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Música

Los gritos del silencio

Los gritos del silencio

Tomo el título de aquella pavorosa película (1984) de Roland Joffé, donde se mostraba la crueldad de los totalitarismos (los Jemeres Rojos), porque el cuarteto número 8 en do menor de Shostakóvich y la sobrecogedora versión del Cuarteto Quiroga, marcaron un hito en la larga vida de programas del Gayarre: más de medio minuto en un silencio sepulcral (nunca mejor dicho) del público que meditaba, sin duda, sobre lo escuchado y lo que significa en tiempos convulsos. (También influye la cercanía de un teatro de herradura). Fue la cima de la velada, desde luego, pero, además una de las versiones más sentidas que hemos escuchado de ésta partitura que refleja, en gran medida, la vida, siempre en vilo, del compositor. La irrupción de los golpes de arco del tema (que Shostakóvich repite en otras obras) sobre el pianísimo expectante, misterioso y absolutamente demoledor, fue como gritar en el silencio con desesperación. Una tarde que quedará en el recuerdo de los oyentes. El sonido de los Quiroga se basa en extremar los contrastes a partir del matiz pianísimo. Es impresionante la delgadez de sonido que logran, con el riesgo, casi, de quedarse en silencio. Tan cerca del silencio que hay que agudizar la escucha, y quedarse en una cierta ansiedad de apertura. Ese contraste fue magistral en Schostakovich, al comienzo y al final, con un desarrollo central que nos alivia un poco del drama.

Ciclo Grandes Intérpretes

Cuarteto Quiroga: Aitor Hevia, primer violín; Cibrán Sierra, segundo violín; Josep Puchades, viola; Helena Poggio, violonchelo. Obras de Haydn, Schostakóvich y Beethoven. Teatro Gayarre. 23 de abril de 2026. Lleno el patio de butacas, y parte de los palcos.

El resto del programa estaba compuesto por otros dos grandes del cuarteto de cuerda: Hydn y Beethoven. A mi juicio, la pulcritud y transparencia del planteamiento de este conjunto de cuerda, le va mejor a Haydn que a Beethoven. Abordan al considerado padre del cuarteto (Haydn), con un cuidado cercano a la timidez, como queriendo que nada –ninguna retórica– se interponga entre el compositor y el oyente. El resultado es de una delicadeza extrema ya desde el primer movimiento y sus minuciosos finales de sección. El pianísimo del segundo movimiento y la expectación que crean en el affetuoso son de referencia para una sonoridad eminentemente clásica. Casi imperceptible el frote de las cuerdas, consiguen una quietud serena y bellísima cuya tensión la aporta la propia música, sin apenas regulación. El presto: impecable en virtuosismo.

También fue marca de la casa Quiroga el cuidado extremo con el que abordaron a Beethoven. Un Beethoven que, a mí, se me quedó un tanto a media voz. Ciertamente es la versión que ellos eligieron; muy distinta a otras escuchadas, donde la sonoridad es más romántica, más turbulenta, no tan aquietada. Es cierto que este cuarteto del genio de Bonn es de un lirismo cálido, donde la viola tiene la última palabra del primer movimiento, poe ejemplo, pero parece que se pierde un poco el carácter heroico del comienzo. La versión luce, eso sí, la clara exposición de las variaciones del adagio, y, desde luego, los tramos un tanto rústicos y juguetones de la obra. Todo está en su sitio, por supuesto, pero este Beethoven, no ya sin gritar (que tampoco hay que exagerar), pero sin apenas arco largo y matices en fuerte, se nos hace un poco raro.

Cibrán Sierra, el segundo violín, comentó que, después de Beethoven, no se pueden dar propinas; pero los bravos y las repetidas salidas, forzaron una propina de J. S Bach. Incontestable, por elevación.