"Los seres humanos que encarnan hoy la verdadera resistencia son los que abren un libro"
El actor y escritor ha compartido sus lecturas, inquietudes y proyectos en los conversatorios de la biblioteca de Civican
Siempre le dan papeles de malo, pero después de charlar con él no tiene mucho sentido. Culto, dialogante, accesible y con ideas firmes que defiende de frente, sin subterfugios,Carlos Bardemusa dos caminos para contar historias: la interpretación y la escritura. Seguramente el primero le dará más popularidad, pero el segundo le aporta "mucho más placer intelectual y personal", de manera que no puede vivir sin libros. Además, este licenciado en Historia y diplomado en Relaciones Internacionales cree que, en un mundo oscuro y frenético como este, pararse a leer y abrir un libro es un gesto revolucionario. Igual que el optimismo. "No hay nada más reaccionario que el pesimismo", defiende, convencido de que se puede pelear para cambiar las cosas.
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¿Qué lugar ocupa la literatura en su vida?
–Un lugar fundamental. Todo aquel que en algún momento decide escribir es porque primero ha sido lector. Necesitas llenarte de narrativas y palabras ajenas para completar tu caja de herramientas y poder contar tus propias historias. La literatura es esencial porque la angustia y la belleza de la existencia requieren de narrativas, y yo siempre las he encontrado en los libros.
¿Tiene autores o lecturas de cabecera que revisite a menudo?
–Muchas. Soy un gran relector. Hay libros que frecuento cada cinco años y, por supuesto, nunca son el mismo libro. Releo a Flaubert (Madame Bovary), a los rusos como Dostoievski y Tolstói; a Stendhal, que me encanta; La Regenta, de Clarín, que es una maravilla, nuestra propia Madame Bovary. Fíjate que, aunque soy actor, siempre me ha tirado más la literatura para el disfrute intelectual y personal. Y me gusta que la relación entre un lector y un libro es bidireccional: por mucho que yo me esmere en una descripción, el lector debe aportar su imaginación activa para completar la información.
Al final, es una conversación.
–Exacto. Los buenos libros son una conversación. Como decía Virginia Woolf, los buenos libros son los que te buscan las costuras y te interpelan. Esa comunicación es distinta a la del audiovisual, donde, aunque haya reflexión y emoción, el papel del espectador es más pasivo porque recibe todo ya hecho. Al abrir un libro, el lector debe ser también director de casting, diseñador de vestuario y decorador.
En alguna ocasión ha comentado que no hay que confundir cultura con entretenimiento.
–Son cosas distintas. La cultura debe ser crítica, plantear preguntas incómodas y, por tanto, estar enfrentada al poder y al sentido común que se nos impone. El saldo del entretenimiento también es político, pero suele ser a favor de lo establecido. Además, hay una parte del entretenimiento que yo identifico con una especie de analgesia: películas o series que funcionan como una anestesia para dejar de pensar y que olvidas enseguida. La cultura, en cambio, debe ser contestataria y no tanto dar respuestas como sembrar preguntas. Eso es el pensamiento crítico.
"El ecologismo es la crítica más profunda al capitalismo global, un sistema basado en el consumo infinito dentro de un planeta de recursos finitos"
Cuanto más cultos somos, menos manipulables nos volvemos.
–Por supuesto. Por eso la cultura es el gran enemigo de los regímenes autoritarios; no hay nada menos manejable que un pueblo culto. Eso sí, la cultura no debe vivir en palacios de marfil ni ser un gabinete de curiosidades, debe ser combativa y aproximarse al pueblo.
Ante el bombardeo de información y noticias falsas, ¿es fundamental tener herramientas para no ser manipulados?
–Para eso hace falta tiempo para informarse, formarse y desarrollar un criterio. Vivimos en la era de lo audiovisual, pero yo defiendo que los seres humanos que encarnan hoy la verdadera resistencia son las personas que abren un libro. Mientras lees, no puedes hacer nada más; no puedes planchar o hacer la cena. Es un acto de resistencia en un mundo que fomenta la falta de atención, la multitarea permanente y la autoexplotación digital.
¿Por qué cree que necesitamos evadirnos tanto en esta sociedad?
–Porque sentarse a pensar implica enfrentarse a cosas angustiosas. Sin embargo, creo que no hay nada más reaccionario que el pesimismo; el optimismo es revolucionario. Hay que pensar que las cosas pueden cambiar, pero eso requiere una diagnosis clara de los problemas y, de nuevo, cultura.
Como lector, ¿cómo descubre nuevas miradas? ¿Tiene prescriptores o es el prescriptor de su entorno?
–Confío en gente que me recomienda lecturas y yo recomiendo otras. En un mercado con una sobreedición absoluta es imposible llegar a todo, pero intento estar conectado con lo que me interesa.
En ese sentido, las librerías son espacios fundamentales.
–¡Vivan los libreros y las libreras! Igual que uno tiene su farmacia, debe tener su librería. Los libros son la medicina del alma y tener un buen librero es como tener un magnífico doctor.
"Nuestra propia vida y nuestra memoria son narrativas que construimos para mantener la cordura"
Tiene una obra muy diversa en forma y fondo, ¿qué le hace decidirse por un argumento?
–Intento que ningún libro se parezca al anterior. Escribo para comprender, no para explicar; para sembrar preguntas. Si consigo que alguien me acompañe en el camino, maravilloso, pero sobre todo escribo para entender. Como decía Borges, escribir es una manera de leer más profundamente. Cuando algo me obsesiona, busco la anécdota, el paisaje humano o temporal que me permita reflexionar sobre ello.
¿Y hay un vínculo temático entre sus novelas?
–Mis últimas cuatro novelas son aproximaciones a una misma obsesión: el mal. Para mí es incomprensible que haya seres humanos que viven haciendo el mal, y otros que lo soportan o son cómplices pasivos y miran hacia otro lado. Por ejemplo, Alacrán enamorado trata sobre el neonazismo; Mongo Blanco, sobre la atrocidad de la trata de esclavos; El asesino inconformista, sobre la corrupción política, y Badaq, sobre la relación errónea entre el hombre y la naturaleza. Y en otoño sacaré una nueva novela que aborda el mal desde otro ángulo.
¿Y qué ha aprendido en esa investigación sobre el mal?
–He entendido que los mecanismos de la atrocidad siempre son parecidos. No se puede ejecutar un mal –ya sea un genocidio o el maltrato a una pareja– sin poner al otro en un plano de inferioridad cultural, religiosa o biológica, caso del racismo. La deshumanización es la condición necesaria. Soy optimista, pero no ingenuo, sé que el progreso humano no es una línea recta, sino una historia de avances y retrocesos. Ahora estamos en un periodo oscuro, pero hay brotes verdes.
¿Por ejemplo?
–Estamos viendo los primeros retrocesos de la extrema derecha a nivel mundial; sus narrativas huecas, que enmascaran odio, se están empezando a resquebrajar.
También es curioso que, aunque realmente no tienen un porcentaje de voto tan alto, al menos aquí, los medios lo presentan como si fuera enorme.
–Ahí volvemos a la diferencia entre cultura y entretenimiento. Existen altavoces mediáticos muy potentes que, bajo la apariencia de entretenimiento, se dedican a blanquear discursos fascistas.
Como actor y escritor, el motor parece ser siempre contar historias.
Actuar y escribir son dos caras de la misma pasión: narrar y crear personajes. No podemos vivir sin narrativas. Nuestra propia vida y nuestra memoria son narrativas que construimos para mantener la cordura.
En tus novelas históricas, ¿el componente de denuncia es siempre deliberado?
Escribo sobre lo que me inquieta. Tengo la suerte de no ser un escritor profesional en el sentido de que no vivo exclusivamente de ello; el actor paga las facturas del escritor. Esa libertad me permite tratar temas intemporales como la solidaridad, la maldad y la resistencia.
¿Es la ficción a veces la mejor manera de trasladar la realidad?
Te pondré un ejemplo: mi novela El asesino inconformista nace de una intuición. Si los informativos a menudo nos cuentan la realidad ficcionada según sus intereses editoriales, la obligación de la ficción es contar la realidad. Al ver tantas muertes sospechosas asociadas a tramas de corrupción, decidí fabular sobre quién podría ser el ejecutor. Toda buena novela negra es, en el fondo, una novela social que retrata los males de su tiempo.
Sus libros tienen un gran nivel de detalle documental. ¿Es por su formación como historiador?
Sí, me gusta que las recreaciones sean fidedignas, pero no por puro esteticismo. Busco que haya una reflexión política. Por ejemplo, en el tema de la esclavitud, no solo me interesa el drama de la víctima, sino poner la lupa en quiénes se beneficiaban y qué marco cultural justificó ese sistema legal durante 500 años. Eran mentes supuestamente privilegiadas dedicadas a argumentar la deshumanización del otro, algo que lamentablemente seguimos viendo hoy en conflictos como el de Palestina.
¿Cómo llega esta gente con capacidad de deshumanizar a puestos de tanto poder?
Por dinero. Al final, más allá de las justificaciones ideológicas, la razón fundamental es el negocio. Los genocidios y colonialismos son saqueos motivados por lo económico. Es sorprendente escuchar hoy en día discursos revisionistas que hablan de “llevar la civilización” para justificar saqueos históricos. Yo, antes que descendiente de saqueadores como Cortés o Pizarro, prefiero sentirme heredero de María Moliner, Lorca, Machado o los maestros de la República.
Tras años creando personajes, ¿qué ha aprendido del alma humana?
Que el sinónimo de lo humano es la contradicción. Los personajes interesantes tienen luces y sombras. Yo pongo especial cuidado en que los personajes que representan las ideas que más detesto sean inteligentes y tengan discursos sólidos. Si le das a un esclavista un argumento inteligente, obligas al lector a someter sus propias creencias a escrutinio; lo interpelamos de verdad. No creo en el maniqueísmo fácil, aunque crea que existen los buenos y los malos.
¿Le ha pasado factura expresar tus opiniones abiertamente?
Antes que actor o escritor soy ciudadano y tengo derecho a opinar. A menudo, a quienes te tachan de “político” no les molesta la política en sí, sino que tu visión no coincida con la suya. Vivo muy contento con mi coherencia. Mi hermano piensa igual: hay que arrimar el hombro para decir que no hay que callarse ante las injusticias. El privilegio de tener un altavoz debe servir para que alguien piense o se movilice.
"Igual que uno tiene su farmacia, debe tener su librería. Los libros son la medicina del alma y tener un buen librero es como tener un magnífico doctor"
¿Comparten consejos de interpretación entre hermanos?
Compartimos cosas, pero en ese aspecto yo soy el aconsejado. Mi hermano es el grande de la familia en la interpretación y le pido consejo a menudo; es un actor excepcional.
Para terminar, el medio ambiente está muy presente en su discurso. ¿Es el gran tema de nuestro tiempo?
Es el tema transversal porque es el de nuestra supervivencia como especie. El planeta seguirá sin nosotros, lo que desaparecerá será nuestra forma de vida. El ecologismo es la crítica más profunda al capitalismo global, un sistema basado en el consumo infinito dentro de un planeta de recursos finitos. Mantener burbujas de privilegio hoy requiere respuestas autoritarias. El autoritarismo actual busca proteger una desigualdad injustificable: un solo milmillonario contamina más que toda la ciudad de Pamplona. El problema medioambiental es, en esencia, un problema de desigualdad y de mal reparto de la riqueza.