La isla de Amrum (Amrum)
Dirección: Fatih Akin Guion: Fatih Akin y Hark Bohm
Intérpretes: Diane Kruger, Laura Tonke, Jasper Billerbeck y Detlev Buck
País: Alemania. 2025
Duración: 93 minutos
Fatih Akın (Hamburgo, 1973) surgió como un director airado, feroz, inmisericorde. Jugaba bajo pabellón alemán, pero ponía en valor sus raíces turcas. Sus primeras películas chorreaban violencia. Debutó con Corto y con filo, el relato de tres cachorros de arrabal, tres desarraigados en Alemania; Gabriel, Bobby y Costa, procedentes Turquía, Serbia y Grecia. Eran hijos de dioses irreconciliables, pero les unía el caminar por el wild side de la vida.
Pasaron los años y Fatih Akin ahondó en sus orígenes para desenterrar historias de gentes transterradas. También hurgó en la Turquía de sus ancestros y, película a película, se construyó una imagen de director destroyer donde Contra la pared (2004) lo invistió como el sucesor de un trono vacío desde los tiempos de Herzog, Wenders y compañía.
La isla de Amrum (Amrum)
Dirección: Fatih Akin Guion: Fatih Akin y Hark Bohm
Intérpretes: Diane Kruger, Laura Tonke, Jasper Billerbeck y Detlev Buck
País: Alemania. 2025
Duración: 93 minutos
Poco a poco, película a película, la filmografía de Fatih Akin se volvió quizás autocomplaciente, tal vez repetitiva e indudablemente desactivada con respecto a sus primeras entregas. Con y en Amrum, o La isla de Amrum, como se ha dado en titular entre nosotros, aparece un Fatih Akin inédito, sorprendente, inusualmente sereno e intrínsecamente alemán. En este filme, localizado en un espacio insular alejado de casi todo, ubicado en los últimos días de la segunda guerra mundial, se asiste al despertar de un niño alemán, hijo de fervorosos nazis, a la realidad de una pesadilla.
En ella, lejos de los brotes de extrema acción de sus relatos precedentes, Fatih Akin cabalga a lomos de una cámara sosegada. Paso a paso, construye una mirada que escruta sin subrayar, que engarza sin forzar y que interpela al espectador para que sea cada persona enfrentada a su película quien extraiga sus propias conclusiones. Éstas, a través del joven protagonista y sus condiscípulos y niños de su edad, se ven reconducidas a un gesto de reconciliación cuando el monstruo de la ignominia nazi daba sus últimas bocanadas.
Filmada con insólita belleza en un cineasta que parecía contaminado por la fiebre tarantiniana, el camino de Akin aparece ahora como justamente contrario al del director de Tennessee. Frente al abrazo de Tarantino al maniqueísmo y la demagogia, Akin apuesta aquí por la reflexión y la templanza. Su fábula atravesada por una calma tensa, triste y hermosa, elabora un cuento terrible y desolador que cuestiona hasta dónde los pecados de los padres determinan el futuro de sus hijos y su esperanza.