Desde el delirio, a medio camino entre la ambición y la insensatez, Bi Gan (Kaili, 1989) expone en 160 minutos su Histoire[s] du cinéma. Lo que Jean Luc Godard abordó en clave documental entre 1988-1998, bajo la forma de un ensayo de saqueo, talento y humo; o sea recopilando reliquias de mil y una películas de lo que el cine fue, Bi Gan lo reinventa bajo la apariencia de un relato onírico. Él mismo afirma que lo hace en defensa del sueño y de los soñadores; de los victimarios y víctimas a los que el cine hirió. El director chino propone en Resurrection la autopsia de lo que fuimos, un errático viaje a través de decenas de películas que juntas, con ecos, fragmentos y cicatrices del pasado crean un espectacular diorama.

Lo que Godard hizo disfrazado de catedrático ebrio de conocimiento, y a través de una clase magistral sobre lo que perviv(ir)ía tras cien años de historia del audiovisual, Bi Gan lo levanta a través de cinco relatos discontinuos que recrean sombras y relámpagos de los grandes géneros cinematográficos y sus derivas.

Resurrection

Dirección y guion: Bi Gan

Intérpretes: Jackson Yee, Shu Qi, Mark Chao, Li Gengxi, Hao Lei, Zhang Yi, Dong Zijian y Lee Hong-Chi

País: China. 2025

Duración: 160 minutos

El resultado se antoja elefantiásico. O sea desproporcionado, inmenso, monumental. Resurrection se comporta como un poema hipnótico y cautivador. A menudo desconcertante. De discurso críptico y habitado por caprichosas revueltas. Siempre errático, (casi) siempre sobrecogedor, Bi Gan pone a prueba la paciencia, la sensibilidad y el conocimiento del espectador. Si atendemos a su sinopsis argumental, deberíamos concluir resumiendo que Resurrection fusiona las formas de más de cien años de nuestra historia. Una historia que no hace referencia al cine como lenguaje sino al celuloide como soporte sobre el que existe la narración esperando que la luz y el movimiento reanimen al vampiro que lleva dentro.

El maratoniano filme de Bi Gan concluye la nochevieja de 1999, el último día del segundo milenio, ese que contaban iba a colapsar todo el sistema informático. El que significaría el comienzo del fin. El verdadero ocaso llegó, pero solo para el soporte fílmico, para la emulsión fotográfica, para el arte del siglo XX fundado sobre la herida que la luz grababa en los fotogramas de su piel. Pocos meses antes había tenido lugar la primera proyección comercial del cine digital, en mayo de 1999, un mayo de mal augurio que nadie tuvo en cuenta, en el que casi nadie reparó.

En pocos meses, en pocos años, lo analógico empezó a agonizar y lo digital llenaba de divisas a los intermediarios del negocio del ocio. Lo de la cultura pertenece a otro estadio. Y tras lo digital, sobrevino la IA y la evidencia de que la imagen ya no provenía de lo real sino de la ficción. En esas estamos. En una abundante nada. En plena zozobra. En medio de mentiras y espejismos. Navegamos por un mar de fakenews y plataformas que congelan la razón, como las sirenas paralizaban a los soldados de Odiseo. En ese contexto, Bi Gan, el nuevo emperador del cine chino, el sucesor de Zhang Yimou, el heredero de Jia Zhangke, pone de relieve que el mundo cambia vertiginosamente. En apenas tres generaciones hemos pasado de Sorgo Rojo a Naturaleza muerta para afrontar finalmente Resurrection.

Y, ¿de qué resurrección habla Bi Gan en esta obra? Lógicamente de la del cine como máquina maravillosa, la caja de luz. Así, para restituir la sensación de quienes todavía quieren soñar, Bi Gan cruza, como Scorsese, los anales del arte cinematográfico. Empieza en tiempos de silencio, en el protocine, avanza a través del grito del expresionismo, se hace sombras de cine noir y culmina con la obsesión por un inmenso plano secuencia como demostración de que un travelling de 30 minutos ¿nunca? hace trampas.

Bi Gan no respeta las leyes de la casuística y se comporta como el Coppola de su obra testamentaria, Megalópolis (2004). O sea, su Resurrection provoca una sensación mareante, se sabe montaña rusa en la que, en cada curva, se agitan aquellas historias inmortales que tanto perturbaban a Orson Welles. Como Welles, Bi Gan cree en la magia no como algo posible sino como acto de fe, como necesidad de supervivencia. Difícil de recomendar, complicada de resumir, descompensada y monstruosa, Resurrection reivindica la necesidad de recuperar la inocencia con la estéril esperanza de que, con cada nueva visión, vuelvan a emanar las mil y una historias que esperan ser resucitadas. ¿Hay tiempo para volverla a ver?