La novela El triunfo de la muerte escrita en 1894 por Gabriele D’Annunzio preside una repisa del apartamento del poeta protagonista de esta radiografía de óxido y hueso. Dicha novela comparte título con la pintura de Pieter Bruegel, el Viejo, fechada en 1562. No es casualidad. Ambas, el cuadro y la novela, se ven atravesadas por una visión crepuscular. De distintas maneras, en ellas, se impone el estéril abrazo entre Eros y Tánatos, un cruce que nos recuerda cómo la destrucción física y psicológica corroe la vida, disuelve la esperanza y acaba con todo.

Simón Mesa Soto podría haber titulado así este su segundo largometraje. No lo hizo, pero quiso dejarnos constancia de su complicidad con Gabriele D’Annunzio, una figura controvertida. De eso, de lo paradójico y de la miseria, de lo sublime y de lo tierno, de lo patético y del fracaso; de lo controversial diría un colombiano, sabe mucho este poeta al que un maestro de escuela sin experiencia en la interpretación, Ubeimar Ríos, le confiere la insólita verosimilitud de lo que nace sin simulacros escénicos.

Contaba el cineasta colombiano, poco después de su pas(e)o por el festival de Cannes, que abordó este relato con una bicha devorándole sus convicciones. De hecho, entre Simón Mesa Soto y Óscar Restrepo, el poeta encarnado por Ubeimar Ríos, se percibe el mismo siniestro crujido de esa danza macabra del triunfo de la muerte que le interpelaba al propio director con la sospecha y el miedo de pensar: ¿y si yo mismo soy un artista fracasado?.

Un poeta

Dirección y guion: Simón Mesa Soto.

Intérpretes: Ubeimar Rios, Rebeca Andrade, Guillermo Cardona, Allison Correa, Margarita Soto y Humberto Restrepo.

País: Colombia. 2025.

Duración: 120 minutos.

Suele ser un lugar común que los cineastas cuando de verdad lo son, tras vaciarse en su primera película de ese relato contenido a lo largo de mucho tiempo –Amparo (2022)–, vuelven la mirada hacia sí mismos para bucear en sus pliegues más íntimos. En Un poeta, con la humildad franciscana del celuloide de los pobres, el de 16mm., con personajes sacados de lo real, con encuadres de bordes manchados y a través de un proceso dialéctico, se narra un vía crucis, la historia de un hundimiento y una redención.

Bajo los incómodos ropajes de lo que en algunos casos se ha tildado de pornomiseria, en una cinematografía de títulos escasos y escasos recursos, Un poeta se percibe como un filme singular, extraordinario en su pobreza, solemne en su sencillez y conmovedor en su retrato de un perdedor condenado a perderse aún más, pero sostenido por su esencia humana empáticamente conmovedora.

A la hora de describir la ubicación, los referentes y el estilo de Un poeta, se rastrean algunos préstamos del cine argentino y del cine estadounidense. Este poeta habita entre esas dos orillas del norte y del sur. Sus gestos algo saben de Lucrecia Martel, de Cassavettes y Allen; con ellos podría entenderse bien este poeta racializado, este iluso iluminado. Ahora que Rafael Azcona hubiera cumplido cien años, este Óscar Restrepo, poeta al que lo premios de su juventud le arrastran al fondo del olvido, se nos aparece como la reencarnación de los pírricos antihéroes del cine español de los 60, el de pisitos, verdugos, parejas felices y los jueves, milagro.

El poeta Restrepo habita en el alcohol, rumia su frustración y malvive bajo el amparo de una madre que le sigue cuidando y una ex-esposa y una hija a la que rara vez ve. Mesa Soto (Medellín, 1986) alumbra a su protagonista como si fuera un Charles Bukowski del arrabal colombiano. Ha perdido la llama que le convirtió en poeta, pero sabe olfatear dónde habita el talento. Su Lolita adquiere la forma de una adolescente que escribe sin pretensiones, más preocupada por sus uñas que por el reconocimiento de ese club de poetas que, si no muertos, parecen moribundos.

Paso a paso, el poeta se funde, se hunde y cava una tumba de inquietante fondo. Al viejo estilo neorrealista, pero sin esconder que se mueve entre ser cómico y ser trágico, Un poeta se agita en la insensatez, abre muchas vías de debate y deja al público noqueado entre la conmiseración y la zozobra. Con esfuerzo y talento, Mesa Soto arranca sentimientos y reflexiones genuinas de un Medellín de contrastes y resistencia, un submundo hecho de patética picaresca para la supervivencia y de poesía bizarra capaz de interrogarse por el sentido de la palabra en el reino de los sedientos de reconocimiento.