reconoce que uno de los puntos que más le ha sorprendido durante este ejercicio artístico es que, al entender el cuerpo como una “entidad energética” –y no como un cuerpo biológico con raza o género–, “se despoja de todas las connotaciones sociales que le damos al cuerpo y solo es algo que interactúa con el entorno. Y creo que es algo importante porque en estos últimos tiempos ha habido un retroceso a la hora de marcar y definir al ser humano por unas pautas que lo único que hacen es limitarnos”, dice.
Un laboratorio escénico
La propuesta, lejos de seguir la dinámica que ya había establecido en sus anteriores proyectos, se entiende como un “laboratorio escénico” en el que tanto ella como Jaione Azkona y Aimar Odriozola trabajan en torno a la idea y a la experimentación a través del proceso. “Con Jaione hemos abordado la manera en la que los distintos dispositivos de luz interactúan con el cuerpo. Y, en el caso de Aimar, hemos trabajado cómo a partir de unas pautas físicas interactúan los cuerpos. Y, por supuesto, Joaquín, que, a pesar de que no sale a escena es el cómplice perfecto”, resume. De esta forma, Larraz vuelve a hacer hincapié en el papel esencial de la luz, ya que toda la investigación ha girado en torno a los movimientos del cuerpo y cómo reacciona con los diferentes dispositivos de luz. “Son herramientas que no son las típicas de un teatro, sino focos, linternas o materiales reflectantes con los que hemos podido jugar de una manera más manual. Dentro de este mundo tecnológico, donde parece que todo es virtual, hemos hecho un camino a la inversa, con el que nos empoderamos de los objetos que tenemos a nuestro alcance y actuar desde nuestro cuerpo y experiencia. Los dispositivos en escena no adornan la coreografía, sino que proponen distintas cualidades de energía de la luz que provocan una cualidad determinada en el cuerpo”, señala. Porque el objetivo fundamental de esta propuesta escénica no es generar un universo poético, sino compartir los materiales de la investigación para “ofrecer un aspecto intelectual que se queda de manera íntima en el equipo artístico. Y que sean partícipes de este pensamiento”.
En el fondo, Qualia no pretende ofrecer respuestas, sino abrir fisuras: un territorio donde la luz no ilumina, sino que revela; donde el cuerpo no se define, sino que acontece. Y ahí, en ese cruce entre lo visible y lo invisible, quizá no entendamos más, pero sí percibamos mejor.