Ultimatum, de Led Silhouette tiene una rica producción, con recursos impactantes que ilustran una narración ritual, oscura, no solo de luz sino, también, de argumento; dramática, desde luego e, incluso, algo truculenta. El espectáculo se lo reparten la danza y los aportes multimedia y escenográficos. De entrada hay que decir que la propuesta va de sorpresa en sorpresa para el espectador, así que cumple el primer mandamiento: no aburrir.

Los seis bailarines (cuatro hombres y dos mujeres, aunque no se hace distinción) componen, sobre todo, una danza grupal, con un solo masculino extraordinario: milimétricamente cuadrado con la música que suena, (un tanto aleatoria); y otro femenino que perdemos, en parte, porque hay que estar leyendo supra-títulos –en alguna ocasión ya señalé que, en danza, es mejor recurrir a la voz en off cuando se trata de textos en otro idioma–.

Programa: Ultimatum.

Dirección: Jon López y Martxel Rodríguez.

Asesor artístico: Markos Morau. Música: P. Fayos, Galvez (Coral C. de Pamplona).

Iluminación: Mendizábal. Audiovisuales: Barbez. Escenografía: H. Pol.

Vestuario: Cobos V. Escénico. Lugar: Teatro Gayarre. Fecha: 8 de mayo de 2026.

Incidencias: Lleno el patio de butacas (15 euros).

La subida del telón es francamente poderosa: un rayo (perfectamente atmosférico aunque esté hecho con la luz), incide sobre los bailarines y un ciervo muerto (con moscas). A partir de aquí, el entorno es un bosque inhóspito, donde imperan la desprotección, las heridas, la muerte. La danza es, fundamentalmente, de espasmos, desmembramientos, caídas radicales de los cuerpos a tierra, a veces recibiendo tiros. Se hace muy bien, pero, a mi juicio, se abusa un poco de las convulsiones y repetidas caídas; todo muy violento. Los bailarines, desde luego, no escatiman arrojo en esas caídas.

El desarrollo de toda la obra se mueve en cierto tenebrismo, con acciones concretas que sostienen la narración, pero sin dejar de ser, en varios tramos, críptica: por ejemplo, los cuatro hombres-musgo ¿engullen a los protagonistas, o los acogen?; el entorno sigue siendo hostil. Por otra parte, la muerte se ceba en el animal pero, también, en el hombre, lo que da pié al socorro y a una bella escena a modo de Piedad, de todo el grupo. Y, así, se van sucediendo escenas estáticas –bellas, pero algo opacas por la penumbra–, con rupturas que las contrastan. Ciertamente, todo se desarrolla de acuerdo a la primera frase que se escucha: “la tierra pierde el eje…” –por cierto, una frase bien traída, tratándose de danza–, y, a partir de ahí se desarrolla el “cierto caos”; y termina con la pregunta: ¿acaso hay esperanza en la belleza? La aparición de un recién nacido y la construcción del refugio, parecen albergar algo de esperanza.

He seguido a esta compañía con asiduidad (Cóncavo-convexo; Les Noces, Los perros), y siempre ha sido indiscutible la fuerza dancística por encima de todo. En esta obra, por supuesto que hay movimiento continuo, pero, en muchos tramos la tramoya parece imponerse a la danza. Con algunas excepciones de absoluta sintonía: me encantó el Rap encima de la plataforma giratoria que se baila en sincronía (libre y poderosa), hasta que todos caen y las piernas descoyuntadas siguen dando vueltas. Ejemplo de dominio dancístico sobre lo demás.

En la ópera, por ejemplo, las puestas en escena siempre deben estar al servicio de la música. Probablemente, en muchos espectáculos de hoy día, hay que olvidarse del dominio de una disciplina, y atender lo que se ofrece, sin definir si es danza, teatro, instalación… Pero, ¿no hay peligro de perderse un poco?

Un último apunte: vi el anterior espectáculo Los Perros de Led S. en el Teatro Gayarre, con un montaje muy apropiado y magnífico. Y unos meses más tarde, el mismo espectáculo en la capilla del Museo de Navarra, solos los dos bailarines. No desmereció nada. La coreografía –al desnudo– lució con la misma fuerza; incluso, desde tan cerca, aún se apreciaba mejor su extraordinario fraseo. No sé si en esta ocasión ocurriría lo mismo.