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Oteiza en los sesenta: el “profeta” de la juventud vasquista alternativa al PNV

Gabriel Insausti acaba de publicar el ensayo ‘Oteiza en la cultura vasca (1959-1979). Fecundidad y malentendido’, un estudio sobre las preguntas pendientes que rodean al artista

Oteiza en los sesenta: el “profeta” de la juventud vasquista alternativa al PNVIker Azurmendi

El poeta, escritor, profesor universitario y filólogo donostiarra Gabriel Insausti(Donostia, 1969) se hacía algunas preguntas sobre el oriotarra Jorge Oteiza que aún no habían sido resueltas: ¿Por qué hablaba Oteiza tanto de Baroja y Unamuno? ¿Cuál fue su relación con la ETA de la década de 1960? ¿Era religioso? ¿Era marxista? ¿Cómo se relacionó con el euskera del nuevo nacionalismo?

Estas son las cuestiones principales que vertebran su libro Oteiza en la cultura vasca (1959-1979). Fecundidad y malentendido, editado por la editorial Comares con la ayuda del Gobierno de Navarra. Insausti presentó sus reflexiones en la librería Zubieta de la capital guipuzcoana, junto conFernando Golvano, doctor en Filosofía en el área de Estética y Teoría de las Artes por la EHU y uno de los investigadores que más saben sobre la vida y la obra del artista de Orio.

La 'Academia Errante'

El libro explora, entre otras cuestiones, cómo Oteiza fue tomado como “profeta” por la nueva juventud vasquista alternativa al PNV de mediados del siglo pasado, sobre todo después del cierre, por orden de Melitón Manzanas y del Tribunal de Orden Público, en 1963, de la Academia Errante, la tertulia de intelectuales en la que participaban prohombres guipuzcoanos como Joxe Miel Barandiaran, Koldo Mitxelena, Luis Martín-Santos, Gregorio Marañón y Julio Caro Baroja, entre otros.

Martín Santos fue uno de los fundadores de la Academia Errante.

En esta misma librería, Insausti atendió a la prensa, en una jornada especial para él, pues se acababa de conocer que la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) le había concedido el I Premio ACdP de Novela José María Pemán por Las arenas de Gabès, dotado con 50.000 euros.

Este se suma a otros reconocimientos que ya atesora, como el Gerardo Diego, el Arcipreste de Hita y el Manuel Alcántara de poesía; el Ateneo Jovellanos de novela; el Amado Alonso de ensayo; y el José Bergamín de aforismos. También fue finalista del Premio Nacional de Literatura en 2002 y del Herralde de novela en 2013.

En lo referido a Oteiza, en 2006 reunió la poesía del artista a petición de la Fundación de Alzuza, donde reside el legado que el creador dejó al pueblo navarro.

Asimismo, en 2016 coordinó el libro colectivo Grupo Gaur. 50 años; y en 2024 publicó Oteiza y lo sagrado. “Aun así, quedaban preguntas en el aire”, aseguró.

Insausti presenta un libro temático y, a su vez, cronológico. Comienza en 1959, cuando Oteiza se establece en Irun y comienza a escribir Quousque tandem...! y, posteriormente, Ejercicios. A partir de ese momento, el autor va intentando responder a las cuestiones planteadas, haciendo uso delarchivo del Museo Oteiza de Alzuza.

Los 'apóstoles' y 'La Piedad' de Oteiza en Arantzazu.

Oteiza y ETA

Cuando se cerró el foro de la Academia Errante, explicó Insausti, Oteiza encontró en la juventud vasca nacionalista, pero alejada del PNV, “un auditorio” en el que predicar. En pleno franquismo, por ejemplo, solía citar a Unamuno y a Baroja para hablar “de forma oblicua” de otras cuestiones. En el discurso del artista, Unamuno representaba la “inquietud metafísica y religiosa” y Baroja, en cambio, “la llamada a la acción” dirigida a la juventud.

En este sentido, Oteiza mantuvo amistad con Txabi Etxebarrieta, autor del primer asesinato de ETA –mató al guardia civil José Antonio Pardines, en Aduna, durante un control policial– y primer miembro de la organización terrorista muerto por la Policía. En su pensamiento ideológico, explicó el investigador, el de Orio no encajaba con lo promulgado por los jeltzales, pero tampoco con el concepto de identidad vasca que defendían Federico Krutwig y José Luis Álvarez Enparantza, Txillardegi.

Las ideas del oriotarra tuvieron acogida “entre unos pocos iniciados” dentro de una lectura contextual para la Euskal Herria de ese momento, “con una motivación cultural, ideológica y política concreta, que no representa la tradición ortodoxa del aranismo ni es el nacionalismo que Krutwig y Txillardegi están creando”.

Con el PNV arrastraba desavenencias desde los tiempos de la Segunda República, tanto con el lehendakari José Antonio Agirre como con José de Ariztimuño Olaso, Aitzol. “La fecundidad de Oteiza a principios de los sesenta, cuando ingenuamente pensaban que al franquismo le quedaba poco, radicó en intentar movilizar a los estudiantes y a la juventud vasca”, expuso Insausti, para luego cuestionar la idea extendida de que aquellos años fueron de especial inactividad para los jeltzales.

Jorge Oteiza, en la Bienal de Sao Paulo.

“Había que hacer algo y el cauce para hacerlo no era el PNV”, explicó. Es ahí donde aparece Oteiza, un erudito premiado en la Bienal de São Paulo en 1957 que “trae el recuerdo de la República, sin la resignación que muchos jóvenes veían en la generación de sus padres”.

Después de la llamada a la acción y de manifestar “entusiasmo” por la juventud vasca de los sesenta, en la década siguiente, tras el “estallido de la violencia” de ETA, se trasladó a Alzuza, desencantado con la nueva juventud. Entre medias, en otoño de 1968, esculpió la Piedad de Arantzazu, pocos meses después de la muerte de Etxebarrieta. El archivo personal del artista revela que su intención original era esculpir una maternidad, pero acabó decantándose por “el hijo muerto”, estableciendo, además, un paralelismo entre Cristo, Etxebarrieta y la figura del Che Guevara. “En el ensayo doy algunas explicaciones de por qué ahí, a mi modo de ver, se da un malentendido bestial. Pero la imagen da pábulo a esas interpretaciones y el propio Oteiza lo proponía en sus escritos”, apuntó.

Años más tarde, en un intento por reconciliar la muerte de Etxebarrieta, que falleció en un tiroteo en Tolosa después de matar a Pardines, con el asesinato de este último, Oteiza colocó en los años noventa una cruz en Aduna en homenaje al guardia civil.

Descubriendo a Oteiza

“Pertenezco a una generación que, en la década de 1980, veía a Oteiza en la prensa y no sabía quién era ese señor de barba blanca”, comenzó contando Insausti. En 1988, en cambio, coincidieron varios hechos determinantes en la biografía del escultor: la Caixa organizó en Madrid una exposición retrospectiva titulada Oteiza. Propósito experimental; el Gobierno de Navarra le concedió la Medalla de Oro; recibió también el Premio Príncipe de Asturias; y fue seleccionado para la Bienal de Venecia.

Portada del libro de Gabriel Insausti.

“Ese fue mi primer contacto con Oteiza”, comentó. Cuatro años más tarde, en la Expo de Sevilla 92, el pabellón navarro publicó un catálogo dedicado a Rafael Moneo y a Oteiza, con un texto “serio” dePedro Manterola sobre el oriotarra que interesó mucho a Insausti.

El donostiarra se tomó un descanso de sus estudios de Filología –es doctor en Filología Hispánica y en Filología Inglesa– y cursó un máster en Historia del Arte, para el que elaboró una tesis sobre el artista guipuzcoano: “Me parecía un artista plástico alucinante, sobre todo en su etapa entre 1955 y 1959. Y también porque yo tenía una deuda con la cultura vasca y Oteiza me obligaba a volver a ella y a estudiar muchas cosas que desconocía”.

El investigador consideró que Oteiza fue “muy fecundo”, pero también “muy mal entendido”, en el sentido en el que lo expresaba el crítico y teórico literario estadounidense Harold Bloom: “Un texto no admite una única lectura, es el malentendido el que produce el significado”.

El filólogo explicó que los escritos del artista hasta finales de la década de 1950 eran “muy directos” y que luego comenzaron a ser circulares. Después de apartarse en los años setenta y refugiarse en Alzuza, volvió a finales de la década, pero, sobre todo, como artista plástico, no tanto como ensayista ni como el “profeta” de Quousque tandem...! o Ejercicios. A Insausti le interesaba poner en relación a ambos Oteizas en un libro que presenta una buena oportunidad para que los lectores conozcan las aristas pendientes del escultor y del pensador.