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Herida de sangre

Herida de sangre

Cherien Dabis (Nebraska, 1976) actriz, directora de cine, productora y guionista, representa la razón de ser de Todo lo que fuimos, una crónica demoledora sobre qué significa ser palestino cuando se (sobre)vive anclado en la diana del objeto de deseo sionista. En Todo lo que fuimos, Dabis no solo ha escrito y dirigido el filme en el que se perciben fragmentos de su propia piel, sino que ella misma interpreta a uno de los personajes principales, una madre a la que una bala israelí le arrebata uno de sus hijos.

Como se intuye y desprende por lo dicho hasta aquí, Cherien Dabis nació en EEUU, pero su origen biológico arranca de la Palestina que lleva casi 80 años sufriendo las consecuencias de un plan imperial homicida, pura tautología porque su sed de poder se sabe criminal, se alimenta de víctimas humanas y derrama, en nombre de ¿dios?, sangre inocente.

En Todo lo que fuimos su autora ni pretende ser equidistante, ni disimula desde dónde narra el relato. Pero que esté posicionada no implica ni que se abrace al maniqueísmo, ni que se pierda en la demagogia o el odio. Todo lo contrario, probablemente, su capacidad de compasión, de sentir la pasión del otro –articulada a través de la subtrama de una donación de órganos–, aporta el tiempo más retórico de una película que se sufre a ras de piel.

Todo lo que fuimos (Allly baqi mink)

Dirección y guion: Cherien Dabis Intérpretes: Cherien Dabis, Saleh Bakri, Mohammed Bakri, Adam Bakri, Maria Zreik y Hayat Abu Samra País: Palestina. 2026 Duración: 145 minutos

La historia que imagina se despliega, como el Novecento de Bertolucci, a través del tiempo. Lo que pone su origen en 1948, concluye en 2022. De ese modo se nos permite asistir al envejecimiento y muerte, nacimiento y maduración de buena parte de sus protagonistas, al estilo de los grandes títulos del cine de los años 70 y 80. En consecuencia Cherien Dabis no oculta su afán de componer una epopeya inolvidable, porque denuncia un exterminio abominable. Con esa ambición, Dabis entreteje su relato a partir de cuatro espacios temporales y un contexto nuclear, la ciudad de Jaffa. El filme presenta la crónica familiar articulada en cuatro fases: 1948, 1978, 1988 y 2022, juega con los saltos de tiempo y abrocha el principio y el final en torno al hogar arrebatado.

Hay muchas, muchísimas decisiones de rigor y saber que hacen de este filme una experiencia demoledora, singular, impactante. Por ejemplo, con el fin de desglosar el expolio y sufrimiento de la familia Hammad, Cherien Dabis decidió trabajar con varios miembros de una dinastía de actores, los Bakri, cuyos lazos de sangre, más que interpretarse, laten en el ADN de sus protagonistas-actores.

De Jaffa, la ciudad donde Salomón pergeñó la creación del primer templo de Jerusalén, del hermoso puerto de donde salió Jonás para evitar el mandato divino sin saber que su huida le iba a llevar al interior de un cetáceo, de las mismas rocas costeras donde Andrómeda encadenada esperaba la muerte hasta que le rescató Perseo, provienen los miembros de la familia Bakri. Cuatro generaciones de actores aquí (re)unidos en Jaffa para evidenciar esa herida insoportable que Cherien Dabis se propone mitigar y quién sabe si sanar, a partir de recuerdos transmitidos y/o de traumas sufridos en su propia carne.

En una secuencia vertebral, de las muchas memorables que dan sentido a este filme, un padre y su hijo palestinos son ignominiosamente humillados por soldados israelíes. La veracidad que Dabis consigue inocular a la situación nace de una experiencia autobiográfica cuando, en compañía de su padre y demás familiares, los Dabis visitaron Palestina para aprender que Israel no admite ni vecinos ni testigos.

Nacida en tiempo de genocidio, Todo lo que fuimos edifica un templo audiovisual que nos recuerda cómo el abuso y la vejación convierten en verdugos a los hijos que quienes fueron víctimas en otro tiempo. Más allá del alegato político, algo que Cherie Dabis posterga a favor del desgarro íntimo, la enorme virtud de esta reflexión sobre el envilecimiento de los pueblos, descansa en su capacidad de matizar, de sentir. Ese deseo de comprender, esa capacidad para compadecer, refuerzan poderosamente este alegato.

De ahí la enorme valía de esta obra que despegó en Sundance, que fue finalista del Oscar y que ahora despliega un texto recomendable en grado sumo. Una película construida con tacto y oficio. Un texto cuya calidad sobrecoge al conseguir que un testimonio de urgencia se muestre capaz de equilibrar el eterno debate entre la forma y el fondo.