‘Pet Sounds’, la joya de The Beach Boys cumple 60 años
El mágico y sofisticado disco, para muchos el mejor disco de rock´n´roll de la historia, cumple 60 años en varios formatos con contenido extra
Pet Sounds (Capitol Records. Universal), el clásico de The Beach Boys que ahora cumple 60 años, es el disco de rock´n´roll más importante de la historia para muchos, no solo para Brian Wilson, el visionario líder de los chicos playeros y su artífice principal. Espoleado por la competencia con The Beatles y usando el estudio de grabación como un instrumento más, creó un disco superlativo, complejo, experimental, sofisticado y repleto de maravillosas armonías vocales e inabarcables instrumentaciones orquestales. Su sexagésimo aniversario nos lo recupera en varios formatos con contenido extra. “No había límites para una canción pop”, aseguró Wilson.
Es lo de siempre, lo del huevo y la gallina. ¿Cuál es mejor: Pet Sounds o Sgt. Pepper´s Lonely Heart Club Band? Resulta innegable que el clásico de The Beach Boys se publicó antes –y cautivó e influenció a Paul McCartney– aunque los de Liverpool, al igual que el Muro de Sonido de Phil Spector, habían influenciado a Wilson con los avances de estudio que contenía su álbum previo: Revolver. Podemos convenir en que ambos se retroalimentaron para llegar a cotas artística mayores, curiosamente desde que dejaron los escenarios para centrarse en su trabajo en los estudios de grabación.
Pet Sounds acaba de cumplir 60 años –el día 16– y aquel disco que no fue apoyado por su compañía discográfica y que el público ignoró, al igual que el resto de los chicos de la playa, que lo denostaron por su complejidad, es hoy considerado una obra maestra del pop, cuyo marco redefinió para las generaciones futuras. La efeméride se celebra con lanzamientos en varios formatos con contenido extra, un vinilo audiófilo, la inclusión de sus sesiones de 1965 y 1966, tomas alternativas, algunas a capella… Incluye notas del historiador Howie Edelson y su caja oferta hasta 90 canciones.
Además de Brian, el grupo lo formaban Dennis Wilson, Carl Wilson, Mike Love, Al Jardine y Bruce Johnston, pero la aportación del primero resultó fundamental para dar un viraje artístico más adulto al grupo con el álbum de esa portada mítica tomada en el zoo de San Diego, con los músicos dando de comer a unas cabras en una sesión fotográfica en la que fueron acusados de maltratar a los animales. Las catalogaciones se quedan cortas y se muestran insuficientes para abarcar un disco como Pet Sounds. ¿Epopeya rock, rock experimental, psicodelia, sinfonismo, disco barroco? Fue uno de los primeros discos de la música popular que desafió a buena parte de los géneros establecidos e incluso a la propia leyenda que se habían creado los “chicos de la playa”, que les alejó del surf, las chicas en biquini y los coches, para crear un repertorio más maduro y rotundamente melancólico.
Oigo voces
Brian Wilson dejó de hacer giras en 1964 y se encerró en el estudio para “escribir las mejores canciones y hacer la mejor música”, dejó escrito en el libro Yo soy Brian Wilson… y tú no (Malpaso) y le comentó a su esposa, Marilyn. Y al principio no le resultó fácil, ya que tras los ataques de ansiedad sufridos en la adolescencia, tuvo que lidiar con “las muchas voces” que oía en su cabeza, la de sus compañeros, la de su padre diciéndole “no vales nada” y las propias que le minusvaloraban y le impelían a rendirse. Si no vencer del todo, sí logró aplacar esas voces que le martirizaron durante casi medio siglo, desde que, con 22 años, tomó LSD para “expandir mi mente”.
Podría convenirse que mucha de su obra posterior es el método que Wilson usó para huir de ellas. “Si trabajo en un disco en el estudio, aparecen menos”, reconoció. A esas voces, digamos malas, se unieron otras que le empujaban a “hacer algo hermoso, a trabajar en la armonía”. Difícil fijar el momento en el que surgió el sonido de su obra maestra aunque no resulta aventurado resaltar la influencia de la música de su adorado Spector, de clásicos como Be My Baby o del citado Revolver.
“Pensé si había algún límite respecto al sonido de una canción pop. No se me ocurría ninguno, así que supe que tenía que explorar ese sonido, tenía que ir más lejos en esa dirección, traer más orquestación y diferentes arreglos a nuestra música”, dejó escrito Brian, fallecido hace justo un año y artífice principal del décimo segundo disco de la banda. El resto de miembros lo completaron, sobre todo en el aspecto vocal y coral más que en interpretación instrumental, cuando el líder ya había invertido cuatro meses de grabaciones en 27 sesiones febriles alimentadas con un amplio plantel de músicos de cuerda y metales. Y hasta un, por entonces, revolucionario theremin en I Just Wasn´t Made For These Times.
Melodías gloriosas, letras melancólicas
Partiendo de los trucos de estudio de George Martin y Spector, Brian parió 13 temas que dejaron 62 minutos de música celestial para la historia. El repertorio contrapone, desde su inicio con Wouldn´t It Be Nice, con su sonido de melodías espléndidas y panorámicas y alardes vocales sustentados por una orquesta, con baladas melancólicas con cuarteto de cuerda como You Still Believe In Me; los trazos psicodélicos de I’m Waiting For The Day; el preciosismo de God Only Knows y el impacto pop del único éxito del álbum, Sloop John B.
Igual cambio se produjo en su contenido lírico, más sofisticado, reflexivo y sentimental, al que contribuyó el apoyo de Tony Asher, un compositor de sintonías publicitarias. De la propuesta playera anterior se pasó a canciones que reflejaban el estado sentimental de Brian en la época, que vislumbraba ya la madurez a sus 23 años y se mostraba dolorido ante las incertidumbres de la vida amorosa y sus decepciones. Brian empezaba el álbum soñando con convertirse en un adulto y “poder vivir y despertarnos juntos por la mañana”, para concluirlo con Caroline No, en la que canta “es tan triste ver morir algo dulce”. Se lamenta de haber abandonado a su pareja en That’s Not Me, confiesa su dolor sin ambages en Sloop John B, y se acerca a la revelación que todo ser humano busca en la barroca I Know There’s An Answer, en la que reconoce: “Sé que hay una respuesta pero tengo que encontrarla por mí mismo”. Para Brian, estas canciones fueron “la solución”, ya que “me ayudan con mi dolor y a paliar el de otras personas”.
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